La verdadera razón del aumento en los precios de la gasolina y los alimentos: la especulación financiera

Los precios de materias primas como el petróleo, el gas natural, el trigo o el maíz se han disparado en los últimos días. Es evidente que el detonante de este fenómeno ha sido la invasión de Ucrania por parte de Rusia y las sanciones económicas que se han adoptado como consecuencia. Sin embargo, nada de eso puede explicar que el incremento de los precios haya sido tan extraordinario en tan poco tiempo; en realidad la culpa la tiene otro factor muy importante del que nunca se habla en los grandes medios de comunicación: la especulación financiera. Muchos fondos de inversión y de cobertura han visto el río revuelto y no han dudado en hacer ganancia de pescadores interviniendo decididamente en el mercado financiero, eso sí, a costa de elevar todavía más el precio de las materias primas y empobreciendo a la mayoría de la gente por el camino. En este vídeo explico cómo estos especuladores financieros aumentan todavía más los precios y qué se podría hace para detener esta sangría.

En los últimos días, coincidiendo con el conflicto militar en Ucrania, los precios de muchas materias primas se han disparado hasta superar niveles récord. El precio del petróleo ha llegado hasta los 130 dólares por barril de Brent, un nivel que sólo había alcanzado durante la gran crisis financiera del año 2008. El precio del gas natural en Europa ha superado incluso el extraordinario récord que ya había alcanzado a finales del año 2021, aunque este índice sólo se elabora desde el año 2010. El precio del maíz también ha acariciado el récord histórico que logró durante la crisis pasada. La materia prima que sí ha superado las cotas históricas que alcanzó durante la crisis del año 2008 ha sido el trigo. Hay muchas otras materias primas que han sufrido la misma evolución, pero no vamos a verlas aquí todas.

La explicación que se le está dando a este fenómeno es la siguiente: tanto la guerra como las sanciones económicas aplicadas a Rusia disminuyen su venta de petróleo y de gas natural y eso empuja al alza sus precios por la ley de la oferta y la demanda. Este efecto se haría notar a nivel internacional porque la economía de Rusia es la mayor exportadora de petróleo del mundo, y una de las principales exportadores de gas natural al contar con las mayores reservas del planeta. En cuanto a los alimentos, la explicación es que, tanto el petróleo como el gas natural se utilizan directa o indirectamente para producir y vender alimentos, ya sea utilizándolos para los fertilizantes, para poner en marcha tractores y otro tipo de maquinaria, para calentar los animales de granja, o para transportar los alimentos a otros países, así que el incremento del precio de la energía se acaba trasladando al precio de los productos agrícolas y ganaderos. A esto se suma que Ucrania es un destacado país exportador de alimentos (por ejemplo, es el quinto exportador de trigo del mundo), y la guerra impide que esta producción pueda darse con normalidad, lo que reduce las ventas y eleva el precio.

Bien, todo esto suena más o menos lógico y razonable, ¿no? Rusia y Ucrania son países muy importantes en la venta de energía y de alimentos, y la guerra reduce esos flujos, lo que termina elevando los precios. Sin embargo, por muy intuitivo que sea este razonamiento, tiene varios problemas. Para empezar, los flujos comerciales de petróleo y gas natural tampoco se han visto demasiado alterados por la guerra: de todos los socios comerciales de Rusia, solamente Estados Unidos detuvo sus compras de petróleo y gas a Rusia el pasado 8 de marzo. Sí es verdad que otros socios comerciales, como España, han dejado de comprar una parte del petróleo y del gas a Rusia para comprárselo a otros países como Estados Unidos, por si se cerrara el grifo o algo parecido, y como esos hidrocarburos son más caros, pues el precio ha aumentado. ¡Pero ojo! Porque, acorde a los datos de Corporación de Reservas Estratégicas, esa reorientación de las compras se viene produciendo desde enero de 2022, y el precio del petróleo en enero aumentaba, pero no a un ritmo destacado; la escalada de precios tan extraordinaria que hemos vivido se inició el 28 de febrero, justo cuando los países occidentales aprobaron un paquete de sanciones económicas bastante potentes, como expliqué en este vídeo con cierto detalle y que recomiendo ver si se quiere entender bien el tema.

Es importante fijarse en que esa escalada iniciada el 28 de febrero se produjo incluso antes de que Estados Unidos dejase de comprar petróleo a Rusia, que fue el 8 de marzo, así que evidentemente las cuestiones comerciales no explican per se ese fenómeno inflacionista. Además, el hecho de que el precio del barril de petróleo comenzara a caer bastante unos días más tarde nos demuestra que ese súbito aumento se debió a algo puntual y fugaz, y los flujos comerciales son de todo menos puntuales y fugaces.

