Nos va la vida en ello, estamos a tiempo

Artículo escrito conjuntamente con Samuel Romero y publicado en el diario.es

 

La supuesta búsqueda del progreso económico ha estado constantemente en conflicto con la justicia social, la garantía de condiciones de vida dignas y la protección de nuestro planeta. Bajo el mantra de la búsqueda de una aparente estabilidad económica, se han implementado políticas de austeridad que recortan derechos sociales y reducen las posibilidades de una vida digna a muchas familias, y todo ello mientras se ha permitido la deglución de los recursos naturales de nuestro planeta hasta unos límites que ha derivado, hace ya unas décadas, en un escenario absoluto de crisis ecológica.

El análisis del escenario actual dirige el foco causal de las emergencias que vivimos a haber aceptado las relaciones de poder como inamovibles. En asumir que el sistema actual es perpetuo y que el único margen de maniobra que permite se centra en la cesión de determinados derechos pero sin alterar una pizca las relaciones mencionadas. Es decir: mientras el rendimiento de tu trabajo y el rendimiento del planeta siga en las mismas manos.

Por otro lado, y alentado por las alianzas que se conforman en torno a esos círculos de poder —económico, mediático, jurídico y político—, se lanzan cuantas premisas sean necesarias para señalar como inviables las propuestas que pretenden eliminar esas relaciones de desigualdad y construir un modelo que siente las bases de la justicia social y la sostenibilidad ecológica. Pero no olvidemos las tremendas contradicciones que presenta: mientras plantean como irremediable el rescate bancario y justifican el aumento de deuda pública a tales efectos sin repercusión directa ninguna sobre la mejora de nuestras vidas o la protección de nuestro planeta, tachan de inasumible las inversiones necesarias para abordar las reformas sociolaborales que necesitamos, las políticas de cuidados que protejan nuestra vida y las políticas ecológicas que protejan nuestro planeta. Entendiendo que nuestros conflictos sociales, económicos y ecológicos derivan de las relaciones de poder y de la esencia de un sistema económico en búsqueda de constante crecimiento, podremos abordar las soluciones que den la vuelta a este escenario. Y sí, claro que hay dinero para abordarlo. Y sí, claro que podemos hacerlo. Nos va la vida en ello.

Ahora bien, compartiendo los movimientos ecologistas y sociales la causa de las crisis derivadas de la propia crisis del capitalismo, se siguen tomando como enfrentadas las posturas que abogan por un decrecimiento en el consumo de recursos naturales y energía y aquellas que pretenden el pleno empleo, vivienda digna y servicios básicos para todos y todas. Y es que esos círculos de poder que antes mencionábamos se encargan de enfrentar posturas para debilitarlas, por ejemplo, enfrentando a quienes defienden una movilidad sostenible y ciudades amables con los y las trabajadoras de fábricas de automóviles. Pero si nos deshacemos de la nebulosa que extienden quienes hablan de esta imposibilidad para eclipsar cualquier análisis económico y social que escape de su adoctrinamiento económico, veremos cómo no sólo es posible si no que es, a todas luces, imprescindible.

El motor de este perverso sistema económico exige de un crecimiento infinito y de una productividad creciente sustentada, principalmente, en 3 pilares: el consumo de recursos finitos y energía, la explotación de la productividad del trabajo de las personas asalariadas y la especulación en mercados que ya monetizan y comercializan con todo. Hasta el derecho de emitir CO2 a la atmósfera. Atendemos a sociedades en los que la economía se ha desprendido de nuestra condición nata individual y colectiva de depender enteramente de nuestro planeta y de las personas que lo habitamos.

Todos los planteamientos de transición y transformación del escenario actual se suelen intentar rebatir con argumentos que pretenden atribuir una supuesta falta de viabilidad económica; como si los dogmas económicos actuales no pudieran cambiarse y como si esos mismos argumentos no hubieran sido superados en otras ocasiones. ¿Recuerdan cuáles eran los principales argumentos cuando se reivindicaba una jornada laboral de 40 horas semanales, el derecho a vacaciones remuneradas, el reconocimiento de la prestación por desempleo o enfermedad y otras muchas reivindicaciones sociales? Efectivamente, eran tachadas de inviables. La economía no debería entenderse alejada del marco social. Sus indicadores, sistemas de medición y cualquier herramienta empleada en esta ciencia social son creaciones del ser humano. Parece evidente afirmar, a la vez, que cada vez están más desconectadas del escenario real de la sociedad y de los límites físicos del planeta.

Las soluciones que entendemos que deben plantearse no pueden elegir entre abordar la crisis ecológica o la social; entre frenar el crecimiento en el consumo energético o garantizar condiciones de trabajo dignas. Las soluciones deben ser conjuntas y deben pasar por un paso previo que ignore las alertas de quienes vaticinan el caos en torno a tasas de desempleo masivas, la huida de empresas buscando otros espacios de consumo o la imposibilidad de abordar medidas por su coste económico. Partiendo de esas premisas deberemos abordar la conformación de un sistema económico, ecológico y social en el que dejen de existir las relaciones de poder actuales, en el que las necesidades laborales se repartan reduciendo la jornada laboral, atendiendo las enormes carencias en las políticas de cuidados y planteemos la reconstrucción industrial que necesitamos bajo indicadores sociales y ecológicos que no permitan repetir escenarios como el actual.

Hemos vivido impávidos cómo rescataban a la banca con ya más de 65.725 millones de euros, cómo la UE ponía en circulación más de 1,8 billones de euros en los fondos de reconstrucción para salvar un modelo económico moribundo, cómo el Banco Central Europeo ha creado ya casi 3 billones de euros de la nada para dinamizar los mercados financieros comprando bonos públicos y privados, cómo el déficit público de muchos países se disparaba sin que esto supusiera el ascenso de su prima de riesgo, de su inflación o de la devaluación de su moneda.

¿Os  imagináis que todo ese dinero fuera destinado a acometer las transformaciones que necesitamos para garantizar vidas que merezcan la pena ser vividas y para asegurar un planeta sano a nuestros descendientes? ¿Para crear empleos dignos para todas aquellas personas que quieren y pueden trabajar —especialmente orientados a satisfacer las necesidades sociales y ecológicas hoy día no cubiertas? ¿Para llevar a cabo una transformación de los modelos productivos y de las dinámicas económicas actuales con el objetivo de hacerlas sostenibles y respetuosas con el medio ambiente? Porque todo ello es perfectamente posible. Obtener financiación para lograr tales objetivos es la parte fácil, porque el dinero es un invento del ser humano para facilitar sus actividades, lo que ocurre es que hoy día se utiliza solo para lo que interesa a la élite dominante: para mantener un sistema bancario zombie, para inundar los mercados financieros y garantizar las ganancias de unos pocos, y para alimentar el negocio privado de determinados sectores económicos. Lo difícil es despertar de esta ensoñación en la que los poderosos nos mantienen atrapados para que no alteremos el rumbo del sistema y para que no antepongamos el bienestar colectivo y la salud del planeta a sus negocios.

¿Merece por tanto la pena cuestionar los mensajes alarmistas y carentes de todo rigor que pretenden dar como imposibles soluciones a nuestro alcance? No olvidemos las conquistas realizadas con la reivindicación colectiva. No podemos ignorar que los indicadores económicos son meramente una creación humana para medir ciertas variables y que está en nuestra mano sentar las bases de otro sistema distinto.

Estamos a tiempo, y merece la pena.

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