El bitcoin está destinado al fracaso

Artículo publicado originalmente en eldiario.es el 17 de diciembre de 2017

Cada vez se habla más de las criptomonedas, y especialmente de la más famosa y utilizada de todas: el bitcoin. Este tipo de monedas, creadas desde el sector privado, se caracterizan esencialmente por ser digitales y por regirse a través de un software informático complejo que conecta a todos sus usuarios de forma que se origina para cada transacción un modelo de contabilidad distribuida. La forma de emitir nueva moneda se lleva a cabo a través de la resolución de un algoritmo informático que cada vez se va complejizando más y en el que puede participar cualquier usuario. En el caso del bitcoin, la emisión de la moneda está limitada a un máximo de 21 millones de unidades.

El bitcoin se creó en el año 2009, en plena crisis económica mundial, y desde entonces su utilización ha ido en aumento. Empleada en un primer momento en muy pocas regiones y sólo en determinados sectores económicos, se ha ido extendiendo cada vez más hasta llegar a nuevos países y a nuevas ramas económicas. Y, aunque hoy día sigue siendo una moneda con una utilización marginal a nivel mundial, llama muchísimo la atención la importancia que ha alcanzado una moneda creada por el sector privado, ya que ha registrado un éxito que no tiene parangón alguno en la historia.

Las ventajas de utilizar bitcoin para el usuario son varias, pero destacan sin duda 1) la utilización de un sistema de pagos ajeno al sistema bancario y 2) la exención en el pago de impuestos. Al realizarse las transacciones a través de un sistema que está fuera de la vista de las autoridades fiscales, es imposible que éstas puedan reclamar el pago de impuestos. Esta opacidad está siendo utilizada no sólo para evadir impuestos sino para llevar a cabo actividades ilegales a sabiendas de que difícilmente alguna autoridad se enterará de lo que está ocurriendo. Es la moneda perfecta para el liberalismo económico: el sector público no interviene ni en su creación ni en su regulación, de forma que cualquier persona puede llevar a cabo sus transacciones sin la necesidad de rendir cuentas a Hacienda o a la Justicia.

Sin embargo, son muchos los motivos que llevan a pensar que este experimento no tendrá un largo recorrido. Al fin y al cabo, y tal y como explicó Hyman Minsky, todo el mundo puede crear dinero, el problema reside en que sea aceptado. Y el grado de aceptabilidad de la moneda en cuestión depende de la capacidad que tenga su emisor de lograr (violenta o pacíficamente) su utilización. Es decir, cuanto más poder tenga el emisor para lograr que su moneda sea utilizada, mayor robustez tendrá. Por eso la moneda más sólida y utilizada es la que emite el Estado más poderoso del planeta (en términos militares, económicos, tecnológicos y culturales) que es capaz de imponer incluso por la fuerza su utilización: el dólar (1). Y también por eso el bolívar venezolano es dejado de lado por buena parte del país: porque el Estado de Venezuela no es capaz de imponer su uso generalizado.

¿Y qué capacidad tienen los emisores del bitcoin de lograr que su moneda sea ampliamente utilizada? Muy poca, teniendo en cuenta que no hay ni siquiera un único emisor, sino que cualquier usuario puede (tras un proceso complicado y prolongado) crear nuevos bitcoins. Ninguno de ellos -tampoco la empresa responsable del software- tiene la capacidad de imponer por la fuerza que la gente utilice la moneda. Hoy por hoy la gente utiliza el bitcoin porque de momento parece que tiene utilidad y robustez, pero esa creencia se puede romper en cualquier momento porque no hay ningún agente poderoso respaldando la emisión de esta criptomoneda.

