Los déficits públicos y las deudas públicas no son el problema

Vergüenza e indignación es lo que siento cuando observo la obsesión de la Comisión Europea por que todos los países tengan que reducir el déficit público: vergüenza porque sus premisas y proclamas son falsas y equivocadas y las venden como verdades absolutas (y los grandes medios de comunicación se hacen eco de ellas sin verter un ápice de crítica); indignación porque detrás de estas exigencias de política económica se esconde el particular interés de reducir el tamaño del sector público todo lo posible a favor tamaño del sector privado, independientemente del coste social y ecológico que ello pueda conllevar.

Vamos a decirlo claro: no existe ningún motivo académico-científico-técnico serio que lleve a pensar que los Estados tengan que disminuir su déficit público  por debajo del 3% del PIB (¡y mucho menos presentar superávit, como últimamente se atreve a exigir la Unión Europea!). Recordemos que el tope del 3% sobre el PIB de déficit público fue inventado en menos de una hora y sin ninguna reflexión científica, sólo con el objetivo de disponer de una regla sencilla –y que pareciese seria– que obligase a los Estados a disminuir su gasto. ¿Qué demonios hacemos recortando en pensiones, sanidad, educación, dependencia, salarios, desempleo, etc, para cumplir con esa maldita regla acientífica e improvisada por cuatro personas? Estamos organizando nuestras sociedades de una forma absolutamente absurda, estamos viajando con una brújula trucada, y a pesar de ello parece que muy pocos se dan cuenta. Nos han engañado como a chinos y aquí nadie dice nada.

Necesitamos desprendernos de las mentiras y mitos que han contaminado nuestra mente cuando pensamos en cuestiones como el déficit público o la deuda pública. Repitámoslo hasta la saciedad: las finanzas del Estado no tienen nada que ver con las finanzas de una empresa o de una familia. El déficit de un Estado no significa que éste esté “viviendo por encima de sus posibilidades”, así como la deuda pública no es dinero que el Estado tenga que ingresar de algún modo para devolvérselo a quienes le prestaron el dinero. ¡Cuánto daño ha hecho la famosa falacia de la falsa analogía entre un Estado y una familia! Derrumbemos estas falsas creencias y sustituyámoslas por razonamientos técnicos que expliquen mejor la realidad.

El déficit de un Estado no es más que la diferencia entre el dinero que éste inyecta en la economía a través del gasto público y el dinero que éste retira de la economía a través de los ingresos públicos (como los impuestos). El déficit público no es otra cosa. Miren a su alrededor: todo el dinero oficial que existe ha nacido del gasto público. Las monedas, billetes y anotaciones electrónicas creadas por los bancos centrales se ponen en circulación cuando el Estado inyecta más dinero del que retira[1].

La anécdota que cuenta siempre Warren Mosler es muy clarificadora. Estaba él de visita por Pompeya cuando el guía turístico, señalando unas monedas del imperio romano, explicó que era dinero que el imperio tenía que recaudar de los ciudadanos romanos para poder gastarlo en construcción de acueductos, en guerras, y en otros gastos públicos. Entonces el economista estadounidense preguntó: “y de dónde salían esas monedas?” El guía respondió: “las creaba la autoridad del imperio romano que tenía esa competencia”. Mosler volvió a hablar: “entonces, si el imperio romano creaba las monedas, ¿por qué has dicho que para llevar a cabo políticas tenía que recaudarlas de los ciudadanos romanos? En todo caso primero tendría que crear las monedas, luego ponerlas a disposición de la gente a través de alguna política de gasto, y finalmente recaudarlas. Pero no puedes recaudar algo que no existe porque no lo has creado todavía”. El guía turístico se quedó pensativo, y finalmente respondió “Eh… sigamos con la visita”.

