Digamos ‘no’ a las políticas tradicionales de fomento del empleo

Artículo publicado en Andalucesdiario.es el 2 de marzo de 2015

Cuando algo no funciona lo lógico y adecuado es cambiarlo. Empecinarse en seguir intentando siempre lo mismo cuando la evidencia empírica demuestra una y otra vez que no tiene buenos resultados es propio de un proceso irracional y absurdo, pero no del método científico. Cuando la realidad no se corresponde con la teoría, sólo los dogmáticos acaban deduciendo que lo que está mal es la realidad en vez de la teoría. Esto es precisamente lo que ocurre con las políticas tradicionales de fomento del empleo.

En la ciencia económica predomina una visión teórica del mercado laboral que es hoy día la base de las políticas de empleo. Esta teoría consiste en entender que las personas desempleadas lo están por no adecuarse a las exigencias del mercado laboral. En otras palabras: el parado lo está porque no quiere desplazar su residencia allí donde hay trabajo, porque no tiene los suficientes conocimientos o habilidades para los trabajos que se exigen, o porque no quiere trabajar en actividades que le resultan ingratas. En consecuencia, el objetivo de las políticas tradicionales de empleo es combatir esos impedimentos, ofreciendo al parado incentivos para desplazarse, formarse y/o cambiar sus preferencias.

A este tipo de incentivos y facilidades se destinan cantidades mastodónticas de dinero público, ya sea en forma de programas de formación de parados, bonificaciones fiscales o subvenciones públicas. Y, sin embargo, los resultados siempre han sido muy pobres. Prueba de ello son las elevadísimas tasas de paro que tanto tiempo llevan azotando las economías europeas. Porque el fracaso de estas políticas de empleo no es exclusivo de España, sino que se comparte con el resto de economías desarrolladas; y tampoco es exclusivo de los años de crisis económica, sino que se comparte con los años de bonanza económica. Está claro que algo falla en esta forma de combatir el desempleo.

Y lo que falla es la teoría, no la realidad. El problema es que tanto en la citada teoría del mercado de trabajo como en las mentes de los gobernantes impera la idea de que los puestos de trabajo están ahí, están dados, y que por lo tanto lo único que hay que hacer es acondicionar a los parados para que encuentren esos empleos. ¡No se enteran o no se quieren enterar de que simplemente esos puestos de trabajo no existen! Podemos gastarnos miles de millones de euros en formar a parados, en darles facilidades para que se muden y en incentivarlos para que sean menos reacios a aceptar determinados empleos, que si esos puestos de trabajo no existen… ¡no servirá de nada! Tendremos a parados muy formados, muy movibles y muy serviciales, pero seguirán siendo parados. Me parece a mí que no hace falta ser economista para entenderlo.

Por eso, si queremos combatir el desempleo lo que hay que hacer es crear directamente esos puestos de trabajo. Poner todas las esperanzas en esperar a que los empresarios creen empleos o que los ciudadanos se autoempleen es absurdo. Simplemente hay puestos de trabajo que no se van a crear porque nadie los va a crear por su cuenta (porque no es rentable de forma individual o porque se necesita una planificación colectiva). Lo que hay que hacer es crearlos de forma directa, y la mejor forma de hacerlo es mediante un Trabajo Garantizado. Hoy día hay millones de personas que quieren y pueden trabajar, y al mismo tiempo hay mucho trabajo que hacer: mejorar servicios de educación, de sanidad, de cuidado a niños y ancianos, de cuidado medioambiental y de espacios, de rehabilitación de infraestructuras urbanas, de ocio y cultura, etc. ¿Por qué entonces no enlazamos a esos parados con esas actividades que queremos se realicen? Esto es lo que tiene que hacer el gobernante, no gastar millones de euros de dinero público en incentivos y formación que luego no servirán para incrementar el volumen de empleo.

Mediante un Trabajo Garantizado se consiguen resolver los tres obstáculos de la teoría tradicional de forma mucho más directa y eficiente. En primer lugar, puesto que es la comunidad local quien decide qué actividades son las más necesarias para sus localidades, los empleos se crearán muy cerca del lugar de residencia del parado. En segundo lugar, como la asignación de esos puestos de trabajo se realiza de forma democrática y participativa, las preferencias de los parados irán incorporadas en el proceso de reparto. Y en tercer lugar, si algún parado necesita una formación particular para el puesto de trabajo en cuestión, se le facilitará; pero la diferencia con los planes tradicionales de formación es que en este caso se estará formando a la persona para un puesto de trabajo que existe, en vez de formar a un parado para que luego se mate buscando un empleo que no existe.

Seamos astutos: puestos a utilizar dinero público con el objetivo de aumentar el volumen de empleo, creemos directamente puestos de trabajo mediante un Trabajo Garantizado y dejemos de malgastar recursos intentando conectar parados con empleos inexistentes.

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