Basta ya de demonizar el trabajo del funcionario

Artículo publicado en Andalucesdiario.es el 7 de julio de 2014

Es frecuente escuchar críticas dirigidas a la figura del funcionario. Estos reproches son muy variados y señalan factores de muy diversa naturaleza, lo que permite clasificarlos en tres grandes grupos diferentes.

El primer grupo recogería las críticas que hacen referencia a las ventajosas condiciones de trabajador del sector público, entre las que se incluyen la jornada laboral, el periodo vacacional, la remuneración, la estabilidad, etc. Puesto que estas condiciones son establecidas por los legisladores, normalmente son más benevolentes que las del sector privado donde las inclemencias del mercado y del conflicto directo entre capital y trabajo imponen mayores restricciones y obstáculos. No obstante, estos reproches parecen sustentarse más en la envidia que en la crítica constructiva. Al fin y al cabo mejores condiciones suponen un logro para el ser humano y ello nos debería animar a exigir la equiparación de los trabajos del sector privado con la posición del funcionario y no al revés como desgraciadamente ocurre.

En el segundo grupo entrarían aquellas críticas que señalan la falta de compromiso en el trabajo, la poca eficiencia de sus labores, la falta de supervisión que existe sobre el empleado público, y el déficit de penalización cuando las tareas no son realizadas correctamente. No cabe duda de que este tipo de críticas tienen mucha mayor importancia que las anteriores, y que deben ser tenidas muy en cuenta si se quiere mejorar el servicio público que se ofrece al ciudadano. No se puede permitir que un empleado público realice mal o inadecuadamente su trabajo y no se tomen medidas para corregir esa situación. Ahora bien, no por ello deberíamos caer en el fetichismo de la eficiencia o de la productividad, como a menudo ocurre (especialmente en los sectores privados más competitivos). Recordemos que el ser humano ha de trabajar para vivir dignamente, y no para lograr los mayores rendimientos que le permitan su esfuerzo y dedicación, lo que precisamente puede provocar un deterioro en sus condiciones de vida. El trabajo ha de estar bien hecho, pero no necesariamente en el menor tiempo posible ni con la mayor eficiencia posible.

El tercer grupo aglutina las críticas que desprecian y descalifican directamente la naturaleza del trabajo del sector público; son las que realizan una enmienda a la totalidad. Estos reproches son de hecho los más duros y al mismo tiempo los más inconsistentes en términos económicos. Su formulación suele ser más o menos así: “tu sueldo sale de mis impuestos”, o “tú no creas riqueza sino que la extraes de los que sí lo hacemos con nuestros negocios”. En definitiva, se trata denunciar el carácter supuestamente secundario y parasitario del trabajo público.

Según ese punto de vista, los únicos que generan renta y riqueza son los trabajadores del sector privado al producir alimentos, ropa, viviendas, máquinas, vehículos; ofrecer servicios financieros, mercantiles, publicitarios, de restauración, etc. De toda esta renta generada, una parte sería absorbida por los impuestos y canalizada hacia el gasto público, donde en parte acabaría como remuneración empleado del sector público. Por lo tanto, el sueldo de los funcionarios provendría originariamente de la renta generada en el sector privado. Los empleados públicos no sólo no crearían renta ni riqueza sino que estarían obteniendo la suya de forma parasitaria con respecto a los trabajadores del sector privado.

Pues bien, este análisis está absolutamente sesgado y resulta profundamente inconsistente en términos económicos.

La economía no es sólo la producción de bienes y servicios en el ámbito mercantil, donde se obtienen beneficios (renta) con la venta después de haber llevado a cabo un proceso de producción. No. La economía es mucho más que eso; es aquel conjunto de actividades y procesos que dan utilidad al ser humano, que le hacen vivir mejor. Producir alimentos o ropa evidentemente nos es útil, pero también lo es divertir al público, cuidar a los niños, ancianos y enfermos, educar a las nuevas generaciones, culturizarnos, etc. En otras palabras, la economía no es sólo aquello que se lleva a cabo en el sector privado, donde aparentemente se genera la renta. La economía también engloba las actividades que se realizan en el sector público, porque dan utilidad al ser humano, y ello lo es independientemente del flujo de circulación de la renta.

Esta particular dirección de las rentas (de lo privado a lo público, y que da lugar a la confusión citada) ha sido diseñada así conscientemente, y tiene sentido por lo siguiente. El panadero que vende pan recibe su renta de aquellos que le compran el pan. Lo mismo sucede con los funcionarios: reciben su renta de aquellos que le compran su servicio. Pero como estas personas conforman toda la población, todos los ciudadanos deben pagar por esos servicios y la forma más fácil de hacerlo es a través de los impuestos. Los impuestos suponen una forma de pago obligatoria y para todos, a diferencia de la forma de pago voluntaria e individual en la compra del pan. Pero es la única diferencia y obedece a un diseño institucional. No es que la renta se genere en un sitio y no en otro; eso no tiene sentido. El flujo de la renta es siempre circular y desordenado. Si se le echa en cara al funcionario que su renta provenga del que paga impuestos, también se le puede echar en cara al panadero que su renta provenga de sus clientes. Y así con cualquier otro negocio y de forma sucesiva.

Hoy día nuestros sistemas públicos están diseñados de forma que parece que los servicios públicos sólo pueden tener lugar a partir de la renta extraída del sector privado. Pero esto es sólo uno de los innumerables diseños que se podrían realizar.

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