No hay libertad sin autosuficiencia económica

Se nos suele decir que en una sociedad como la nuestra, armonizada por un Estado de Derecho y donde rigen los principios del libre mercado, la libertad de los ciudadanos está asegurada. Cualquier persona es libre de hacer lo que desee y de expresarse libremente.

Sin embargo, esta condición de libertad no tiene por qué necesariamente ser garantía de que cada individuo pueda realizar la acción que desee. Una persona puede ser libre de realizar una acción determinada (en el sentido en que su decisión no viene restringida por limitaciones legales) y encontrarse con que no dispone de los medios necesarios para llevarla a cabo. Por poner un ejemplo sencillo pero clarificador, imaginemos que Hermenegildo quiere visitar a su abuela que vive en el pueblo de al lado. Ninguna persona y ninguna ley impiden a Hermenegildo desplazarse hasta el pueblo de su abuela, por lo que podríamos decir que Hermenegildo es libre de visitar a su abuela. Sin embargo, Hermenegildo no dispone de vehículo propio que le permita viajar, ni de suficiente dinero para ir en autobús o en cualquier otro medio de transporte; por lo que, desgraciadamente, la abuela de Hermenegildo se quedará sin visita. Podríamos concluir que en este caso la situación de libertad es irrelevante para nuestro personaje, pues no ha podido realizar la acción buscada. Por otro lado, aun cuando se nos facilite todo lo necesario para lograr un objetivo, puede ocurrir que ello no nos sea de ninguna utilidad debido a la aparición de una necesidad más poderosa que nos obligue a centrarnos en ella sin importarnos ninguna otra cosa. Siguiendo el mismo ejemplo supongamos que la mejor amiga de Hermenegildo, Aldagracia, le facilita la cantidad de dinero suficiente para comprar un billete de autobús que vaya hacia el pueblo de su abuela. Pero en el momento en el que Hermenegildo va a comprar el billete, se da cuenta de que no ha comido en todo el día y de que si se gasta el dinero que tiene en transporte, no podrá alimentarse ese día. Después de pensarlo durante un rato, decide no coger el autobús y emplear el poco dinero que tiene en comprarse un poco de comida y de bebida. La pobre abuela volverá a quedarse sin visita, pues a Hermenegildo le ha surgido una necesidad mucho más apremiante que la de visitarla.

Por lo tanto, una persona no será realmente libre hasta que: 1) pueda satisfacer sus necesidades primarias (mucho más acuciantes que el resto) y 2) tenga en su mano los recursos y medios necesarios para llevar a cabo la acción que se proponga.

En el momento en el que cualquiera de esos dos factores no se cumpla, al individuo en cuestión no le importará absolutamente nada que no haya ninguna ley que le impida hacer lo que quiera o ninguna persona que se anteponga entre él y su meta, ya que al fin y al cabo no podrá lograr su objetivo. La libertad pierde todo el sentido cuando no facilita ninguna ventaja a su poseedor.

¿Qué ocurre con la mayoría de ciudadanos que habitan nuestra sociedad occidental? ¿Son libres según estas apreciaciones? ¿La libertad de la que gozan les provee bienestar?
Para responder a estas preguntas hay que analizar la situación detenidamente. Veamos primero qué sucede con la primera de las condiciones que se debe cumplir para gozar de una libertad verdadera que nos sea útil.

Centrándonos en la necesidad primaria por excelencia, la nutrición, habría que decir que para poder alimentarse y nutrirse una persona puede o procurarse la comida por su cuenta (a través de la pesca, el cultivo, la caza…) o puede obtener alimentos a cambio de dinero (mucho más habitual en nuestros tiempos). Para obtener ese dinero una persona puede –en general- sacar adelante un negocio o puede ofrecerse para ayudar con su esfuerzo al que emprende un negocio con la intención de ser recompensado monetariamente.
Es importante resaltar esta última opción porque atendiendo a una visión general de la historia, podría considerarse que esta alternativa ha cobrado mucha importancia en los últimos trescientos años aproximadamente.

