Liberalización comercial

La visión de teoría económica imperante en la actualidad (conocida como “neoliberalismo”) sostiene la idea de que la liberalización comercial provoca un aumento del crecimiento económico en las economías que se amparan en ella. Es decir, los economistas neoliberales mantienen que cuanto menor sea el número de obstáculos que se le imponga al comercio entre países y regiones, mayor desarrollo económico y mayor bienestar acabarán teniendo esos territorios. Hoy día este mensaje inunda nuestra sociedad a través de los grandes medios de comunicación, a través de los dirigentes políticos (tanto nacionales como –sobre todo- comunitarios), a través de las clases que se imparten en la facultad de económicas, a través de la opinión de los que se consideran expertos en economía, etc). El poderío de los grandes canales de información y de los mecanismos de influencia social ha conseguido que el pensamiento económico imperante parezca ser el único posible y el único verdadero, mientras que ha relegado a la oscuridad otros enfoques económicos que, siendo tanto o más valiosos como el neoliberal, quedan expuestos como visiones marginales y carentes de importancia.

El argumento esencial que les permite encumbrar las ventajas del comercio libre entre países es simple y lógico, características que le convierten en una potente arma para convencer a los interlocutores (siempre que no se realice un análisis más exhaustivo del citado fenómeno): vender productos y ofrecer prestaciones a otros países o regiones de forma fácil y cómoda, tras eliminar la mayoría de restricciones técnicas y legales, permite reducir el precio del artículo o prestación que se vaya a ofrecer. La bajada del precio permitirá por un lado un aumento del bienestar de los consumidores (que podrán comprar productos y servicios más baratos) y por otro lado expandir las dimensiones del mercado y potenciar las actividades económicas de manera que las empresas puedan prosperar.

Un sencillo y esquemático ejemplo podrá arrojar más luz sobre este asunto:

-Manteniéndose trabas al comercio entre países (trabas que históricamente han consistido en la aplicación de un impuesto en frontera –denominado arancel- al agente económico que desea vender su producto en otro país), si se quiere vender un producto al extranjero para obtener un beneficio de 3 euros teniendo en cuenta que el coste total de fabricar el producto es de 5 euros y el coste de pagar el impuesto en frontera de 2; se tendría que vender a un precio de 10 euros. 10 euros obtenidos por la venta, menos los 7 que cuesta colocarlo en el mercado (5 + 2) da un beneficio de 3 euros.

-Con la eliminación de estos impuestos en frontera (y por lo tanto con la liberalización del comercio), se puede vender el mismo producto en el exterior a un precio menor obteniéndose el mismo beneficio, puesto que no hay que sumar al coste del producto la cuantía del impuesto. Vendiéndose el producto a 8 euros, se seguiría obteniendo un beneficio de 3 euros (8 euros obtenidos por la venta menos los 5 que cuesta producirlo).

Por lo tanto, con la simple y fácil medida de eliminar los impuestos de frontera, el precio quedaría rebajado, los consumidores satisfechos, y los vendedores encantados.

Sin embargo, esta simple observación del prodigio no está en absoluto completa, y se le escapan muchas anotaciones. Particularmente aquí se expondrán dos de ellas.

1) Los vendedores que salen satisfechos pertenecen a un país, y los consumidores a otro. Sumar ambas mejoras en la misma base parece no resultar muy coherente. En esta explicación nada se nos ha dicho de los consumidores (del mismo producto o servicio) pertenecientes al país vendedor, ni tampoco de los vendedores (del mismo producto o servicio) del país comprador. De hecho, una de las desventajas más enérgicas de la liberalización comercial es que se empeora drásticamente la posición de los vendedores del país comprador. Esto también es fácil de comprender: si al país comprador (llamémosle C) ha llegado un producto proveniente del país vendedor (V) a 8 euros, y por lo tanto muy barato, los consumidores de C preferirán por regla general comprar esos productos antes que comprar el mismo producto a los vendedores de C si su precio es mayor. Los vendedores de C, que antes vendían sus productos con toda tranquilidad (gracias a los impuestos en frontera), ahora descubrirán que sus consumidores habituales prefieren los productos de V porque son más baratos. La consecuencia natural de este asunto es que los vendedores de C se verán gravemente perjudicados. Esta consecuencia puede llegar al extremo produciendo la ruina de esos vendedores y, por tanto, la ruina de una empresa (o varias) del país C. A su vez, esta quiebra de empresas del país C repercute negativamente en ese mismo país (de hecho, personas perderán su puesto de trabajo, con las consecuencias negativas que ello conlleva. Se puede dar el caso paradójico de que algunas de estas personas que pierden su empleo compraran productos del país V porque eran más baratos).

Aparece entonces una problemática que no es en absoluto desconocida por los dirigentes políticos y económicos, sino que simplemente es suavizada y marginada. Precisamente la existencia de los impuestos en frontera o aranceles surgió hace ya muchos años como medida de protección frente a esta amenaza del exterior. Todos los países del mundo se han servido de ellos, e incluso en la actualidad potencias económicas que divulgan de forma hipócrita la liberalización comercial (como los Estados Unidos o la Unión Europea) mantienen aranceles en determinados sectores en los que no son capaces de mantener un precio inferior al que pueden disponer otros países extranjeros si se instalaran sin ninguna limitación en sus mercados.

2) Los beneficios obtenidos por las empresas del país V no tienen por qué trasladarse al resto de la comunidad. En principio, los beneficios obtenidos por las ventas en el país C son recibidos por la empresa vendedora del país V. De estas ganancias se beneficiarán los dueños de esa empresa, y en segunda instancia también sus trabajadores y personas asociadas a esa actividad económica. Esas ganancias también tendrán un efecto extensivo a otras personas, aunque de intensidad decreciente a medida que se alejen del núcleo adquirente de los beneficios (la empresa). El requisito imprescindible para que las ganancias acaben distribuyéndose por el resto de la sociedad es que parte de ellas sean recaudadas por el aparato público para que financien posteriormente el gasto público. Cuanto mayor sea la recaudación y su subsiguiente gasto, mayor será la distribución de las ganancias percibidas por la empresa del país V.Se da el caso en muchos países (especialmente en los subdesarrollados, por no disponer de un potente aparato de recaudación fiscal) que muchas de sus empresas obtienen cuantiosos beneficios de sus actividades económicas y sin embargo estas ganancias apenas repercuten en el resto del país.

Por todo ello, la realidad aplastante es otra que la que nos suelen contar. La liberalización comercial tiene ganadores, pero también perdedores. ¡Y qué casualidad que aquellos que impulsan el libre comercio alegando que todos los países ganarán con ello son precisamente los ganadores!

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