La desigualdad de la renta estimula la crisis económica

Cuando se trata el tema de la pobreza o de la desigualdad estamos acostumbrados a usar inmediatamente un enfoque social o moral. Nos parece que la desigualdad es un fenómeno que afecta a la sociedad porque la empobrece socialmente. Podemos mostrar preocupación, satisfacción o indiferencia frente al hecho de que existan pobres o que la riqueza esté desigualmente repartida, pero siempre refiriéndonos a un asunto ajeno, externo, que poco influye en nuestras vidas. En definitiva, se piensa en la desigualdad como un problema apartado cuya resolución no repercute más que en el bienestar de las personas que mejoran su situación. Si se soluciona el problema, mejor para unos pocos; pero si no se soluciona, tampoco repercute mucho en el curso de los acontecimientos.

Y sin embargo, la distribución de la renta en una comunidad afecta enormemente a todos los integrantes de la misma. La situación global de la sociedad viene fundamentalmente marcada por el reparto de los recursos disponibles. La actividad económica es, en definitiva, un proceso de intercambio permanente de recursos, que necesitan ir y venir sin descanso, transportando riqueza y bienestar de un lado a otro. Para que esta dinámica funcione, es necesario que los participantes de las transacciones dispongan de una situación inicial que les permita poder iniciar los flujos económicos. Es decir, es necesario que quien inicie una transacción disponga de capacidad adquisitiva suficiente para que la misma tenga lugar. O dicho de otra forma, es necesario que exista una demanda efectiva que proporcione el empuje suficiente para que los intercambios de recursos se materialicen. Es fácil pensar que en una comunidad donde la mayoría de la población no dispone de capacidad adquisitiva (como por ejemplo la de algún país africano subdesarrollado), es imposible que se origine una actividad económica sana, real y beneficiosa para la colectividad. En términos económicos se denomina “consumo” a esa componente de la demanda agregada de la economía. Si el consumo es insuficiente se origina un obstáculo en la dinámica de la actividad económica y puede engendrar una crisis económica.

Situémonos ahora en el caso de la economía española de los últimos años y analicemos cuáles han sido las consecuencias de su particular distribución de la renta. Como vimos, durante los últimos treinta años la desigualdad ha ido acrecentándose como consecuencia de la progresiva disminución de los salarios. Esta creciente desigualdad empezó a originar un problema de realización en la actividad económica, que consiste en la mencionada insuficiencia de demanda agregada en relación al producto total del país. La disminución de salarios conllevó un aumento de los beneficios empresariales, que estimularon un rápido crecimiento y acumulación de producto, pero a la vez significó un impacto negativo en la demanda efectiva a través del consumo. La riqueza se fue acumulando en los estratos superiores de la sociedad y concentrando en cada vez menos manos. Puesto que las familias con mayores ingresos dedican una proporción muy reducida de sus ingresos en consumo, la demanda agregada estaba destinada a resentirse.

Sin embargo, la demanda agregada no disminuyó sino que se mantuvo, a pesar de los ingresos decrecientes de la clase trabajadora. Esto fue así gracias al impulso de la inversión (otro elemento de la demanda agregada), a su vez posible debido al aumento de los ingresos de los estratos superiores. La inversión aumentó y mantuvo la demanda agregada en unos niveles suficientes para no producir una crisis en la economía. No obstante, la inversión por sí misma no puede sostener indefinidamente la demanda agregada, puesto que la inversión mejora la capacidad productiva de los medios de producción y éstos crecerían mucho en relación al producto total ocasionando un desequilibrio insostenible. A no ser, por supuesto, que esa inversión se destine a crear y mantener una burbuja de activos; que es, precisamente, lo que ocurrió en España con el sector inmobiliario (y en tantos otros países, como en Estados Unidos).