Antiguamente los oficios y los modos de ganarse la vida eran asignados prácticamente desde el nacimiento. El hijo del campesino se hacía campesino, el hijo del herrero se hacía herrero, el hijo del noble que vivía a costa del trabajo ajeno acababa siendo noble y viviendo a costa del trabajo ajeno, etc… el cambio de una ocupación a otra no resultaba fácil en un mundo donde el modo de ganarse la vida se transfería de padres a hijos. Dicho de otra forma, la búsqueda de empleo no era una gran preocupación para la mayoría de la población.

Con el paulatino desvanecimiento del sistema feudal en Europa y su sustitución por un sistema capitalista basado en un mercado de trabajo, ese fuerte vínculo con el oficio empezó a desaparecer. Se crearon las condiciones para que cualquier persona pudiese ofrecerse para realizar determinados trabajos en los que se requería mano de obra, sin importar demasiado su procedencia o sus características personales. De este modo ingentes cantidades de personas que iban perdiendo la posibilidad de ganarse la vida en el campo (debido fundamentalmente a las consecuencias más nocivas del surgimiento de la Revolución Industrial) abandonaron sus tradicionales zonas de trabajo rural para trasladarse a los núcleos urbanos y desempeñar allí una ocupación diferente, fundamentalmente ligado al incipiente sector industrial. Familias que durante largas generaciones habían vivido mediante el trabajo en el campo y en el mismo lugar de siempre, se veían abocados a cambiar de residencia y a desempeñar labores que le eran totalmente desconocidas. Este cambio de vida tuvo como consecuencia –entre otras cosas- que esas personas pasaran de ser autosuficientes en el modo de ganarse en la vida a depender a vida o muerte del oficio que desempeñaran.

La vida en el campo ofrecía la posibilidad de acceder de forma directa al alimento. Los trabajadores del campo tenían bajo su propiedad tierras que generaban –tras ejercer sobre ellas un determinado trabajo- riquezas que les permitían desarrollar su vida. Tras el cambio de residencia y modo de vida, esa mismas personas ya no disponían de ninguna propiedad que por sí misma generara riquezas, por lo que se veían obligados a vender su fuerza de trabajo, es decir, a emplear sus fuerzas y energías en realizar (en un espacio ajeno) un determinado trabajo que era recompensado con un pago dinerario, con el cual luego poder adquirir alimento y otros productos y servicios necesarios para sobrevivir.

Esta nueva obtención de recursos se presentaba enormemente más inestable e incontrolable que la que gozaban en el mundo rural. Ahora dependían de factores sobre los que no tenían apenas ningún control, pues ya no eran propietarios de ningún medio de producción –como las tierras cultivables-. En el momento en el que perdieran ese oficio urbano del que dependían, no podrían sobrevivir por sí mismo; así que por nada del mundo iban a permitir que ese puesto de trabajo les fuese arrebatado.

Todas estas personas son las que pasaron a denominarse “proletarios” u “obreros”. En esencia, un proletario u obrero es una persona que carece de un medio de producción propio –tierras, negocios, empresas…- y por lo tanto el único recursos del que dispone para ganarse la vida es su fuerza de trabajo –energía, esfuerzo, conocimientos, aptitudes…- que ofrecerá en un mercado de trabajo y por la cual será recompensado con un salario que empleará en el desarrollo de su vida.

