La necesidad que tienen las empresas de encontrar nuevos mercados

Artículo publicado en Hablando República el 11 de noviembre de 2013

Ya sabemos que bajo las reglas de juego del sistema económico capitalista las empresas se ven obligadas a perseguir avances productivos constantemente bajo amenaza de ser expulsadas del mercado por la competencia. Como consecuencia de ello las empresas normalmente aumentan su tamaño y su capacidad de producción. Pero producir más y mejor no es suficiente; es necesario que todos esos nuevos productos puedan ser vendidos porque de lo contrario el esfuerzo habrá sido en vano. Sin venta no hay beneficio y sin beneficio la empresa quebrará. Y no siempre es fácil darle salida a la nueva producción; no siempre es fácil encontrar nuevos compradores. En este artículo repasaremos por encima una de las tantas estrategias a las que recurren muchas empresas para poder darle salida a los nuevos productos: la venta en mercados extranjeros.

Esta estrategia viene siendo utilizada desde los primeros tiempos del comercio, cuando determinados pueblos artesanos como el de los fenicios recorrían buena parte del mundo conocido para entablar contacto con otros pueblos y así poder venderles toda su producción sobrante. Pero sin duda la venta en mercados extranjeros fue una estrategia empresarial que cobró especial importancia en el siglo XX, debido a los enormes avances de productividad que se habían conseguido en las economías occidentales y al abaratamiento y mejoras del transporte. A lo largo de toda la historia este proceso se había realizado normalmente a través de medios violentos como las guerras, conquistas imperiales y ocupaciones militares. Los últimos años de la historia no han sido muy diferentes. En palabras de Sweezy: “cada una de las crisis a las cuales el imperialismo ha hecho frente en el curso del siglo XX no ha sido resuelta más que por una sola cosa, el militarismo” (1).

Aunque la colocación de los productos en nuevos mercados es un motivo crucial para la economía de guerra y la propia guerra, es cierto que no es el único motivo. El aprovechamiento de nuevos recursos humanos y naturales, obtener áreas de influencia, captar nuevos espacios de inversión, etc, son también elementos perseguidos con este tipo de prácticas militares. Al mismo tiempo, la ocupación militar se hace indispensable para defender los intereses económicos allí donde se encuentran. Sirva de ejemplo la siguiente apreciación: según Harry Magdoff, en la década de los años veinte había fuerzas estadounidenses estacionadas en solo tres países; a principios de los años setenta, en sesenta y cuatro (2). Teniendo en cuenta esta lógica militar se hace también más fácil entender por qué desde su fundación en 1776, la primera potencia económica mundial –Estados Unidos– ha estado inmiscuida en algún que otro conflicto bélico en 214 años y en paz completa solo en 21 años.

Pero después de la Segunda Guerra Mundial la dominación militar dejó de ser la única forma de internacionalizar la producción sobrante. Las intervenciones militares perdieron peso a favor de otras sendas menos llamativas pero igual de efectivas y perniciosas.

Bajo el patrocinio de la Organización de las Naciones Unidas una serie de potencias económicas firmaron en 1948 el primer Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, conocido como GATT por sus siglas en inglés (General Agreement on Tariffs and Trade). El GATT era un acuerdo multilateral por el cual se buscaba fomentar y facilitar el comercio internacional mediante el establecimiento de un conjunto de normas comerciales destinadas a, entre otras cosas, eliminar barreras en el comercio internacional. Este acuerdo fue actualizándose con el paso de los años y añadiendo nuevos países firmantes, hasta llegar a conformar en 1995 la Organización Mundial del Comercio.

Estos acuerdos cancelaban o reducían un número creciente de barreras comerciales entre los países firmantes. El objetivo tradicional de las barreras comerciales es impedir que una empresa extranjera pueda acceder al mercado interior con unos precios más bajos que los de las empresas autóctonas, para evitar que éstas se vean abocadas al fracaso y con ellas el tejido productivo interno del país. Lo que consigue la supresión o reducción de estas barreras comerciales es que cualquier empresa extranjera pueda vender sus productos al precio original, por lo que en la mayoría de los casos las empresas multinacionales más competitivas que se instalan en nuevos mercados terminan por dañar o incluso hundir a las empresas del lugar. Surgió así una excelente manera para que las empresas más poderosas de los países ricos pudieran vender sus productos en otras economías más indefensas. Era un procedimiento que lograba resultados muy parecidos a los de la ocupación militar, pero de una forma más barata y sencilla.

En ocasiones los países que salían perdiendo con las nuevas reglas de juego firmaban los acuerdos siendo desconocedores de sus nefastas consecuencias, otras veces lo hacían engañados por falsas esperanzas de mayor crecimiento económico, en otras ocasiones lo hacían como requisito indispensable para recibir ciertos tipos de ayuda financiera o económica, etc.

La venta de la producción sobrante a través de estas empresas multinacionales no sólo ha llevado consigo problemas de índole económico para los países destinatarios. También ha supuesto una serie de problemas sociales que han repercutido negativamente sobre la población. En su instalación en terceros países algunas corporaciones transnacionales han alterado notablemente las pautas de consumo. Por ejemplo, en determinados países subdesarrollados la “comida basura” importada de los países desarrollados ha conseguido ser mucho más barata que la comida tradicional conformada por frutas y vegetales. La importancia de los precios para poblaciones tan pobres los empuja a consumir una comida que resulta mucho más perjudicial para la salud que otro tipo de comidas más saludables pero más caras.

La Organización Mundial de la Salud ha denunciado que más del 50% de la población sufre de sobrepeso en al menos 10 países de las islas del Pacífico, y la razón fundamental es la importación de productos alimenticios baratos pero de bajo valor nutritivo (3). Otro ejemplo a destacar es el efecto que producen ciertas empresas alimentarias como Nestlé en su venta de leche en polvo en países subdesarrollados. Según UNICEF, cada año mueren un millón y medio de bebés por ser alimentados con leche en polvo debido a problemas de higiene y desnutrición que se podrían evitar si los bebés tomaran leche materna (4).

En fin, esta estrategia supuso un estupendo alivio al problema del exceso de producción en los países desarrollados. Al mismo tiempo, este fenómeno tuvo –y todavía tiene– generalmente un impacto económico y social muy negativo sobre los países en los que estos productos hicieron aparición. Es por esto –entre otros muchos factores– que no se puede entender el retraso económico de muchos países subdesarrollados sin tener en cuenta la lógica que impera en el funcionamiento del sistema capitalista.

Notas:
(1) Citado en Arrizabalo X. y otros, Crisis y ajuste en la economía mundial. Implicaciones y significado de las políticas del FMI y el BM. Síntesis, Madrid, 1997
(2) Torres, J. Economía Política, Pirámide, Madrid, 2010
(3)http://www.voanews.com/learningenglish/home/Imported-Foods-Raise-Obesity-Rates-Health-Issues-for-Pacific-Islanders-101301819.html
(4) http://www.unicef.org/lac/Reunion_Nutricion_1_21_2011.pdf

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