PELEA ENTRE ECONOMISTAS: ¿por qué piensan tan diferente?

Todos hemos escuchado alguna vez a un economista decir una cosa, y a otro economista distinto justo la contraria. Los dos son serios y tiene prestigio, pero cada uno cree tener la razón y cree que el otro está equivocado. ¿Cómo es posible esto? No es lo que nos esperamos en otras materias como la física o la química, en las que los expertos suelen compartir una misma visión sobre la realidad; al fin y al cabo han estudiado lo mismo, por lo que deberían saber lo mismo. En este vídeo analizaremos por qué esto no pasa en el mundo de la economía.

Lo primero que tenemos que hacer es entender que la ciencia económica es una ciencia social porque estudia el comportamiento de los seres humanos en sociedad, en este caso en particular, su comportamiento económico (Castro et al. 2005, 29; Tezanos 2006). Otras ciencias sociales son la historia, la sociología, el derecho, etc. Por su parte, las ciencias naturales son aquellas que estudian los acontecimientos de la naturaleza, todo aquello que existe al margen de las sociedades humanas, como por ejemplo la física, la química, la geología, la biología… Tendríamos también un tercer tipo de ciencia, que serían las ciencias formales, como las matemáticas o la lógica, que son modos conceptuales de entender lo real, pero éstas suelen ser utilizadas como herramientas por los otros dos tipos de ciencias, por lo que tiene sentido hablar sólo de dos tipos de ciencias, las fundamentales.

Existen muchas diferencias entre las ciencias naturales y las ciencias sociales. Vamos a ver las más relevantes.

En primer lugar, los científicos de materias de la naturaleza estudian la realidad de una manera distanciada. Cuando un astrónomo, por ejemplo, estudia los astros, sabe perfectamente que él mismo está situado en un plano distinto de la realidad que estudia (Castro et al. 2005; Tezanos 2006; Ramos 2015). La Luna, por ejemplo, se rige por unas leyes del universo que el científico no puede modificar. Haga lo que haga el científico, la Luna no va a cambiar su trayectoria. En cambio, en las ciencias sociales los científicos forman parte de la realidad que está siendo estudiada. Por ejemplo, un economista que estudia el comportamiento de la bolsa es también un posible propietario de acciones, o un politólogo que estudia el resultado de unas elecciones es también un posible votante. Esto provoca que los investigadores no sean completamente ajenos a las cuestiones que están estudiando, y de hecho su propio comportamiento puede modificar la realidad social. Por ejemplo, el economista podría modificar el comportamiento de la bolsa comprando acciones masivamente, y el politólogo podría modificar el comportamiento de los votantes simplemente publicando una encuesta electoral que podría hacer que algunos se replanteasen su elección. De hecho, cuando el científico social acierta con su predicción precisamente porque con su acción ha influido en la realidad estudiada, a eso se le conoce como “profecía autocumplida” (Merton 1972). Evidentemente esto no se puede hacer en ninguna ciencia de la naturaleza. De ahí que algunos autores como Gaston Bachelard señalen que las ciencias sociales no pueden ser tan exactas como las naturales: “Cuando nos volvemos a nosotros mismos nos desviamos fatalmente de la verdad” Gaston Bachelard (Castro et al. 2005, 34).

Todo esto se explica porque los seres humanos somos entes libres que tenemos voluntad propia para realizar cambios en nuestro entorno, en contraposición a los elementos estudiados en una ciencia natural que se ven sometidos a las leyes fijas del universo.

En segundo lugar, y debido a que el científico natural se encuentra en un plano distinto de la realidad estudiada, sus valores e ideas no influyen en ella (Castro et al. 2005; Tezanos 2006; Ramos 2015). A un astrónomo le puede parecer bien o mal que la Luna gire alrededor de la Tierra, pero eso no va a afectar a su investigación ni a los resultados obtenidos. En cambio, el científico social tiene creencias, opiniones, intereses, preferencias y juicios de valor sobre lo que está estudiando, y eso puede condicionar lo que investigue, cómo lo investigue e incluso los resultados que obtenga. Por eso, aunque el científico natural suele investigar fundamentalmente por curiosidad, por el simple hecho de saber más, el científico social suele investigar con un ojo puesto en la transformación de la realidad. A esto se refirió precisamente Karl Marx cuando dijo: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” (Marx 1845)

Pero claro, un científico social puede querer cambiar el mundo en una dirección y otro científico social en otra; en ello van a influir sus intereses y puntos de vista. Por ejemplo, a un economista le puede interesar saber cómo funciona la bolsa para ganar dinero y hacerse rico, pero a otro le podría interesar saber cómo acabar con la pobreza porque la sufre o simplemente porque le resulta moralmente inaceptable. Y lo mismo ocurre con los resultados obtenidos: en un problema de física mecánica sólo puede haber un resultado, mientras que en uno de economía habrá tantos como preferencias existan. ¿Aumentar el salario mínimo es una solución positiva o negativa? Pues para el trabajador beneficiado será positiva, pero para el empleador perjudicado será negativa. No hay una única solución; ésta será siempre subjetiva y dependerá de los intereses y creencias del economista que busque la solución.

