Juego de suma cero en el comercio internacional

Con la progresiva liberalización comercial de los países y regiones se empezó a originar todo un contexto y clima ideal para realizar transferencias de productos entre unas economías y otras. Las economías nacionales se integraron en un mercado mucho más amplio, permitiendo un incremento vertiginoso del volumen de transferencias internaciones de bienes. Cualquier empresa de cualquier país podía comprar y vender productos en el extranjero, y cualquier consumidor podía comprar artículos que habían sido fabricados en un país ajeno.

Se permitió de esta forma que un país en particular pudiera (tomando en conjunto todas las actividades económicas realizadas en su territorio) generar ingresos extraordinarios que sin el comercio con otros países no hubiese podido conseguir. Del mismo modo que una empresa aumenta su tesorería si vende más de lo que compra (o mejor dicho, obtiene por las ventas unos ingresos mayores que los gastos que supusieron las compras necesarias para llevar a cabo el negocio), un país puede aumentar su “tesorería” si vende más de lo que compra. La idea es simple: si un país no comercia con otros países, la riqueza de la que dispondrá será más o menos constante y necesitará de bastante tiempo para aumentarla. En cambio, si comercia y vende en el exterior más de lo que compra en el exterior la riqueza total del país habrá aumentado de una forma muy rápida.

He aquí los beneficios más visibles del comercio entre países. Una forma sencilla de que la economía de un país crezca rápidamente es que las exportaciones (ventas) sean superiores a las importaciones (compras). El sector exterior en los últimos años de la historia ha cobrado una enorme importancia gracias a este simple asunto, y se ha convertido en un objetivo deseable para la mayoría de los gobiernos de los países.

No obstante a simple vista ya se plantea un problema importante: las ventas de un país se corresponden con las compras de otros países. Si un país exporta más de lo que importa y por lo tanto se encuentra en una buena posición, tendrá que existir como mínimo un país que exporta menos de lo que importa. Realizando una abstracción para simplificar el problema y poder analizarlo mejor, imaginemos que sólo existen dos países en todo el planeta. Si estos dos países se ponen a comerciar entre sí, rápidamente nos daremos cuenta de que si uno de ellos vende más de lo que compra, necesariamente al otro país le ocurre lo contrario. Es lo que se suele denominar “juego de suma cero”; es decir, una situación en la que si uno sale ganando es porque otro sale perdiendo. Si ampliamos el número de países que conformarían el comercio internacional en nuestro ejemplo, llegaríamos a la misma conclusión: unos países saldrían ganando y otros, necesariamente, saldrían perdiendo.

El comercio internacional de nuestros días es, efectivamente, un juego de suma cero. Alemania es un país que obtiene muchos beneficios del exterior porque sus agentes económicos venden fuera más de lo que compran. Alemania tiene un privilegiado puesto en el mercado mundial y por ello (entre otras cosas) consigue alcanzar un elevado crecimiento económico. A España, en cambio, le ocurre lo contrario: sus agentes económicos compran en el extranjero más de lo que venden; y por ello tiene más dificultades para crecer económicamente. A pesar de que son países amigos, incluso pertenecientes a la misma unión económica y monetaria, la economía alemana obtiene ganancias en parte gracias a la economía española, pues ésta última compra más de lo que vende a la primera. En términos comerciales, España y Alemania son competidores entre sí en muchos aspectos (entran en el juego de suma cero) y por tanto se presentan destacadas contradicciones. Llegados a este punto, cabe preguntarse el sentido que puede tener que Angela Merkel visitase el pasado mes de febrero a Zapatero para orientarle sobre cómo mejorar la competitividad de la economía española, teniendo en cuenta que un aumento de la competitividad española perjudicaría en parte a la economía alemana.

Obviando las contradicciones que pudieran presentarse entre economías amigas, de lo que no cabe duda es que las tesis económicas que animan a todas las economías del mundo a ganar en competitividad para poder vender más de lo que se compra se presentan a todas luces como totalmente absurdas e incoherentes. Estas orientaciones de política económica animan a todos los países del planeta a luchar por este objetivo, ocultándoles la evidencia de que no todos pueden salir ganando en este juego mundial, y de que por fuerza habrá ganadores y perdedores. El comercio internacional regido por la ley de la jungla provoca que haya países que salgan beneficiados a costa de otros; y es de sobra conocido qué países se agrupan en el lado de los ganadores y cuáles en el de los perdedores.

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