¿Debe ser el crecimiento económico lo primordial?

Cuando pensamos en el homo sapiens nos viene a la cabeza una extraordinaria especie animal que ha sido capaz de romper una buena parte de la enorme cantidad de barreras y restricciones que impone la naturaleza a todo ser vivo. A través de su capacidad intelectual y de su cultura ha modificado siempre su entorno para lograr una adaptación más cómoda y placentera. Ha podido convertir una sufrida existencia –propia de todos los seres vivos en su necesidad de luchar por la supervivencia- en una vida gozosa y llena de satisfacciones. Sin duda, el ser humano es un milagro de la naturaleza.

Esta aclimatación no ha sido un acontecimiento puntual. Se trata de un proceso continuo que alberga ya más de cinco millones de años, y que en la actualidad se sigue produciendo. Y ello no deja de ser un dato curioso teniendo en cuenta que en el actual estadio de la técnica un individuo puede sobrevivir perfectamente a los peligros de la naturaleza e incluso tener una vida plenamente satisfactoria. Si el fin perseguido con la manipulación del entorno no es otro que satisfacer las necesidades básicas y lograr una existencia digna y feliz, la evolución adaptativa empieza a perder su sentido. Pero por si este punto de vista pudiera considerarse poco convincente, aparece otro argumento que sin duda resulta mucho más potente y esclarecedor: cuando de ese progreso sólo se beneficia una ínfima parte de la población, parece lógico que los esfuerzos deben dirigirse a distribuir las capacidades adaptativas antes que a lograr un aumento cualitativo de las mismas

Es evidente que la especie humana en general posee la capacidad de vivir armoniosamente con el medio pero no la voluntad de que así suceda para todos los individuos que la forman.

Pero no es necesario trasladarse a los países subdesarrollados para encontrar personas privadas de esos avances del ser humano. En el entorno de los países desarrollados los adelantos se han estado produciendo a un ritmo vertiginoso, pero curiosamente no ha sucedido lo mismo con las condiciones de vida de las personas que supuestamente deberían obtener beneficio de ellos.

Se podría decir que la posibilidad de aumentar la satisfacción de las personas a través de los bienes materiales se ha ampliado de manera colosal gracias al extraordinario desarrollo de nuevos productos y servicios. No ocurre así con el resto de condiciones de vida: en pleno auge económico una persona corriente residente en un país rico encontraba enormes dificultades para encontrar un trabajo indefinido y decente, y le resultaba imposible comprar una vivienda a unos precios razonables y de unas dimensiones adecuadas; encontraban dificultades para disfrutar de unos servicios públicos decentes que además cada vez iban perdiendo terreno debido al empuje de las privatizaciones; encontraba dificultades para afrontar la subida constante de los precios con unos salarios rígidos al alza; dificultades para afrontar unas letras hipotecarias abusivas y fluctuantes en el tiempo; dificultades para intervenir en las decisiones económicas y políticas de su entorno; dificultades para entablar y mantener unas relaciones afectivas en un ambiente altamente frágil y dinámico; dificultades para respetar un medio ambiente constantemente amenazado; dificultades para evadirse de la cultura imperialista y consumista imperante de una potencia hegemónica; dificultades para emprender un negocio que no sea devorado por las grandes empresas…

Y por si fuese poco, este avance económico desenfrenado nos ha llevado a una de las peores crisis que se han dado en la historia del ser humano, dejando tras de sí unas consecuencias devastadoras: el hambre en el planeta sigue aumentando, el número de personas fallecidas por causa de la pobreza continúa en alza; el número de personas que han perdido su trabajo ha alcanzado unos niveles nunca vistos; las personas ahora tienen que trabajar más horas al año y más años en su vida, en unos trabajos de aún peores condiciones que las existentes antes del inicio de la crisis; muchas personas no pueden atender sus deudas debido a la falta de crédito; los gobiernos han de acometer políticas de austeridad, perjudicando a gran parte de la ciudadanía; la imposición fiscal cada vez aumenta más y lo hace a costa del principio de la progresividad, afectando más a los que menos tienen; el malestar general se traduce en conflictos sociales; la desigualdad se traduce en delincuencia…

Analizando entonces la situación actual cabe preguntarse: ¿de verdad crecer económicamente debe continuar siendo nuestro objetivo principal? ¿No sería mejor atender a otros criterios que no estén exclusivamente ligados al desarrollo económico? ¿De qué sirve crecer si nuestra calidad de vida no mejora sino que empeora?

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