Efecto derrame y repercusión sobre la distribución de la renta

El crecimiento económico es el objetivo principal de todos los gobiernos que están al frente de países enmarcados en un sistema capitalista. Las tesis económicas más extendidas e influyentes en los últimos tiempos defienden que la búsqueda del crecimiento económico inscrito en la lógica de mercado trae consigo un aumento importante de riqueza material que finalmente redunda en un beneficio global para todos los integrantes de la comunidad. Algunos autores denominan a este fenómeno “efecto derrame” o “teoría del goteo”, entendiendo que un aumento importante de la riqueza producida en unos focos muy concretos y reducidos acaba desbordando el entorno más cercano hasta afectar al total de la población. De esta forma, aunque el valor se cree en sectores económicos específicos, si la cantidad de valor producido es alto, sus efectos positivos acabarán alcanzando al resto de sectores económicos y al resto de personas. Esto se explicaría alegando que el crecimiento produce mayores ingresos, mayor empleo y mayor consumo.

Se dice que este “efecto derrame” tendría como consecuencia final que las capas sociales más bajas mejorarían su posición y que se produciría una cierta convergencia con el resto. Ello mejoraría la distribución de la renta en términos generales. Sin embargo, la cuestión es ¿hasta qué punto mejora la distribución de la renta? ¿Qué relación existe entre la mejora de los ciudadanos de mayores ingresos con los de menores ingresos? La situación de las capas populares más bajas podría mejorar y sin embargo éstas podrían seguir inmensas en situaciones indignas mientras otros sectores de la población podrían gozar de condiciones de vida mucho más favorables. El crecimiento económico podría beneficiar a todos los ciudadanos, pero quizás a algunos más que a otros. En este caso promover el crecimiento económico como vía para mejorar la distribución de la renta no sería más que una fórmula errónea o falseada, promovida por personas que desconocen esta falta o que la conocen pero les conviene ignorarla.

Para verificar esta creencia se toma como objeto de estudio el caso español durante los años 1998 a 2009. Se reflejará el crecimiento económico alcanzado durante la época a través de las tasas de variación interanuales del PIB, y se comparará con la distribución de la renta medida por un indicador de pobreza relativa: la tasa de riesgo de pobreza. Esta tasa indica la proporción de hogares con ingresos inferiores al umbral de la pobreza, esto es, el 60% de los ingresos medios por hogar. Por ejemplo, si los ingresos medios por hogar fuesen de 10.000 euros, una tasa de pobreza del 20% indicaría que el 20% de la población recibe unos ingresos inferiores a 6000 euros.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos extraídos de EU-SILC

Como se puede observar en el gráfico, la evolución de la tasa de riesgo de pobreza (línea roja, escala izquierda) tiene una tendencia claramente positiva desde el año 1998 hasta el año 2006, a pesar del buen ritmo de crecimiento económico (línea azul, escala derecha) que se alcanza durante esos años, puesto que se mantiene por encima del 0,0% (crecimiento cero). Esto refleja que la cantidad de hogares con ingresos inferiores al umbral de la pobreza fue aumentando durante esa época, a pesar de las tasas positivas de crecimiento económico.

De forma similar, con el rápido descenso en las tasas de crecimiento económico en los años 2007, 2008 y 2009 se produce una caída de la proporción de hogares con ingresos inferiores al umbral de la pobreza.

Estos efectos aparentemente contradictorios con respecto a las tesis económicas mencionadas deben analizarse teniendo en cuenta la construcción del indicador: la tasa de pobreza relativa nos muestra la proporción de hogares sobre el total que reciben unos ingresos por debajo de un determinado umbral que se calcula como proporción del total de los ingresos obtenidos por todos los hogares. Por lo tanto, ese umbral varía en función de la renta total; cuando la renta total aumenta, también lo hace el umbral calculado, y a la inversa. En los años de crecimiento económico expansivo, el umbral aumenta (y al revés). Si el reparto de los ingresos fuese proporcional, el aumento de la renta total y del umbral calculado a partir de ella dejaría intacta la proporción de personas que permanecen a un extremo y a otro del mismo. Porque todos los hogares recibirían lo mismo en relación a su situación de partida.

Pero si el reparto de ingresos no fuese proporcional, esto es, tendiese a favorecer a las rentas más altas, un aumento de la renta total y por lo tanto un aumento del umbral provocaría un incremento en la proporción de hogares por debajo del umbral –tal y como ocurre hasta el año 2006- pues en definitiva el umbral se eleva dejando por debajo a hogares que no han cambiado sensiblemente su situación. Esto significaría que la mayor parte de la riqueza generada ha ido a parar a los estratos superiores de los hogares. Ni siquiera ha ido a parar de forma proporcional (que dejaría en la misma situación relativa pero peor situación absoluta a los hogares de menor renta) sino que la brecha entre hogares de mayores ingresos y hogares de menores ingresos se acentúa.

En los últimos años del período analizado la renta total apenas crece e incluso disminuye, reduciéndose también el umbral a partir del que se construye el indicador, y apareciendo así menos hogares cuya renta está por debajo del umbral, teniendo lugar de esta forma el efecto inverso al que se ha comentado (el umbral disminuye dejando por encima a hogares que no han cambiado sensiblemente su situación).

La relación entre ambas variables es notoriamente inversa, contradiciendo notablemente la tesis de que el crecimiento económico mejora la distribución de la renta. Más bien al contrario, los resultados reflejan que el crecimiento económico beneficia a los hogares de mayores rentas dejando en peor situación relativa a los de menores rentas.

En definitiva, el crecimiento económico puede arrojar resultados favorables para las capas más bajas de la sociedad gracias al conocido “efecto derrame”, pero lo hace de una forma residual destinando la mayor parte (y cada vez mayor parte) de la riqueza generada al sector más favorecido y la menor parte (y cada vez menor parte) al sector más perjudicado. Por lo tanto, aquellos que abogan por alentar el crecimiento económico para aumentar la distribución de la renta cometen un error de cálculo nada despreciable. Quien intente perfeccionar la distribución de la renta mediante la potenciación del crecimiento económico pierde el tiempo, porque no es ni de cerca ése el camino más adecuado para ese objetivo. La mejora de la distribución de la renta debe basarse en mecanismos y herramientas muy diferentes a la simple búsqueda del crecimiento económico, fenómeno que permite conseguir un aumento de la riqueza total pero que nada dice de su reparto.

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