No hay más que mirar alrededor: ¿cuántas experiencias de monedas emitidas y reguladas únicamente por el sector privado han triunfado? Muy fácil: ninguna. El caso de las monedas sociales suponen un ejemplo cristalino: las únicas que han tenido éxito han sido las que han estado respaldadas por algún tipo de administración pública. Como en Bristol, donde el Ayuntamiento apoya la emisión de la moneda social y le da confianza. La gente tiende a desconfiar de los “papelitos” que crea una empresa o asociación privada. En cambio, cuando esos mismos papelitos incluyen el logo de un ayuntamiento o de un Estado, su grado de confianza se dispara. La gente sabe que las administraciones públicas no son un invento de un día y que gozan de mucha mayor solidez y estabilidad que cualquier empresa privada. Los Estados raramente quiebran, y aunque lo hagan no dejan de existir. No ocurre lo mismo con las sociedades privadas.

La pérdida de confianza en la criptomoneda puede ocurrir por muchos motivos, pero hay una amenaza que sobresale frente a todas: la posibilidad de que sea perseguida por las autoridades. De momento el bitcoin hace poco daño a las haciendas estatales, pero como su uso se siga extendiendo, los Estados tarde o temprano comenzarán a regular fuertemente su utilización pudiendo incluso llegar al punto incluso de prohibirla, como ocurre ya en China. Ni que decir tiene que si ello ocurriese, el auge del bitcoin se detendría y ya solo le quedaría retroceder hasta poder incluso desaparecer.

A ello hay que sumarle otra limitación no despreciable: sólo se pueden crear 21 millones de bitcoins. Esto es sencillamente el resultado de un diseño carente de sentido económico, ya que una economía necesita tanto dinero como actividades se produzcan en su interior. Si las transacciones en bitcoins continúan aumentando pero la cantidad de moneda deja de hacerlo porque tiene un tope máximo, ésta tenderá a sufrir tensiones deflacionistas. Es decir, cada bitcoin se revalorizará demasiado y los precios de los productos nominados en esa moneda descenderán, lo cual no es en absoluto positivo para la actividad económica.

Esto no es todo: la producción de bitcoins consume una cantidad desorbitada de energía. Los métodos de creación y funcionamiento de las criptomonedas son puramente electrónicos y necesitan la utilización de innumerables ordenadores en todo el mundo, lo que supone un elevadísimo consumo de energía. Acorde a los estudios de Power Compare, la producción internacional de bitcoins consume los 29 teravatios- hora, lo que equivale al 0,13% de las necesidades energéticas de todo el planeta (el consumo de 159 países). Y esta tendencia no deja de aumentar. Un despilfarro energético en toda regla teniendo en cuenta que los métodos convencionales de creación de dinero apenas requieren consumo de energía.

Y hay más: el desarrollo de los ordenadores cuánticos pone en peligro la seguridad del almacenamiento y uso de bitcoins. Las criptomonedas tienen características de seguridad importantes que evitan que sean robadas o copiadas gracias a una serie de protocolos criptográficos de difícil desciframiento con la tecnología informática actual. Sin embargo, se estima que la enorme potencia computacional que adquirirán los ordenadores cuánticos de aquí a 2027 permitirá resolver fácilmente esas encrucijadas de seguridad. Y los primeros ordenadores de este tipo ya están en desarrollo.

Por último, por si fuera poco con las debilidades y amenazas de carácter estructural, se ha unido recientemente otra de carácter coyuntural: la generación de una burbuja especulativa. Hoy día buena parte de la gente compra bitcoins para venderlos a un precio más caro, haciendo una ganancia rápida por el camino. La espiral inflacionista es notoria: mientras que en el año 2010 un bitcoin se podía cambiar por 0,05 dólares, en la actualidad se puede hacer por más de 16.000. Y ya sabemos perfectamente que pasa con las burbujas: que en algún momento estallan y todo el artificio se va al garete.
Gráfico tipo cambio dólar/bitcoin-

(1) Un ejemplo de ello es lo que ocurre con el comercio mundial de hidrocarburos, que se realiza mayoritariamente en dólares porque así lo impone Estados Unidos en todo su área geopolítica de influencia a través de todo tipo de acuerdos comerciales, de organismos internacionales (como el Fondo Monetario Internacional) e incluso a través de intervenciones militares (como la de Irak en 2003 –el gobierno de Saddam Hussein anunció el 24 de septiembre de 2000 su firme intención de vender petróleo a Europa con precio nominado en euros en vez de en dólares–).

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