Lo mismo ha ocurrido con el gas natural: su precio creció fuertemente desde el 28 de febrero, pero unos días más tarde comenzó a descender y mantiene a día de hoy esa senda bajista.

En el caso de los alimentos no ha sido diferente. Por ejemplo, el precio del trigo se disparó justo el día que Rusia invadió Ucrania, pero desde el 7 de marzo ha bajado considerablemente. Algo parecido ha pasado con la avena, aunque en este caso la reducción del precio no ha sido tan notable.

Todo esto nos debería hacer pensar: si según el relato dominante los precios de estos alimentos se han disparado por las dificultades de producción y logísticas que conlleva la guerra, ¿cómo es posible que esos precios hayan bajado antes de que la guerra haya terminado? Las dificultades son las mismas o son peores, pero ahora esos precios están bajando notablemente. Evidentemente tiene que haber otro factor oculto que está explicando la escalada de precios tan puntual y fugaz, así como su posterior desescalada.

Aunque tampoco hacía falta que bajaran los precios para darse cuenta de esto: cualquier disrupción productiva en la cadena de alimentos, por muy grave que sea, no puede materializarse en un cambio de precios tan importante al día siguiente. Es importante tener en cuenta que las ventas de alimentos se producen a través de contratos que abarcan mucho tiempo, incluso meses de duración, y no se pueden alterar o romper de la noche a la mañana sin penalizaciones graves. Además, los Estados tienen importantes reservas de alimentos por si esto ocurriera, por lo que en el peor de los casos pueden tirar de esas reservas y evitar, o al menos retrasar, la compra de alimentos tan caros. De hecho, la Organización Agrícola Alimentaria de la ONU acaba de revelar que la producción de cereales en la campaña de 2021/2022 alcanzó un récord histórico que dejará unas reservas superiores a los 800 millones de toneladas, un colchón más que suficiente para que los precios de los alimentos no se te disparen al día siguiente de sufrir cualquier disrupción en la cadena de producción y transporte. Por ejemplo, en las granjas de España hay silos con más de 10.000 kilos de cereales y oleaginosas, lo que puede durar 25 días o hasta un mes. En consecuencia, queda claro que no ha sido la guerra ni las sanciones lo que ha disparado los precios de estos alimentos de la noche a la mañana y con tanta intensidad.

Entonces, ¿qué ha sido? Pues la especulación financiera. Este es un tema que no verás en los medios de comunicación convencionales por tres motivos: el primero es que la teoría económica dominante ni siquiera contempla este fenómeno, porque cualquier movimiento financiero es considerado como una inversión y como algo que sólo contribuye a estabilizar los mercados financieros (suena a broma después de lo vivido en la gran crisis financiera de 2008, pero bueno, hay gente que se resiste a cambiar sus dogmas aunque se haya comprobado que son falsos). El segundo motivo es que es un tema difícil de estudiar y rastrear, porque los grandes inversores financieros utilizan paraísos fiscales donde pueden ocultar sus movimientos. El tercer y último motivo, es que es una cuestión compleja y técnica, que a menudo no se entiende bien si no se tienen unas mínimas nociones de economía financiera.

Por eso voy a explicar brevemente algunos conceptos básicos para que se pueda entender esto fácilmente.

El mercado de los alimentos es muy especial porque sus precios son volátiles por naturaleza: las condiciones meteorológicas pueden provocar que un año la producción agrícola sea muy abundante, con lo cual los precios bajarán, o provocar que sea muy escasa, con lo cual los precios aumentarán. Esto puede generar ganancias inesperadas al productor, pero también pérdidas. Para tratar de reducir el riesgo y dar estabilidad al negocio siempre se han ideado diferentes fórmulas, siendo la más tradicional la de contratar un seguro con la administración pública o con una empresa aseguradora, pero en los últimos tiempos ha ganado mucha importancia la utilización del mercado de futuros.

Este mercado funciona de la siguiente forma. Imaginemos que estamos en enero y que un agricultor teme que en el verano los precios de los cereales se desplomen por cualquier motivo inesperado, así que firma un contrato con un inversor financiero que obliga a este a comprarle la cosecha en verano por un precio fijo y pactado, a cambio de pagarle una cuota. De esta forma, el agricultor, aunque tiene que pagarle algo al inversor financiero, tiene la seguridad de que venderá su cosecha por un precio razonable, así que no tendrá pérdidas. Aunque tampoco tendrá ganancias inesperadas en el caso de que los precios aumenten, porque el precio es fijo. Lo que gana el agricultor es seguridad a cambio de pagar una cuota.