Esto no tiene por qué ser malo; es simplemente una característica de las ciencias sociales. Algunos autores como Max Weber lo tenían claro: para él la ciencia social no puede hacerse cargo de la realidad si no es introduciendo en su ecuación la subjetividad individual. “La empiria desnuda nada nos dice, pues necesita ser interrogada; es la pregunta del observador que mira la realidad interesadamente desde una determinada problemática la que nos enfrenta al sentido de las cosas humanas” (Weber 1976)

En tercer y último lugar, en las ciencias de la naturaleza se pueden repetir experimentos siempre en las mismas condiciones, algo que no es posible en las ciencias sociales (Castro et al. 2005; Tezanos 2006; Ramos 2015). Precisamente debido al carácter fijo y no errático de los elementos de la naturaleza, el científico tendrá la seguridad de que los resultados de los experimentos van a ser siempre los mismos porque no pueden ser modificados por ningún componente de libre albedrío. Es decir, un físico puede soltar un cuerpo pesado y medir cuánto tiempo tarda en llegar al suelo desde una determinada altura y ese experimento lo podrá repetir infinitas veces con las mismas condiciones de entorno siendo plenamente consciente de que el resultado será siempre el mismo. Existen algunas excepciones a esto, como ocurre con la física cuántica, pero en cualquier caso son menores y en absoluto son comparables a lo que pasa en una ciencia social, donde nunca es posible repetir el mismo experimento bajo las mismas condiciones. Un economista, por ejemplo, podría querer averiguar qué productos compra un determinado consumidor con una renta determinada simplemente viendo cómo se comporta en una tienda. Pero si tratara de repetir el experimento, se daría cuenta de que el resultado no tiene por qué ser siempre el mismo, porque el consumidor podría haber cambiado de preferencias, o algún producto podría ya no estar a la venta, o la tienda podría ya no existir, etc. La libertad de la que gozan las personas hace que sus comportamientos sean erráticos y no respondan a una ley universal e inalterable como en el caso de los elementos de la naturaleza.

Para tratar de superar este problema, la ciencia económica recurre a modelos teóricos que intentan simular a pequeña escala lo que ocurre en el mundo real. Los modelos son simplificaciones de la realidad para realizar en ellos los experimentos. Las pruebas se hacen en estos modelos para luego extrapolar los resultados a la realidad y así poder realizar predicciones sobre el comportamiento de los agentes económicos. Sin embargo, el economista debe ser muy consciente de que los resultados obtenidos en su modelo teórico no tienen por qué coincidir con los resultados que se obtendrían si el experimento se realizara en la realidad. Dependiendo del marco teórico utilizado para realizar ese modelo, que a su vez dependerá de las creencias e intereses del economista, se obtendrán unos resultados u otros, pudiendo llegar estos a estar muy distanciados entre sí. No obstante, desgraciadamente, el economista no siempre es consciente de ello o no le da la importancia que debiera y confunde los resultados de su modelo con los que se obtendrían en el mundo real. Por eso un economista, con los resultados obtenidos en un modelo, puede concluir que elevar el salario mínimo es buena idea; y otro economista, con los resultados obtenidos en otro modelo, puede concluir lo contrario.

Además, por si fuera poco, al contrario de lo que ocurre en las ciencias de la naturaleza donde casi todo se pliega rigurosamente a las leyes matemáticas, en las ciencias sociales hay muchas variables que sencillamente no se pueden medir con precisión, lo que dificulta todavía más los experimentos. Por ejemplo, ¿cómo se puede medir el bienestar que obtiene un consumidor cuando compra un producto? ¿Cómo se pueden medir con precisión las preferencias ideológicas de la gente? ¿Cómo se puede medir la felicidad de la sociedad? Es imposible hacerlo. Y es que, como nos recuerda Theodor Adorno, hay ciertas cosas que simplemente no se pueden medir: “Cuando se me planteó la exigencia de ‘medir la cultura’, vi que la cultura debía ser precisamente aquella condición que excluye una mentalidad capaz de medirla”. (Adorno, 1969).

Por todo lo anterior, es evidente que la economía, como ciencia social que es, no puede ser objeto nunca de un método científico objetivo, neutro y exacto, como sí podría ocurrir en algunas ciencias de la naturaleza. Por eso siempre existirán economistas con opiniones muy diferentes entre sí, incluso totalmente opuestas.

