Imposibilidad de devaluar el euro y consecuencias

La progresiva liberalización comercial acometida por tantos países en tantos ámbitos fue creando unas nuevas condiciones en el comercio internacional. Aumentó el volumen de transferencias y con él las posibilidades de entrada de ingresos a un país (y de salida) motivado por la actividad comercial. En definitiva, si un país vendía más de lo que compraba, recibía ingresos del exterior; si vendía menos de lo que compraba, enviaba renta al exterior. El comercio con otros países (llamado “sector exterior”) empezó a cobrar cada vez mayor importancia como impulso económico de un país hasta convertirse en nuestros días en un motor económico crucial e imprescindible.

Cuando la economía de un país empieza a fallar, existe la posibilidad de propulsar el crecimiento económico a través de las exportaciones a otros países mediante una técnica sencilla y muy utilizada: la devaluación de la moneda. Para entender claramente este procedimiento se expone un ejemplo.

Imaginemos que el Reino Unido comercia con Estados Unidos. La moneda del primer país es la libra esterlina, y la del segundo es el dólar. Comencemos pensando que el tipo de cambio es unitario, es decir, que 1 dólar se puede cambiar por 1 libra esterlina. Por lo tanto, si el Reino Unido quiere comprar un paquete de sillas que cuesta 100 dólares a EEUU, necesitará gastar 100 libras. Ahora supongamos que EEUU entra en una recesión y necesita mejorar su crecimiento económico, y para ello quiere vender más cantidad de mercancías a otros países porque de esta forma entrarán más ingresos al país. Así las cosas, el gobierno estadounidense decide devaluar el dólar hasta el nivel en el que se puede cambiar 1 libra esterlina por 2 dólares; es decir, reduce el valor del dólar a la mitad.

En la nueva situación, si el Reino Unido quiere comprar el mismo paquete de sillas que cuesta 100 dólares, tan sólo tendrá que gastar 50 libras (ya que 1 libra se cambia por 2 dólares). Pero mucho mejor que eso es poder comprar dos paquetes de sillas por el mismo precio que pagaba en la anterior situación. Por lo tanto, el Reino Unido comprará dos paquetes de sillas pagando 100 libras (lo que pagaba antes), y EEUU recibirá 200 dólares (el doble de lo que ganaba antes). El Reino Unido ha aumentado su negocio y con ello ha incrementado el volumen de ingresos.

Extrapolando el caso de las sillas a todas las actividades económicas que generen bienes susceptibles de ser exportados, es fácil percibir el aumento de ingresos que se produciría gracias al comercio y, consecuentemente, el impulso al crecimiento económico del país.

Esta técnica de la devaluación ha sido utilizada por muchos países a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, en los años 1990 el gobierno español tuvo que recurrir a la devaluación de la peseta para afrontar mejor la crisis de aquellos años. Era un mecanismo sencillo y simple que a corto plazo daba muy buenos resultados macroeconómicos, a pesar de que iba acompañado de varios efectos negativos a medio plazo. Devaluar la peseta significaba hacer a la economía española un poco más pobre; pero esa pobreza, al afectar a toda la población por igual, apenas era percibida. Se podría decir que los efectos positivos superaban a los efectos negativos, por lo que era una técnica muy recurrida.

Con el cambio de la peseta al euro y el traslado de la política monetaria y cambiaria desde el gobierno español al Banco Central Europeo, España perdió la posibilidad de emplear esta herramienta. En la actualidad sólo el Banco Central Europeo puede decidir si devaluar el euro o no, pero no tiene previsto hacerlo porque aunque la devaluación beneficiaría a países como España (cuyas exportaciones son reducidas) también perjudicaría a países como Alemania (cuyas exportaciones son

elevadas). La pérdida de esta arma contra la crisis supone posiblemente uno de los perjuicios más notables que ha supuesto para España su adhesión a la moneda única. Perjuicios que son consecuencia de que países tan heterogéneos como lo son los dos países citados compartan la misma moneda.

Desechada la posibilidad de devaluar la moneda, se reduce el abanico de soluciones para impulsar el crecimiento económico. Pero enfocando el problema desde la misma óptica, existe una solución que en ciertos aspectos resulta similar. Si el objetivo de la devaluación es empobrecer levemente la economía para poder vender en el exterior de forma más barata (ganar en competitividad); existen otras formas para ganar en competitividad empobreciendo también la economía. No obstante, esta vez el empobrecimiento no afecta a todos por igual como la devaluación de la moneda, sino que pasa por empobrecer a una parte de la población: reducir los salarios de los trabajadores y flexibilizar el mercado laboral. Es obvio; si las empresas exportadoras han de pagar menos a sus trabajadores, o pueden despedirlos cuando las cosas no vayan bien, tendrán que afrontar menos costes y por lo tanto podrán reducir el precio del producto que van a vender.

Desde esta perspectiva se puede entender por qué las directrices de los economistas de influencia apuntan en la vía de reducción de salarios. Es una de las pocas vías que quedan para ganar competitividad (al menos, la más fácil y rápida de todas las que barajan los políticos que actualmente están en el poder) habiendo perdido la posibilidad de devaluar la moneda. La entrada al euro ha supuesto en este sentido que los ajustes para superar la crisis no pasen por empobrecer a todo el país por igual, sino empobrecer a una parte de la población; concretamente a la más indefensa.

Como ya se ha apuntado, no quiere decir que éste sea el único camino para ganar en competitividad, y mucho menos para impulsar el crecimiento económico. Existen otros muchos caminos que conducen a la misma meta que no perjudican a las clases populares, pero la cuestión es que los políticos actuales no se plantean esas soluciones porque afectarían negativamente a la élite política y económica y al círculo de poderosos que salen ganando con las vigentes reglas del sistema económico. No se trata de que no existan otras soluciones, lo que ocurre es que no hay voluntad política de llevarlas a cabo. Los poderosos prefieren que el resto de la población pague los platos rotos antes que ellos. Pero esta triste e indignante realidad se disimula con un complejo procedimiento de maquillaje de la verdad y transformación del pensamiento general que acaba por hacernos creer que la única alternativa consiste en que las clases menos pudientes deban apretarse el cinturón.

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