España no es un ejemplo exitoso de austeridad, sino todo lo contrario

Artículo publicado originalmente en el número 47 de La Marea

El discurso del gobierno estatal así como de la Comisión Europea y de los economistas liberales sostiene que la economía española ejemplifica el éxito de las políticas de austeridad. Según esta visión, gracias a varios años de recortes de gasto público e incremento de los ingresos públicos –que han permitido reducir algo el déficit– el PIB de la economía vuelve a aumentar. Sin embargo, por mucho que repitan esta afirmación no sólo es absolutamente falsa sino que es contraria a la evidencia empírica. Los datos no dejan lugar a dudas: el crecimiento del PIB español ha ido acompañado de políticas de incremento del gasto y de reducción de los ingresos, aunque hayan sido tímidas. Los gobiernos de las distintas administraciones públicas suavizaron las políticas de austeridad desde 2014 –fundamentalmente debido a los ciclos electorales en los que estuvo inmersa toda la geografía española– y ese movimiento ha sido paralelo al crecimiento del PIB español, aunque no sea el único motivo que ayude a explicar esta evolución. En consecuencia, no son las políticas de austeridad las que explican el crecimiento de la economía, sino que en todo caso su reversión es precisamente lo que ha ayudado a la economía a remontar.

Para entender adecuadamente lo que estoy afirmando es importante saber qué es exactamente el déficit público y cómo funciona, algo que no entienden los economistas convencionales. Un déficit fiscal se produce cuando los gastos del sector público son superiores a sus ingresos. Pero ojo: no todos los gastos ni todos los ingresos públicos son resultado de las políticas de un gobierno. Hay gastos que se producen independientemente de lo que haga el gobierno de turno, porque dependen del ciclo económico y de otros factores involuntarios, como por ejemplo los gastos de desempleo y otras ayudas sociales (que aumentan automáticamente en épocas de recesión y disminuyen en épocas de crecimiento), las pensiones (que aumentan automáticamente con las prejubilaciones y la evolución demográfica) o los intereses de deuda (que aumentan automáticamente con el incremento de la deuda y de la prima de riesgo, y viceversa). De forma inversa, hay ingresos que se producen independientemente de lo que haga el gobierno de turno, como por ejemplo las cotizaciones sociales, el IRPF, el IVA o el Impuesto de Sociedades, pues la recaudación disminuye en épocas de recesión (hay menos empleo, menos compraventas y menos beneficios) y aumentan en épocas de crecimiento.

De ahí que tengamos gastos cíclicos (involuntarios) y gastos discrecionales (voluntarios), e ingresos cíclicos (involuntarios) e ingresos discrecionales (voluntarios). Si nos fijamos únicamente en el volumen total de déficit público (como hacen los economistas convencionales) no podremos saber si el gobierno en cuestión está aplicando políticas de austeridad o aumentando mucho el gasto y reduciendo impuestos, porque hay una parte del déficit que se produce involuntariamente. Para poder evaluar las políticas de un gobierno es necesario dividir el déficit público en dos componentes: el déficit cíclico (involuntario) y el déficit discrecional (voluntario). En el gráfico se puede observar la evolución del déficit público español desde el año 2010 hasta el 2016 atendiendo a esa composición, así como el crecimiento de la economía.

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Como se puede ver, el déficit público total aumentó desde 2010 hasta alcanzar su máximo (-10,5% del PIB) en el año 2012. Durante esos tres años los sucesivos gobiernos de Zapatero y de Rajoy aplicaron importantes políticas de austeridad y por eso el déficit discrecional se redujo tanto. Sin embargo, el déficit cíclico, el que no controla el gobierno, se disparó debido al enorme deterioro de la actividad económica (el PIB estuvo cayendo en los tres años). Por eso los recortes de gasto y aumentos de ingresos decretados por el Estado no sirvieron para reducir el déficit público total. En el año 2013 el gobierno continuó con las políticas de austeridad y el déficit discrecional continuó cayendo, aunque el déficit cíclico se redujo gracias a que la actividad económica no fue tan negativa como en el año anterior.

En 2014 las políticas de austeridad se frenaron y por lo tanto el déficit discrecional se mantuvo, mientras que el déficit cíclico se redujo a medida que el PIB comenzó a crecer (fundamentalmente debido a factores externos: abaratamiento del petróleo, políticas expansivas del Banco Central Europeo, depreciación del euro y recepción récord de turistas extranjeros). Y desde 2015, con un crecimiento notable del PIB, el déficit cíclico se redujo fuertemente, pero no lo hizo el déficit total porque los gobernantes españoles comenzaron tímidamente a incrementar el gasto y a reducir los ingresos con motivo de las citas electorales que se iban dando (elecciones andaluzas en marzo de 2015, municipales y autonómicas en mayo de 2015, catalanas en septiembre de 2015, generales en diciembre de 2015 y en junio de 2016, y gallegas y vascas en septiembre de 2016). Ejemplos de estos incrementos de gastos fueron el gasto extra para el tratamiento de la hepatitis B, la construcción de una prisión en Cataluña y un tranvía en Aragón; ejemplos de esas reducciones de ingresos fueron la merma en el Impuesto de Sociedades (minoración de tipos y de pagos a cuenta) y en el IRPF (rebaja en las retenciones del trabajo, disminución del tipo sobre actividades profesionales y de las retenciones de capital, así como la aplicación de deducciones anticipadas a familias numerosas y dependientes).

El resultado fue que el déficit discrecional aumentó considerablemente entre 2015 y 2016. De hecho, Bruselas se dio cuenta y por eso amenazó con multar al gobierno español, aunque finalmente la sanción no tuvo lugar.

En definitiva, los datos demuestran que desde 2014 no se han intensificado las políticas de austeridad en nuestro país sino que se ha hecho precisamente lo contrario: incrementar el gasto público y reducir los impuestos, aunque sólo se haya hecho de forma muy leve. Por lo tanto, el crecimiento del PIB no se debe a las políticas de austeridad, sino en todo caso a su ausencia y a la tímida recuperación de políticas expansionistas. La austeridad siempre lastra la actividad económica, mientras que las políticas expansionistas la propulsan. España es un buen ejemplo de ello.

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