Pero entonces, si existen muchos enfoques y perspectivas sobre la ciencia económica, ¿cómo podemos saber cuál es mejor utilizar? ¿O por qué algunos son más utilizados que otras? Aquí es donde tenemos que hablar de paradigmas científicos. Un paradigma es una “teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Es decir, un paradigma es la cosmovisión generalmente aceptada por los científicos de la época. Por ejemplo, los pensadores de la Edad Antigua creían que La Tierra era el centro del universo, y eso era un conocimiento aceptado por todos. En la actualidad evidentemente ese paradigma científico ya no es utilizado, y hoy se utiliza el que sitúa a La tierra como un planeta que gira alrededor del Sol. Como se puede ver, los paradigmas evolucionan con el tiempo. Lo que suele ocurrir en las ciencias de la naturaleza es que los nuevos descubrimientos demuestran que lo que se sabía ya no es válido o útil, por lo que se descarta el antiguo paradigma y se sustituye por uno nuevo que explica mejor la realidad. Por eso el conocimiento es acumulativo: a medida que pasa el tiempo la comunidad científica sabe más y va actualizando su saber. En consecuencia, los paradigmas científicos cada vez son mejores y más útiles.

En cambio, en el marco de las ciencias sociales la sucesión de paradigmas no es un proceso que necesariamente va abandonando teorías falsas y sustituyéndolas por otras más acertadas. Y esto no es así por dos motivos. 1) Por un lado, debido a las características de las ciencias sociales que ya hemos comentado, no es posible comprobar con exactitud si un paradigma es mejor que otro; así que podemos equivocarnos si escogemos un paradigma y descartamos los demás. 2) Por otro lado, porque como hay intereses en juego, algunos grupos pueden maniobrar para que el paradigma que más les beneficie sea ensalzado y para que el paradigma que más les perjudique sea desterrado, independientemente de que éste último explique mejor la realidad. Por ejemplo, a las élites económicas les interesa más el paradigma del liberalismo económico que el del marxismo, pues el primero es compatible con el mantenimiento de sus privilegios mientras que el segundo es totalmente opuesto. Por eso estas élites se preocupan de dar recursos, medios y publicidad a los economistas que defienden las ideas que les benefician, porque así se harán notar más y la gente creerá que su paradigma es el más serio y acertado. Y, al contrario, esas mismas élites se encargan de desprestigiar y de atacar aquellas ideas que pueden poner en peligro sus privilegios, con el objetivo de que la gente crea que son paradigmas equivocados o inútiles.

Existe una anécdota que ejemplifica perfectamente todo este asunto. Auguste Walras, padre de uno de los economistas con más influencia de la historia, Léon Walras, le escribió a éste una carta el 6 de febrero de 1859 en la que se podía leer: “algo que encuentro perfectamente satisfactorio en el plan de tu trabajo es tu intención –que apruebo desde cualquier punto de vista– de mantenerte en los límites más inofensivos respecto a los señores propietarios. Hay que dedicarse a la economía política como uno se dedicaría a la acústica o a la mecánica” (Arrizabalo, 2014). Es decir, aplaudía que las investigaciones de su hijo no pusiesen en riesgo los privilegios de los poderosos, consciente de que, de no ser así, tendría muy difícil prosperar como economista. Y fijaos esa referencia a ciencias de la naturaleza como la acústica o la mecánica, porque estas son neutrales y no afectan a los intereses de nadie.

Y, claro, si esas élites logran hacer que su paradigma económico preferido sea utilizado por los premios Nobel, los economistas más conocidos y prestigiosos, los planes de estudio de las escuelas y facultades de economía, en la prensa, en las tertulias de radio y televisión, en las redes sociales, en la barra del bar, etc., entonces la gente creerá que ése es el paradigma más acertado de todos e incluso el único válido. Y lo peor de todo es que la mayoría de esa gente no serán conscientes de que han aprendido y de que contribuyen a alimentar un enfoque de teoría económica impulsado por los poderosos para continuar preservando sus privilegios, y que puede que no sirva para explicar bien la realidad económica.

Por lo tanto, en las ciencias sociales el paradigma dominante no tiene por qué ser el que mejor explica la realidad ni el que ha superado los paradigmas anteriores, sino simplemente el más apoyado por los grupos más poderosos; el más popular. Así se expresó al respecto Andrew Mold: “para explicar el dominio de una idea económica concreta debemos saber más sobre cómo se forman y se diseminan las ideas entre los profesionales de la economía y cómo estas ideas están vinculadas con las estructuras de poder” (citado en Chang 2004).

