Atención a la burbuja bursátil en Estados Unidos

Artículo publicado en el número 21 de La Marea

Invertir en bolsa es comprar acciones de una o más empresas que cotizan en el mercado bursátil. El que compra acciones lo que hace es darle dinero a la empresa correspondiente con la esperanza de que lo utilice para obtener beneficios y así poder reembolsarse periódicamente una parte de los mismos (los dividendos). Mientras a la empresa le vaya bien, el accionista irá recibiendo dividendos de forma regular. Es importante tener en cuenta que los beneficios provienen de la actividad que realice la empresa: una empresa que fabrique automóviles obtendrá los beneficios por vender automóviles, una empresa que confeccione ropa ingresará dinero por la venta de sus productos, etc. Precisamente por ello los beneficios (y por lo tanto también los dividendos) irán creciendo al mismo ritmo que crece la actividad económica de la empresa. Si sus ventas crecen mucho, también lo harán los beneficios; si las ventas crecen poco, lo mismo ocurrirá con los beneficios.

La evolución de la cotización de la empresa también es paralela al ritmo de crecimiento de los beneficios. Cuando a la empresa le vaya bien, nuevos inversores comprarán acciones (a la espera de recibir parte de esos beneficios futuros) y la cotización de la empresa aumentará. Los índices de la bolsa recogen todas las cotizaciones, de forma que si a las empresas les va bien, el índice de la bolsa aumentará. En resumen, las ventas hacen aumentar los beneficios, los beneficios hacen aumentar la cotización de la empresa, y la cotización de la empresa hace aumentar el índice de la bolsa. En otras palabras: la evolución de la bolsa depende del crecimiento de las ventas.

Cualquier empresa del ámbito productivo (como las que se han mencionado) tiene limitaciones evidentes a la hora de aumentar mucho sus ventas: es imposible que de la noche a la mañana pueda disparar sus ventas porque es evidente que el proceso de producción y venta necesita su tiempo (una empresa no puede fabricar miles de automóviles en un día, por ejemplo). En consecuencia, las ventas (y por lo tanto los beneficios) crecerán a un ritmo relativamente regular, con ciertas subidas y bajadas en momentos puntuales, pero nunca de una intensidad extrema. Es decir, la bolsa debería subir/bajar al mismo ritmo que lo hacen las ventas.

Pero hace ya bastante tiempo que la cotización de las empresas no suele ser paralela al ritmo de las ventas. ¿Por qué? Por la creación de burbujas bursátiles. Una burbuja bursátil es un crecimiento de las cotizaciones que no tiene relación con la dinámica productiva de las empresas cotizadas. Estas burbujas se generan normalmente por una excesiva confianza en que las empresas van a obtener muchos beneficios. Esto anima a muchos nuevos inversores a comprar más acciones, lo que alimenta de nuevo la cotización de la empresa, y con ella la llamada a nuevos inversores. ¿Cómo puede la empresa obtener beneficios crecientes para ir entregando cada vez más dividendos si su actividad productiva no puede crecer a ese ritmo tan elevado? Fácil: entregando parte del dinero de los nuevos inversores. Es decir, en una burbuja bursátil se produce un “esquema Ponzi” por el cual el dinero de los nuevos accionistas acaba en los bolsillos de los antiguos accionistas. Y así seguirá ocurriendo siempre que aparezcan nuevos accionistas dispuestos a invertir su dinero. La burbuja se mantiene porque aparecen nuevos accionistas y nuevas compras de acciones, que aumentan los beneficios de las empresas y con ellas los dividendos de los accionistas.

Es cierto que esas inversiones de los nuevos accionistas pueden plasmarse en nuevas instalaciones, máquinas y puestos de trabajo, y por lo tanto en mayor producción. No todo es crecimiento artificial. Pero lo que también está claro es que los frecuentes crecimientos vertiginosos de la bolsa no se pueden explicar por la mucho menos vigorosa dinámica productiva de las empresas, por lo que en estos casos hablamos de una burbuja bursátil. Y toda burbuja acaba estallando, porque sólo se asienta en las expectativas, en lo artificial, y no en lo real.

En el gráfico adjunto se presenta la evolución del índice bursátil más importante de Estados Unidos: el S&P500. Desde principios de los 80 hasta el año 1995 su crecimiento fue bastante lineal, acorde a un normal crecimiento productivo de las empresas estadounidenses. Sin embargo, a partir de ese año el crecimiento se dispara debido a las favorables expectativas generadas por los nuevos avances informáticos, generando la que se vino a llamar “burbuja de las puntocom”. Burbuja que estalla al comienzo del siglo XXI, aunque dos años más tarde vuelve a activarse anclada en otras expectativas: las del mercado inmobiliario y los productos financieros derivados correspondientes. Esta burbuja acabó estallando en 2008, generando una de las crisis financieras más graves de toda la historia.

Burbuja bursátil EEUU

En el gráfico hemos representado una línea discontinua con la intención de reflejar lo que habría sido el normal comportamiento de una bolsa que no sufre burbujas, basándonos en el crecimiento desde el año 1982 hasta el año 1995. Es importante destacar que cuando las burbujas estallan el índice de la bolsa tiende a recuperar el nivel marcado por la línea discontinua. Cuando los efectos artificiales desaparecen, la bolsa vuelve a su nivel real.

El lector ya se habrá dado cuenta: desde 2009 se ha generado una nueva burbuja bursátil que ha llegado a superar con creces el nivel de la burbuja que estalló en 2008. Ello se debe al desesperado intento de la Reserva Federal estadounidense por reactivar la economía inundando los mercados financieros de dinero. Dinero que en buena medida se ha destinado a comprar acciones de empresas estadounidenses. Se trata de otro crecimiento en las cotizaciones que no tiene respaldo en la economía productiva. Es decir, se trata de otra burbuja bursátil que acabará estallando tarde o temprano.

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