La detestable negligencia de las cumbres internacionales del G-20

El capitalismo neoliberal ha fracasado. No se trata de una frase panfletaria carente de justificación; lo acontecido durante este último año no deja lugar a dudas sobre la situación en la que se encuentra el actual sistema económico a nivel mundial: el tambaleo del sistema financiero internacional, con las respectivas quiebras y dificultades de numerosas entidades financieras; la falta de liquidez en las actividades productivas; la regresión del crecimiento económico; el aumento de personas fallecidas por inanición; la intensa destrucción de puestos de trabajo; el agravamiento de la pobreza; la incesante pérdida de confianza en el sistema financiero y las bajas expectativas económicas; la amenaza de la deflación; la nerviosa preocupación política por encontrar soluciones al problema; la desintegración social en las capas poblacionales más afectadas por el desempleo; el surgimiento y recrudecimiento de movimientos alternativos al orden social y político actual; los innumerables levantamientos y protestas contra las fuerzas gobernantes…

Toda la comunidad, y el propio devenir del proceso económico, exigen un cambio de altas dimensiones en la planificación política y económica del sistema actual. Sin embargo, la elite política se opone con firmeza a realizar transformaciones que alteren notablemente el statu quo. Entre los diversos motivos que dirigen sus actuaciones, habría que destacar varios:

-Para empezar, la organización política no hace sino decidir entre unos límites firmemente fijados por la elite económica. Su margen de acción está acotado de manera que los resultados nunca puedan atentar contra los intereses de los más pudientes. Los lobbies empresariales ejercen demasiada presión y han de tenerse muy en cuenta antes de realizar cualquier política de ajuste; alterar el bienestar económico de los ricos y poderosos tiene consecuencias nefastas para los ejecutores.

-La ideología imperante se palpa todavía con fuerza sobre la mentalidad de todos los occidentales. No estará bien visto ningún cambio político que se aleje de la orientación económica neoliberal, y mucho menos de la orientación capitalista. Sólo los valientes y decididos tendrán el coraje de ser los primeros en dar pasos en otra dirección, y serán juzgados y señalados mientras la ideología preponderante prevalezca.

Distanciarse del camino marcado no sale gratis, aunque lo propuesto sea la panacea de todos los problemas.

-La ineptitud de los altos cargos económicos y su exigua capacidad para improvisar nuevas políticas. Acostumbrada a la tarea de estabilizar la economía y controlar la inflación, a la tecnocracia actual esta situación extraordinaria le supera. Los planes de estudios de aquellos intelectuales que gobiernan la economía no contemplaban la ciencia económica en su amplitud, y los sesgos enfocados a ensalzar una única teoría económica ahora les pasan factura. Aprendieron a controlar un sistema encauzado, pero jamás se les comentó que ese cauce podía desbordarse.

-La creencia de que la mano invisible volverá a colocar todo en su sitio. “La economía funciona por ciclos”, se repiten constantemente a sí mismos; por lo tanto, la época de vacas flacas terminará dando paso tarde o temprano a la época de vacas gordas. No importa lo que se haga, el planteamiento teleológico no falla. Así pues, cualquier esfuerzo encaminado a cambiar la situación les parece innecesario y accesorio.

-La débil empatía que sienten estos actores económicos y políticos. A pesar de la evidencia de los hechos y de la necesidad apremiante de solucionar los problemas, estos individuos no son del todo conscientes de la envergadura del asunto. No son ellos quienes están muriendo de hambre en los países subdesarrollados; tampoco son ellos quienes están sin trabajo y con una familia entera a la que mantener. Ni siquiera en su entorno social más cercano hay personas que se encuentren en esas situaciones, por lo que los problemas se les antojaran lejanos y apenas serán capaces de comprender la atrocidad que se vive en otros sitios. Por lo tanto, no sienten de la misma forma que otros la urgencia que existe en solventar el trance actual.

Todo ello ha determinado que los encuentros entre las altas potencias mundiales no hayan servido más que para realizar pequeños cambios que ni siquiera llegan a suavizar el problema de forma notable. Pequeñas medidas no solucionarán nada, pero esto es algo que obviamente no les quitará el sueño a dichos responsables; puesto que no son ellos los perjudicados ni los que necesitan urgentemente solucionar la grave crisis que acontece.

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