Mis conclusiones sobre la reunión con el jefe de la misión del FMI en España

Ayer asistí a una reunión organizada por el jefe de la misión del Fondo Monetario Internacional en España, James Daniel, en la que se pretendía dar a conocer las recomendaciones económicas de la institución a varios investigadores de diferentes universidades de Madrid así como conocer su opinión al respecto. Es la primera vez que lo hacían y al parecer su objetivo es ofrecer una imagen más transparente y abierta del FMI, como respuesta seguramente a las duras –y justas– críticas que recibe por ser una institución profundamente antidemocrática. Debido al carácter privado de la reunión no nos dejaron grabar las intervenciones (es lo primero que dejaron claro). Sin embargo, procedo a exponer mis conclusiones sobre las reacciones del único representante del FMI (precisamente el jefe de la misión) que asistió a la reunión frente a las críticas que se le hicieron.

En primer lugar, sorprende profundamente la visión que intentó ofrecer en todo momento el anfitrión, al presentar al FMI como una institución que simplemente arroja recomendaciones de política económica como “si de un simple médico neutral se tratase” (literal). El FMI es, según su punto de vista, una organización de economistas expertos que sólo pretenden ayudar a las economías enfermas ofreciéndoles todo su saber en materia económica. Quedan excluido de este análisis, por tanto, los diferentes intereses económicos y políticos que existen en todas las sociedades (la lucha de clases) y se presenta la economía como una materia aséptica y libre de ideologías donde sólo cabe diagnosticar problemas y ofrecer tratamientos.

En segundo lugar, el jefe de la misión insistió varias veces en que las recomendaciones del FMI son eso: simples recomendaciones que no obligan a ningún gobierno a adoptarlas. Ellos se limitarían, por lo tanto, a ofrecer consejos y formas de actuar, pero que en ningún modo las imponen o presionan para que se lleven a cabo. Esto recuerda a aquellos directivos de las agencias de calificación que sólo se limitaban según ellos a dar su opinión sobre los ratings de los activos financieros, cuando en la práctica esas “opiniones” determinaban el rumbo de las decisiones en los mercados financieros. Queda excluido del análisis por lo tanto el enorme poder, influencia y capacidad de chantaje que tiene una organización como el FMI, que ahora parece que presta dinero a los países porque son buenos samaritanos y no porque busquen algo a cambio.

En tercer lugar, son conscientes de que sus recomendaciones son dolorosas, pero insisten en que son necesarias para salir de la crisis. De nuevo el jefe de la misión usó la comparación con el médico: un médico presenta el tratamiento más adecuado para el paciente independientemente de lo duro que pueda ser, recalcando que el enfermo no se queja (a diferencia de los que nos oponemos a la austeridad).

En cuarto lugar, y como complemento a todo lo anterior, si el FMI tiene muy mala imagen es por culpa fundamentalmente de los medios de comunicación, que distorsionan su mensaje. Puesto que ellos sólo buscan el bien de toda la población, es incomprensible que su imagen sea negativa, por lo cual la responsabilidad de que la gente piense mal del FMI corresponde únicamente a los medios de comunicación.

En quinto lugar, sus recomendaciones son todas desde el lado de la oferta productiva (consistentes básicamente en darles facilidades a las empresas para que produzcan) y nunca desde el lado de la demanda (consistentes básicamente en darle facilidades a los hogares, empresas y Estado para que consuman). Son incapaces de ver que incluso en el extremo caso hipotético en el que las empresas no paguen salarios ni impuestos, si no tienen compradores no podrán tener beneficios y tendrán que cerrar. Desde su punto de vista las políticas de demanda no son posibles porque el déficit público es muy grande y porque los mecanismos convencionales de la política monetaria son inservibles, sin entrar a considerar que hay otras formas de recaudar dinero que pasan por gravar las rentas de los más acaudalados y sin contemplar la posibilidad de realizar una política monetaria heterodoxa (no convencional).

En sexto y último lugar, cuando ellos recomiendan subir los tipos del IVA no están impidiendo que luego el Estado correspondiente use esa recaudación para solucionar los problemas de las capas más indefensas de la población. Ellos no se sienten responsables de que luego los Estados no acometan políticas para proteger a los más desfavorecidos. Y todo ello lo dijo el jefe de la misión sin ruborizarse, y sin explicar por qué justo después de ese tipo de recomendaciones no añadían ese matiz y sugerencias de cómo utilizar esos recursos para mejorar el bienestar de los menos acaudalados.

En definitiva, el representante del FMI tenía como objetivo ofrecer una imagen muy amigable y amistosa de su institución, pero la fuerte convicción con la que hablaba me hizo preguntarme si de verdad él y sus correspondientes compañeros se creen su propio relato. Cabe la posibilidad de que, al menos él, en su rol de trabajador joven y al fin y al cabo una pieza más entre todas las que conforman el engranaje del FMI, sí se crea que la institución a la que pertenece intervenga en los países con buena voluntad, y que piense que sus recomendaciones de política no son sólo las únicas sino las más adecuadas para mejorar la salud de las economías. La otra posibilidad es que fuese un estupendo actor que representara perfectamente su rol de policía bueno a pesar de ser muy consciente de que los intereses del Fondo Monetario Internacional benefician sólo a una capa minoritaria de la población en detrimento del bienestar material del resto.

Aunque nunca podré saber cuál de las dos opciones se ajusta más a la realidad, me temo que la primera cobra más fuerza al menos en relación al jefe de la misión del FMI en España (un simple trabajador en la institución). Hago hincapié en que ello sería una mala noticia porque significaría que instituciones como las del Fondo Monetario Internacional están repletas de personas ignorantes y miopes que se creen que hacen el bien cuando realmente están sirviendo perfectamente a los intereses de una élite económica y política.

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