Las transferencias de rentas entre regiones no son injustas, sino que deshacen injusticias

Artículo publicado en Andalucesdiario.es el 16 de septiembre de 2013

Siempre hay regiones que gozan de mayor desarrollo económico que otras. Ningún lugar del planeta escapa a este fenómeno: el progreso económico no se distribuye uniformemente por el territorio, sino que siempre se concentra en unas zonas determinadas. Entendiendo por desarrollo el nivel de actividad económica que existe (mayor número de empresas, de puestos de trabajo, de operaciones empresariales, de compras y de ventas, etc), podemos ver esta asimétrica distribución a escala local (en las zonas comerciales o industriales de las localidades hay mayor actividad económica que en las residenciales), a escala provincial (en las grandes capitales hay más desarrollo económico que en los pueblos), a escala nacional  (las regiones industrializadas se ubican en regiones muy determinadas, como Cataluña o el País Vasco en el caso del Estado español), e incluso a nivel internacional (en Alemania hay mayor actividad económica que en España).

Esto no es más ni menos que una característica intrínseca de la economía como actividad que realiza el ser humano en sociedad (lo que no quiere decir que no se pueda evitar o compensar si hay voluntad). Existen actividades económicas que funcionan como motores del desarrollo porque por su propia naturaleza originan encadenamientos que activan otras esferas económicas, produciéndose por lo tanto una propagación del progreso económico (propagación que disminuye en intensidad progresivamente y que tiene un final, al igual que las ondas que se producen en el agua). En principio cualquier actividad empresarial genera encadenamientos de este tipo, pero lo cierto es que algunas lo hacen en una escala superior a otras. Ejemplos de estas actividades de gran propulsión a lo largo de la historia han sido la industria de los metales, del carbón, del ferrocarril, del petróleo, de la petroquímica…  y muchísimas otras más. Para su correcto funcionamiento, estas actividades requieren una cantidad inmensa de otras tareas (compras de materias primas, contratación de trabajadores, distribución del producto, etc) que pasan a ser elaboradas por otros agentes de forma que éstos últimos acaban generando otros negocios que a su vez demandarán nuevos servicios y recursos; y así sucesivamente hasta que el efecto de la “onda en el agua” desaparece.

Ahora bien, a medida que la actividad en cuestión genera mayores concatenaciones, mayor será su exclusividad; y al revés. Por eso hay muy pocas fábricas de automóviles y muchas panaderías, por poner un ejemplo. Al igual que no tiene sentido que muchas localidades sean capitales administrativas de una provincia, tampoco tiene sentido que haya muchas fábricas de automóviles en la misma provincia. Se trata de un negocio de gran dimensión y con cierta dosis de exclusividad, lo que hace que no sea fácil ni apropiado repetir la aventura. En el ejemplo de la fábrica de coches simplemente no habría tantos compradores como para que fuese sostenible albergar muchas fábricas de este tipo. Es por ello que estas actividades económicas que generan tanto dinamismo y tanto valor a la sociedad no puedan estar distribuidas en el territorio de forma uniforme, sino que únicamente pueden estar situadas en determinadas zonas. Y al hacerlo, originan un aumento de la actividad económica a su alrededor.

Precisamente por ello, la región que asuma en primer lugar esta responsabilidad se acabará viendo beneficiada en términos de desarrollo económico, al mismo tiempo que estará impidiendo a otras regiones experimentar el mismo fenómeno. Pero este desigual reparto de los beneficios económicos no tiene por qué estar reñido con la justicia social, siempre y cuando se pongan en marcha determinados mecanismos de transferencias entre las regiones correspondientes. La solidaridad puede reequilibrar la balanza al trasladar rentas desde la región favorecida hacia el resto de regiones no favorecidas. Se trataría de compensar en cierta medida el coste que les supuso a las regiones desfavorecidas no haber sido las receptoras de esos motores económicos de desarrollo.

Estos mecanismos de solidaridad son los que fueron diseñados para comunidades como Cataluña o el País Vasco, que por diversos acontecimientos históricos conformaron la cuna de la revolución industrial española. O como los diseñados para Alemania y otros países del centro de Europa desde la creación del proyecto comunitario, después de haberse atribuido la especialización en determinados sectores industriales (con intensos focos de encadenamientos) mientras se le encomendaba a países como España la especialización en el sector turístico (con focos de propulsión económica más débiles).

Éste es el origen y la lógica de las transferencias fiscales y de rentas que se producen desde regiones más desarrolladas hacia regiones menos desarrolladas. Desgraciadamente hay muchas personas que ignoran este asunto, y ello les hace pensar que estos mecanismos de redistribución son profundamente injustos; cuando lo único cierto es que suponen un ejemplo formidable de solidaridad entre territorios movidos por el deseo de deshacer las injusticias que se produjeron a la hora de acoger o no en el pasado determinadas actividades económicas.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 8.5/10 (6 votes cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: +4 (from 6 votes)
Las transferencias de rentas entre regiones no son injustas, sino que deshacen injusticias, 8.5 out of 10 based on 6 ratings
Be Sociable, Share!
PDF24    Send article as PDF