Estos paradigmas tan extendidos y apoyados por los poderosos son tomados por muchos como la verdad absoluta y única porque extrapolan lo que ocurre en las ciencias naturales a lo que ocurre en las sociales y acaban creyendo de verdad que ese paradigma es una superación de todos los anteriores, de ahí que critiquen con fiereza a quienes utilicen otros paradigmas; tachándolos de anticientíficos como si estuviesen utilizando ideas ya superadas como la de que La Tierra está en el centro del Universo. Es tan fuerte la creencia en que es el único paradigma acertado y lo llevan tan interiorizado en sus mentes, que lo más probable es que nunca dejen de creer en él, incluso aunque los hechos contradigan las ideas en las que se basa el paradigma. Por ejemplo, todavía hay economistas que creen que el sistema financiero se autorregula sólo a pesar de la crisis financiera internacional del año 2008. Son ciegos a la realidad, sólo les importa su paradigma, es prácticamente como un acto de fe, como una religión, cuando en realidad es un constructo sesgado que beneficia especialmente a los poderosos y aunque no sea capaz de explicar bien la realidad.

Este tipo de fanatismo llevó a Max Planck a decir que “una nueva verdad científica no triunfa por medio del convencimiento de sus oponentes, sino más bien porque dichos oponentes llegan a morir y crece una nueva generación que se familiariza con ella” (citado en Tezanos 2006).

Por eso los cambios de paradigmas en las ciencias sociales son tan lentos: por ejemplo, llevó décadas que las ideas keynesianas fueran aceptadas a mitad del siglo XX, llevó décadas que las ideas neoclásicas fuesen aceptadas en los años 80 del siglo pasado, y pasarán décadas hasta que un nuevo paradigma económico se instale en nuestra academia y mentes. Y el triunfo de esos paradigmas no se produce necesariamente porque expliquen mejor la realidad, es simplemente porque ganan la lucha de poder entre paradigmas que constantemente existe en la academia y fuera de ella.

Así se entiende mejor que los investigadores de la economía suelan estudiar los problemas que más afectan a los grandes intereses económicos o políticos y dejen de lado otro tipo de problemas económicos que conciernen a los menos poderosos. Por ejemplo, se dedican infinitamente más esfuerzos de investigación a los mecanismos que posibilitan el aumento de ventas de determinados productos que a resolver o mitigar la pobreza mundial, que es el problema económico más grave del ser humano.

De ahí el surgimiento y el desarrollo de perspectivas críticas que denuncian las visiones únicas y hegemónicas de la ciencia económica. Hay que huir del economista que dice actuar de forma neutral y tener la única verdad objetiva, tratando de ocurrencias acientíficas todo lo que no coincida con su visión. La única forma de ser un buen economista pasa por conocer que existen muchas visiones, y que todas ellas están sesgadas por intereses y juicios de valor. Como decía la brillante economista Joan Robinson, hay que aprender economía para no dejarse engañar por los economistas.

 

 

 

 

 

 

 

Referencias:

Castro et al (2005) https://www.studocu.com/es/book/metodologia-de-las-ciencias-sociales/luis-castro-nogueira-miguel-angel-castro-nogueira-julian-morales-navarro-emmanuel-lizcano/43599

Merton (1972) https://books.google.com.ar/books?id=CesoMQAACAAJ&dq=merton+teor%C3%ADa&hl=es-419&sa=X&redir_esc=y

Marx (1845) https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm

Tezanos (2006) https://www.studocu.com/es/book/la-explicacion-sociologica-una-introduccion-a-la-sociologia/tezanos-tortajada-jose-felix/36223

Ramos (2015) https://www.researchgate.net/publication/333092373_LA_MODELIZACION_ECONOMETRICA_COMO_UNA_MODALIDAD_DE_LA_ECONOMIA_APLICADA_1

Weber (1976) https://es.scribd.com/document/469475320/Sobre-La-Teoria-De-Las-Ciencias-Sociales-pdf

Cita de Adorno en Elgueta y Palma (2011) https://www.ugr.es/~erivera/PaginaDocencia/Posgrado/Documentos/ParadigmasFranciscaElgueta.pdf

Cita de Auguste Walras en Arrizabalo, X. (2014) http://www.institutomarxistadeeconomia.com/libro-capitalismo-y-economia-mundial/

Cita de Andrew Mold en Chang (2004) https://www.ucm.es/data/cont/media/www/pag-82466/SERIE_43.pdf

Cita de Bachelard en Castro et al (2005) https://www.studocu.com/es/book/metodologia-de-las-ciencias-sociales/luis-castro-nogueira-miguel-angel-castro-nogueira-julian-morales-navarro-emmanuel-lizcano/43599

Cita de Planck en Tezanos (2006) https://www.studocu.com/es/book/la-explicacion-sociologica-una-introduccion-a-la-sociologia/tezanos-tortajada-jose-felix/36223

Ibarra (2002) https://studylib.es/doc/5300284/paradigmas-econ%C3%B3micos

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