¿Por qué no se reduce el déficit aumentando los ingresos públicos?

Teniendo en mente que el déficit presupuestario es la diferencia entre los ingresos del estado y los gastos que ha de acometer, se deduce que hay tres formas para reducirlo: A) reducir los gastos; B) aumentar los ingresos; o C) una combinación de las anteriores.

Sin embargo, en la agenda política de los gobernantes europeos las opciones B y C parecen
no tener ninguna relevancia. Desde el primer momento la ideología imperante ha dominado el debate público esparciendo la idea de que para solucionar el problema presupuestario hay que recortar el gasto público. Este discurso ha quedado claramente de manifiesto con la publicación del “Pacto por el Euro” de la mano de los dirigentes europeos, en el cual se considera totalmente necesario efectuar grandes recortes en las partidas de gasto. Y estamos también acostumbrados a ver en los medios de comunicación a los políticos nacionales más influyentes discutir sobre qué tipo de gasto hay que recortar, y nunca debatir cómo incrementar los ingresos. Ayer mismo el candidato a la presidencia del gobierno por el PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba mencionó que “prefiere quitar diputados provinciales antes que quitar maestros o médicos”. Como si no pudiese elegir otras opciones diferentes.

Apenas se dice nada de la posibilidad de aumentar los ingresos públicos. Parece que esa posibilidad no existe. Se olvida o se quiere olvidar que aumentar los ingresos públicos es otra alternativa para solucionar el problema del déficit. ¿Pero por qué los gobernantes actuales no se plantean dicha posibilidad? ¿Por qué se quiere evitar hablar de esta alternativa?

Normalmente los argumentos más utilizados giran en torno a una idea que parece obvia: para aumentar los ingresos públicos hay que aumentar los impuestos, y esta acción deprimiría aún más la economía al reducir la capacidad adquisitiva de los contribuyentes, que tendrían más dificultades para consumir y para invertir. Sin embargo este razonamiento aparentemente obvio no es del todo correcto porque está incompleto. Hay muchas formas distintas de recaudar impuestos, y no todas tienen el mismo impacto sobre la economía. De hecho, el factor más importante es a quién se le recauda el impuesto. No es lo mismo aumentar los impuestos a las personas que tienen un sueldo de 800 euros al mes, que aumentárselos a los que cobran más de 800.000 euros al mes. Resulta obvio que a ese segundo tipo de personas les afectará mucho menos una mayor contribución con la hacienda pública. Aquí está la trampa de este discurso. Cuando uno afirma que mayores impuestos contraen la economía, hay que pedirle que matice a quiénes se les va a imponer esos impuestos para revisar la veracidad de su declaración.

Con respecto a esto último, el discurso neoliberal (imperante en nuestros días) ya se ha encargado de expandir y fortalecer la idea de que aumentar los impuestos a los más ricos es un error. Los neoliberales sostienen que las personas más adineradas son precisamente las más capacitadas para invertir en la economía y, por tanto, generar empleo y crecimiento económico. Sin embargo, no parece que ese razonamiento sea muy cierto cuando estamos acostumbrados a ver cómo las grandes fortunas huyen del sistema tributario hacia oscuros paraísos fiscales y cómo se destinan a especular en los mercados financieros obteniendo ganancias ficticias que en absoluto generan empleo (de hecho, en ocasiones generan desigualdad, pobreza y hambre).

Además, incluso aceptando esa dudosa premisa de que los más ricos generan oportunidades de negocio y con ello puestos de trabajo, hay que recordar que esa misma labor puede ser igualmente realizada (incluso de forma más eficaz y con mayor alcance) por los mecanismos del estado. Al fin y al cabo, los fondos recaudados por los impuestos se terminan destinando fundamentalmente a iniciar proyectos de inversión (como construcción de carreteras, hospitales, colegios…) y a ofrecer servicios a toda la población (como servicios sanitarios, de educación, de ocio…); intervenciones que relanzan la economía al requerir trabajadores e impulsar la demanda agregada de la economía.

Por lo tanto, la vía que pasa por aumentar los ingresos fiscales es efectivamente una locura si los que van a pagar los impuestos son las personas con menor renta. Esto es así por dos razones: 1) perderían capacidad adquisitiva y disminuirían su consumo (lo que reduciría la demanda agregada de la economía) puesto que estas personas destinan una proporción elevada de su renta a consumir y 2) dada la distribución de la renta en nuestro país –dondela riqueza está concentrada fundamentalmente en pocas manos- los afectados serían la mayor parte de la población, por lo que el consumo total caería bastante y haría resentir intensamente la actividad económica.

En cambio, la vía que pasa por aumentar los ingresos fiscales es todo un acierto si los que van a pagar los impuestos son las personas con mayor renta. Esto se explica por varias razones: 1) al disponer de una elevada renta, un recorte en la misma no afectaría a su capacidad para consumir, puesto que estas personas destinan una proporción muy pequeña de su renta a consumir; 2) tendrían menos fondos para especular en los mercados financieros y por lo tanto no se seguirían haciendo más ricos a partir del dinero, no provocarían tantos desequilibrios en la bolsa o en el mercado de derivados o en el de deuda pública, y no aumentarían tanto los precios de los alimentos en el tercer mundo; 3) se produciría un reparto más equitativo de la riqueza total; y 4) puesto que las personas más adineradas representan una pequeña proporción de la población, los afectados no serían muchos.

Una vez comprendido esto, ya se entiende mejor por qué en la agenda política actual no
aparecen propuestas para aumentar los ingresos del estado: simplemente porque estas medidas perjudicarían a las grandes fortunas, que son precisamente las que más poder tienen para influir en los círculos políticos, mediáticos y económicos.

No nos podemos dejar engañar. Nos mienten cuando nos dicen que no hay dinero y que por lo tanto hay que realizar recortes en el gasto público. Claro que hay dinero, lo que ocurre es que las personas que lo tienen no quieren perderlo, y por eso influyen en los gobernantes para que no les toquen su bolsillo. De ahí que nada se haga para recaudar impuestos a los más ricos y mucho para realizar recortes sociales que, al fin y al cabo, restan recursos a los que menos tienen. Por eso se dice que la crisis la están pagando los más pobres.

El déficit público se podría combatir poderosamente si los gobernantes no estuviesen subyugados por el poder económico y financiero. Como veremos en el próximo artículo, existen medidas muy fáciles de adoptar (técnicamente hablando) que recaudarían millones de euros, que no deprimirían la actividad económica, y que darían un respiro a las arcas del estado.

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