Por su parte, el inversor financiero no quiere los cereales para nada, así que también firma un contrato con un molinero para venderle la cosecha en agosto a un precio fijo y pactado, ofreciéndole seguridad de precios al molinero a cambio de una cuota. De hecho, el inversor financiero ni siquiera recibe físicamente la cosecha, sino que la envía directamente al molinero. El inversor es simplemente un intermediario.

El mercado se llama de futuros porque se refiere a compromisos en el futuro, no en el momento. Y no sólo existen en los alimentos, sino que se utilizan también para otras materias primas como hidrocarburos y minerales, porque su precio internacional también fluctúa mucho y los productores suelen estar interesados en reducir ese riesgo.

Pues bien, en condiciones normales, los inversores financieros pueden estimar razonablemente bien cuál será el precio de las materias primas en el futuro, porque normalmente la tendencia es ligeramente ascendente, así que pueden también obtener beneficios razonables sin sufrir mucho riesgo. En definitiva, el mercado de futuros se ideó para que los productores se cubran de determinados riesgos pagando un poco más. Y eso es legítimo y razonable, aunque como decía antes, utilizar las herramientas tradicionales de contratar un seguro es más simple y eficiente.

En fin, el problema aparece cuando no se dan condiciones normales, como es el caso de una guerra, porque no se puede saber de ninguna forma cómo evolucionará exactamente el precio de las materias primas. En la actualidad, los inversores financieros se han dado cuenta de que es muy probable -por los problemas productivos y de transporte reales que hemos comentado- que el precio de las materias primas sea mucho más elevado en meses posteriores del que se han comprometido a comprar y vender a través del mercado de futuros, porque cuando los firmaron no sabían que iba a haber una guerra. Así que, tras el estallido del conflicto y la aplicación de sanciones comenzaron a firmar contratos futuros de venta por un precio muy superior al actual, sabedores de que como se han comprometido a comprar en agosto por precios baratos, cualquier precio de venta por encima les reportará beneficios. Por ejemplo, imaginemos que están obligados a comprar al agricultor una determinada cosecha por 800 euros; pues lo que hacen es firmar un contrato comprometiéndose a vender esa cantidad a un molinero en agosto por 1.000 euros. Compra por 800 y venta por 1.000, negocio de 200 asegurado. Eso es especulación financiera porque el inversor lo único que hace es comprar y vender a golpe de ratón y teclado, obteniendo beneficios simplemente por el cambio de precio; es que ni siquiera llega a poseer en ningún momento la cosecha. El molinero probablemente estará de acuerdo en firmar el contrato por 1.000 porque, dada la situación excepcional de guerra, cree que en agosto puede estar todavía más caro y prefiere asegurarse ese precio.

Y claro, si se empiezan a firmar muchos contratos futuros con precios superiores al actual, esa tendencia elevará los precios también en la actualidad. Si la gente está viendo que se están firmando contratos para agosto con precio de 1.000, aunque el precio actual en marzo sea de 800, creerán que en el futuro aumentará. ¡A pesar de que, en realidad, es sólo una estimación por parte de los especuladores financieros que no tiene por qué cumplirse, porque ellos tampoco conocen el futuro! Y ahí no hay ningún factor real que esté explicando la evolución de los precios, sino que es simplemente un factor especulativo, están anticipándose a lo que ellos creen que ocurrirá en el futuro (pero que puede que no ocurra). Imaginémonos que la guerra acabara mañana y que todo volviese la normalidad pronto. En ese caso habríamos estado pagando precios astronómicos de petróleo, gas y alimentos en marzo prácticamente por la cara, solamente por culpa de la especulación financiera, porque se estaban adelantando a un escenario futuro que todavía no se había dado y que al final tampoco se dio.

A este proceso de especulación financiera hay que sumarle también un proceso de especulación real. Como estas materias primas no son perecederas, y sabiendo que su precio va a aumentar en el futuro, los vendedores suelen posponer sus ventas porque cuanto más tarde las hagan más dinero ganarán. Y al contrario: los compradores querrán hacer las compras cuanto antes, lo que aumenta la demanda y tensa el mercado, haciendo que los precios aumenten más rápidamente de lo normal (Wahl 2008, Ghosh et al 2012)..

Pues bien, este proceso de especulación financiera no es en absoluto la primera vez que pasa.