Esta simpática anécdota sirve para ilustrar algo de lo que jamás se habla, a pesar de lo evidente que es: el dinero oficial lo crea el sector público gracias a los bancos centrales (que no son independientes ni pueden serlo). Y en las sociedades modernas ese dinero se crea a través del déficit público. Cuando hay déficit público, se anota más dinero en las cuentas bancarias de las familias y empresas del que se borra de esas mismas cuentas. El déficit público es creación de dinero. Esto es incontestable.

La deuda pública, por lo tanto, no sería más que la anotación de todos los déficits públicos acumulados. Es decir, la deuda pública no es más que un registro contable que nos está diciendo cuánto dinero ha inyectado en la economía el Estado a través del déficit público. Utilizar el término “deuda pública” da lugar a confusión; podría llamarse “stock de dinero creado”, por ejemplo, y reflejaría mejor la realidad. Un Estado soberano podría aumentar su deuda pública sin necesidad de emitir bonos públicos o pedir préstamos a nadie, porque tiene el poder de crear el dinero[2]. Algunos llaman a esto “monetizar deuda”. Pero lo que ocurre normalmente es que los Estados, tanto soberanos como no soberanos, emiten bonos públicos. Pero en el caso de los primeros no lo hacen porque necesiten el dinero de los acreedores para poder tener déficit público, sino porque es un mecanismo que ajusta las reservas bancarias de los bancos al objetivo de tipo de interés establecido por el banco central[3].

Dicho lo cual, ni el déficit público ni la deuda pública son problemáticos per se. Al fin y al cabo son herramientas de política económica (¡nada más y nada menos que herramientas para crear dinero!). Y las herramientas pueden usarse para hacer cosas positivas o negativas, igual que un cuchillo se puede utilizar para cocinar o para matar. El recurso del Estado al déficit y a la deuda debe utilizarse cuando sea necesario, y ese momento es cuando en la economía haya menos dinero en movimiento del que sería deseable, algo que suele ocurrir en situaciones de crisis, recesión y estancamiento (¡como en la actualidad!): las empresas no se animan a invertir ni las familias a consumir tanto como sería óptimo para la actividad económica. Por lo tanto, esa ausencia de impulso económico debe darla el Estado a través del déficit público.

En macroeconomía hay una identidad contable que se cumple siempre: Gastos = Ingresos = Producción (o PIB en el caso de un país). Es decir, la cantidad que se gasta en una economía es exactamente la misma que se ingresa, y la misma que se produce. Puesto que el sector privado hoy día gasta menos de lo que permite la estructura productiva que tenemos, los ingresos y la producción son también inferiores a lo que podríamos permitirnos en la actualidad. De ahí que si queremos llegar al nivel óptimo tengamos que sumar al gasto privado el gasto público a través de déficits públicos.

¡Por eso desde la irrupción de la crisis internacional en 2007 los déficit y deudas públicas de los países han aumentado tanto! Porque es un estímulo que necesita la economía y que no le está dando el sector privado. De ahí que debamos tener claro que no importa cuán alto sea el déficit público o alta la deuda pública de un país, ya que no suponen más que simples anotaciones contables que conllevan creación de un dinero que no moviliza el sector privado. Precisamente la obsesión de la Unión Europea por reducir los déficits y las deudas públicas no hace sino reducir la cantidad de dinero que se crea en una economía, y por lo tanto, lo único que consiguen es contraer la actividad económica. Y luego se extrañan de que la crisis esté durando tanto tiempo. Vergüenza e indignación.

 

 

 


[1] Los bancos centrales también ponen ese dinero oficial a disposición de los bancos privados para que lo utilicen en sus transacciones, pero siempre como un préstamo, como una concesión para que hagan negocio. Pero el negocio –los intereses que pagan los prestatarios– provienen en su origen de dinero que nació con un déficit público. Para más detalle leer aquí.

[2] Siempre que tenga un banco central que le apoye, algo que desgraciadamente no ocurre en la Zona Euro. Pero por una decisión política, no técnica.

[3] Para más detalle leer aquí.

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