Estas características que definen a un proletario de dejan claramente en desventaja frente a una persona que posea un medio de producción. Obviamente, el primero necesita un empleo para poder vivir, mientras que el segundo no, pues dispone de un medio para sacar adelante su vida (obviamente puede ocurrir que se enfrente a otros problemas de difícil solución que le dificulte la situación, pero de lo que no cabe duda es que ya dispone de algo que el proletario no tiene). La vida del proletario, por tanto, depende poderosamente de encontrar y mantener un empleo. Esto significa que todo su comportamiento girará en torno a ese objetivo del que depende su vida. Esa persona, antes que cualquier otra cosa, buscará la obtención y mantenimiento de un puesto de trabajo; y sólo después de lograrlo, se dedicará a otros menesteres. Ese primer y principal objetivo será el que marque el rumbo de su vida, al igual que el nutrirse marca el rumbo de la vida de cualquier otra persona. En este caso, la obtención del trabajo está estrechamente ligada con la posibilidad de nutrirse, por lo que ambas acciones se sitúan al mismo nivel.

Es fácil pensar que una persona que depende de otra para alimentarse y nutrirse, no es del todo libre. Imaginemos que Sandalio (el alimentador) pone como condición para la entrega de alimentos a Filadelfo (el alimentado) ponerse una falda rosa, parece comprensible pensar que si Filadelfo no quiere morirse de hambre tendrá que obedecer a Sandalio. En la misma línea, también es intuitiva la idea de que Filadelfo intentará, en la medida de lo posible, no disgustar a Sandalio para no poner en juego su alimentación. Las acciones y expresiones de Filadelfo están limitadas por el hecho de que depende de Sandalio para sobrevivir, por lo que Filadelfo efectivamente no es libre en su comportamiento.

Algo parecido ocurre en la relación entre el proletariado y el empleador. Al proletario no le conviene enfrentarse con una persona que tiene en su mano entregarle o no el salario que necesita para vivir. Por eso mismo todas las personas que carecen de medios de producción están en una situación de inferioridad frente a los que sí los tienen. Esta dependencia se mantiene por lo general a lo largo de todo el tiempo. Es decir, un proletario desempleado es una persona que se encuentra en una situación de riesgo; por lo que intentará por todos los medios obtener un empleo y mejorar su estado. Esta persona empleará casi todo su tiempo y orientará casi todos sus esfuerzos en la consecución de ese objetivo, por lo que no le quedará mucho tiempo ni muchas fuerzas para dedicarse a otras cosas, como por ejemplo a solucionar su problema de raíz: consiguiendo la propiedad (o parte de ella) de un medio de producción.
La dependencia se mantiene de forma general incluso cuando esa persona obtiene un puesto de trabajo, especialmente en los casos en los que el puesto sea temporal o muy inestable. El trabajador tendrá ahora miedo de perder esa posición que ha conseguido, que sin ser la ideal, le permite desarrollar su vida. Evitará reprocharles algo a sus superiores por miedo a perder lo que ya ha conseguido, por lo que acabará conformándose con las migajas que le han dado. Apoyará desde las sombras a aquellos que intentarán mejorar su situación (como los movimientos sindicales), pero difícilmente se atreverá a dar la cara para no dar mala imagen a sus jefes. Y sin embargo desde fuera será analizado como una persona que está contenta con su trabajo por el hecho de no afiliarse a un grupo sindical. Toda este asunto es muy importante a la hora de preguntarse por qué los sindicatos tienen una cuota tan baja de afiliados.

En lo referente a la segunda de las condiciones que se debe cumplir para gozar de una libertad verdadera que nos sea útil, se nos presenta –entre otros factores- todo el asunto de la proporción de la renta obtenida en el ejercicio del trabajo. Si un proletario, ya trabajando, percibe un salario inferior al necesario para desarrollar una vida digna, sin duda la condición de ser libre para vivir como le plazca le parecerá algo muy insuficiente.

La mayoría de la población pertenece a este grupo de personas que no dispone de un medio de producción propio. Mientras esta desigual distribución de los medios de producción permanezca, seguirán existiendo personas cuyo modo de vida dependerá poderosamente de vender su fuerza de trabajo a toda costa, con los perjuicios que ello conlleva en relación a su libertad individual de acción y comportamiento.

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