El caso más paradigmático y también sangrante ocurrió entre el año 2004 y 2008. Los grandes especuladores financieros que llevaban tiempo invirtiendo en hipotecas basura y otros productos derivados, encontraron un nuevo nicho de mercado en los futuros de materias primas y se lanzaron de lleno con muchísimo dinero. De hecho, los bancos de inversión Lehman Brothers y Barclays calcularon que la especulación en materias primas había aumentado un 1.900% desde el año 2003 hasta marzo de 2008 (Wahl 2008; Irwin and Sanders, 2011; Büyükşahin et al., 2009). El volumen de contratos futuros firmados se disparó a partir de ese año, tanto para alimentos como para hidrocarburos, y de forma paralela el precio de estos productos también aumentó hasta alcanzar unos máximos históricos en el año 2008, demostrando una clara correlación entre el número de contratos de futuros firmados y el incremento en los precios (Ghosh et al 2012). Esta inflación en las materias primas no sólo afectó a todas las economías del planeta, sino que provocó una importante hambruna en muchos países en desarrollo en los que los cereales, el maíz y el arroz forman una parte importante en su canasta de alimentación. Y sólo terminó en el año 2009 cuando el sistema financiero internacional se vino abajo como consecuencia de la gran crisis financiera.

Este fenómeno ha sido analizado por muchos investigadores y hay muchos estudios que demuestran que los precios que pactan los especuladores financieros en el mercado de futuros elevan artificialmente los precios reales en la actualidad (Garbade and Silver 1983; Brorsen, Bailey, and Richardson (1984); Wahl 2009, Ghosh et al 2012; Hernández y Torero 2010; Haase et al 2016). O por decirlo de otra forma: hay evidencia empírica abrumadora de que los especuladores aprovechan la tendencia del mercado para sumarse a la ola y hacer beneficios, aunque eso conlleve inflar todavía más los precios por el camino (o hundirlos, porque también pueden especular a la baja).

Esta especulación financiera sobre las materias primas no sólo está analizada en el mundo académico, sino que también está presente en el ámbito político. Tanto el Banco Mundial (2008) como el Fondo Monetario Internacional (2008) reconocieron que la especulación financiera contribuyó a elevar los precios de las materias primas durante los años anteriores a la gran crisis financiera de 2008 (Wahl 2008). Incluso el conocido multimillonario George Soros dijo aquel año: “Los especuladores crean la burbuja que está por encima de todo. Aumentan los precios con sus expectativas, con sus apuestas sobre el futuro, y sus actividades distorsionan los precios, especialmente en el sector de las materias primas. Y eso es como acaparar alimentos en secreto durante una crisis de hambre para obtener ganancias del aumento de los precios” Wahl (2008); (Soros, 2008).

De hecho, tras el estallido de la crisis muchos gobiernos, entre ellos el de la Unión Europea, limitaron bastante el margen de maniobra de los especuladores financieros en los mercados de futuros para que esta situación no volviese a repetirse, aunque otros países como Reino Unido o Estados Unidos no hicieron tantos cambios, de ahí que hayamos vuelto a vivir una situación parecida.

En definitiva, es la especulación financiera lo que explica que el precio del petróleo, gas natural y algunos alimentos se haya disparado a principios de marzo de 2022. Y también es lo que explica que en sólo unos días esos mismos precios hayan bajado tan rápidamente, porque la escalada era sólo una ilusión creada por los especuladores para hacer beneficios rápida y fácilmente. Una ilusión que inevitablemente se desvanece en algún momento, porque no se apoya en factores reales como la producción o el transporte, sino en las expectativas de unos pocos. Evidentemente, sin especulación financiera, los precios habrían aumentado, porque la situación productiva y comercial es muy delicada, pero la clave pasa por entender que no lo habrían hecho tanto.

El gobierno de Italia ya ha denunciado esta situación; hace unos días su ministro de Transición Ecológica, Roberto Cingolani (2022) hizo las siguientes declaraciones: “Estamos asistiendo a un aumento injustificado del precio del combustible, no hay una razón técnica para estos aumentos. El incremento no tiene correlación con la realidad de los hechos, es una espiral especulativa, en la que pocos ganan; se trata de una estafa colosal a costa de empresas y ciudadanos”.

Las medidas que se pueden tomar para evitar que esto vuelva a pasar son sencillas: se puede regular el mercado de futuros para que sólo intervengan verdaderos agentes que cubren riesgos, y no especuladores, limitando así el número de contratos firmados y evitando burbujas especulativas; o se puede acabar directamente con el mercado de futuros y sustituirlo por empresas que aseguren el riesgo bilateralmente con cada uno de los interesados o incluso por un organismo de la ONU que preste esos servicios de seguridad (Wahl 2008; Hernández y Torero 2010; Ghosh et al 2012).

En fin, es totalmente indecente que haya agentes económicos que se lucren aprovechando situaciones tan dramáticas como las guerras y las sanciones económicas, y especialmente que lo hagan elevando los precios de materias primas tan cruciales como la energía y los alimentos, causando tanto dolor económico y social a lo largo y ancho del mundo. Esperemos que las autoridades pertinentes reaccionen a tiempo y pongan fin, de una vez por todas, a estas prácticas especulativas tan nocivas.

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