Una burbuja de activos es un proceso por el cual los precios de los activos en cuestión no paran de aumentar debido a la expectativa de crecimiento de los mismos. Puesto que se cree que los precios van a subir, se compran los activos para venderlos cuando aumenten de valor, y así obtener una ganancia. El precio de los activos se incrementa debido precisamente a esa creencia que provoca un aumento generalizado de la demanda de los activos. Sin embargo, la historia siempre ha demostrado que todas las burbujas de activos han terminado estallando. Si la ciencia económica tiene pocas verdades indiscutibles, una de ellas es que toda burbuja económica acaba explotando.

Esta creación y mantenimiento de la burbuja inmobiliaria logra posponer el problema de realización de la demanda que se ha comentado, pero simplemente lo retrasa, no lo elimina ni solventa. De hecho, la burbuja retrasa la crisis pero al mismo tiempo la agrava recrudeciendo los problemas económicos que inevitablemente aparecen con la crisis económica. Esto es así por dos motivos:

1) Por un lado, las creencias optimistas aumentan la inversión a niveles muy por encima de la capacidad real de la economía, que en ese momento se mantiene artificialmente alta. Las empresas aumentan su capacidad productiva e incrementan una producción que se acaba vendiendo porque la demanda permanece alta debido a las buenas expectativas de futuro. Cuando la burbuja explota, el consumo y la inversión vuelven a un nivel más acorde con los ingresos y entonces las empresas se encuentran con un grave problema de sobreinversión y sobreproducción que en muchas ocasiones las hacen quebrar.

2) Por otro lado, la burbuja inmobiliaria permite valorar muy alto los activos inmobiliarios como las viviendas. Ello genera una sensación de riqueza en las familias que las empuja a consumir y a invertir por encima de sus verdaderas capacidades. Mientras la burbuja se mantiene no hay ningún problema, pero cuando explota estos hogares pueden encontrarse con un grave problema de endeudamiento que amenace seriamente su solvencia.

Hay que destacar que a pesar de la disminución de los salarios en la clase trabajadora, el consumo de los trabajadores se mantuvo. Esto fue así gracias al mecanismo del endeudamiento. Las entidades bancarias facilitaban préstamos a unas buenas condiciones y ello estimulaba el consumo. Los créditos se concedían gracias a unas buenas condiciones macroeconómicas (como un tipo de interés general muy reducido o como la entrada de España en el euro) y también gracias a la burbuja inmobiliaria, que mantenía muy altos los precios de las viviendas que acababan sirviendo de garantía para los préstamos.

Concluyendo: la creciente inequidad en la distribución de la renta que ha tenido lugar durante más de dos décadas ha sido uno de los factores que crearon el caldo de cultivo necesario para que la economía entrara en crisis. La progresiva reducción de los salarios y la consecuente concentración de la renta en las capas sociales más altas fue la causa de la reducción del consumo general y del aumento de la inversión que inició la chispa de la burbuja inmobiliaria. El aumento de la valoración de las viviendas debido a la propia burbuja creó las condiciones necesarias para que las familias pudieran obtener la financiación necesaria y compensar el consumo que habían perdido mediante la reducción de salarios. Las expectativas optimistas creadas a raíz de la burbuja animaron a las empresas y familias a invertir y consumir por encima de sus posibilidades hasta el colapso de la burbuja, fenómeno que los dejó en una situación muy comprometida.

El tema de la distribución de la renta no es sólo una preocupación de índole moral o social; es también y fundamentalmente un problema económico. Ciertos niveles de desigualdad crean unos desequilibrios en la economía que crean las condiciones necesarias para que la misma acabe entrando en una crisis que acabe afectando a toda la población. Es cierto que no es el único elemento que ha influido en el origen de la crisis, pero sí uno de ellos y no el de menos importancia. Precisamente por ello la salida a la crisis actual no puede buscarse reduciendo aún más la capacidad adquisitiva de un determinado sector de la población a través de la disminución de los salarios, pues ello afectará aún más a la demanda agregada de la economía y producirá nuevos desequilibrios que estancarán la evolución económica.

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