Por qué la propuesta sobre los bancos del referéndum suizo es una pésima idea

Artículo publicado originalmente en El Salto el 10 de junio de 2018

Este 10 de junio los suizos están convocados a un referéndum en el que deben posicionarse sobre una propuesta relacionada con la actividad bancaria. Concretamente, se somete a votación arrebatar a los bancos comerciales la posibilidad de ofrecer créditos sin tener un respaldo absoluto en dinero oficial (que es el que crea el banco central), obligándolos por lo tanto a ser simples intermediarios (trasladando el dinero del ahorrador a la persona o empresa que quiere endeudarse). En román paladino: esta propuesta impediría que los bancos creasen dinero, dejando como único creador del dinero al banco central.

Para evaluar adecuadamente esta propuesta es importante entender cómo funciona la actual operativa de los bancos cuando dan préstamos. Al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, los bancos no son simples intermediarios del dinero, sino que también son creadores del mismo. Muchos creen erróneamente que cuando reciben un préstamo del banco ese dinero proviene de una persona o empresa. Pero no es así.

Cuando un banco concede un crédito a alguien lo único que hace es incrementar el saldo de su cuenta bancaria en la cantidad correspondiente. No saca el dinero de ningún sitio, sino que teclea las cifras que sean y punto (lo explica perfectamente el banco central del Reino Unido). Crea “dinero bancario”, que no es otra cosa que una promesa de pagar “dinero oficial” (el dinero que crea el banco central). De esta forma, cuando la persona que ha recibido el crédito quiera pagar algo o quiera sacar una parte en monedas y billetes, el banco tendrá que convertir ese dinero bancario en dinero oficial.

Pero la clave es que la cantidad de transacciones bancarias son tan numerosas que, normalmente, los bancos necesitan muy poco dinero oficial para respaldar todo el dinero bancario que crean. De hecho, en la Eurozona la legislación permite que los bancos puedan crear 99 euros de dinero bancario por cada euro de dinero oficial que tengan. Para un desarrollo de todo esto sugiero leer aquí y aquí.

Así las cosas, la propuesta sometida a votación pretende impedir que los bancos puedan crear dinero bancario, de forma que si quisieran conceder créditos tuvieran que utilizar solamente dinero oficial (el dinero que crea el banco central). El resultado es que la creación de dinero recaería exclusivamente en el banco central, dejando a los bancos como meros intermediarios de ese tipo de dinero. Esto limitaría sobremanera la cantidad de créditos que podrían dar los bancos.

A priori esta idea suele sonar bien. Sabemos que tradicionalmente los bancos han realizado una gestión desastrosa de los créditos, concediendo más de la cuenta y a agentes económicos que luego no los podían devolver. Impedir de golpe que puedan volver a hacerlo resulta muy atractivo. Sin embargo, es una medida que se pasa de frenada, pudiendo ser incluso más desastrosa que la situación actual.

Que haya muchas sucursales de bancos desperdigadas por todo el territorio gestionando la concesión de créditos es positivo para la actividad económica. Al fin y al cabo, estamos hablando de muchos trabajadores informándose sobre la situación económico-financiera de cada persona y empresa que solicita un crédito, realizando análisis de solvencia de muy diverso tipo, y gestionando multitud de problemas y dificultades relacionadas con la actividad crediticia. En cambio, el banco central apenas tiene una sede física y unos cuantos empleados que, hoy por hoy, no tienen las herramientas ni la infraestructura para gestionar la operativa crediticia a toda la población.

Partiendo de la premisa indiscutible de que el crédito es indispensable hoy día para la actividad económica, pasar de buenas a primeras a que el único creador del dinero (y, por lo tanto, el prestamista más importante de todos) sea el banco central es una locura, porque sería incapaz de cubrir las necesidades de crédito de la población, provocando un shock financiero importante.

Las dos únicas formas de evitar ese colapso serían: nacionalizando buena parte de la banca privada para que esa nueva banca pública utilizase las herramientas, trabajadores y medios ya existentes para dar créditos directamente con dinero oficial del banco central; o que el cambio fuera tan paulatino que diese tiempo a que el banco central desarrollara un tejido y una estructura lo suficientemente importante (a costa, inevitablemente, de la banca privada) como para gestionar las necesidades de crédito de la mayor parte de la población.

Por otro lado, es importante entender que en la actualidad solo hay dos vías para inyectar dinero en la economía: la creación de dinero por parte de los bancos comerciales (como se ha comentado), y el déficit público (lo desarrollo en este artículo). Si de golpe y porrazo limitamos hasta su mínima expresión la primera vía, entonces solo quedaría la segunda para poder gestionar la cantidad de dinero que necesita la economía. Si quisiéramos que la liquidez de la economía suiza no se hundiera de golpe, sería necesario incrementar notablemente el déficit público del Estado suizo. Y de esto no se dice absolutamente nada en la propuesta suiza, ni tampoco en la de aquellos que defienden el sí en el referéndum, como Positive Money. Y puesto que la doctrina económica convencional le tiene histeria al déficit público (sin motivos racionales, como explico en este texto), sabemos que no defenderían esa salida.

En consecuencia, limitando la primera vía y rechazando una compensación desde la segunda, el resultado es evidente: hundimiento de la liquidez en el sistema y crisis económico-financiera al canto. Por eso esta propuesta puede ser desastrosa en caso de salir adelante, porque sabemos que ni van a nacionalizar buena parte de la banca, ni van a permitir que el déficit público se eleve lo suficiente como para compensar la caída en los créditos.

Y es que para impedir que los bancos se excedan en su operativa crediticia no es necesario adoptar una medida tan extrema. Lo que hay que hacer es aplicar una regulación y supervisión bancaria eficaz, que impida que cometan abusos como los que hemos conocido pero que al mismo tiempo permitan una cierta creación de dinero bancario, tan importante y necesaria para la actividad económica. Ni tanto ni tal calvo; se necesita una solución intermedia.

Recordemos que esta propuesta no es nueva ni mucho menos. Fue ideada originalmente por la Escuela de Chicago en los años 30 del siglo pasado y es defendida actualmente por los economistas liberales o austriacos. Ello lo tienen claro: limitar sobremanera la creación de dinero es la mejor forma de conseguir que este acabe siendo escaso, lo que a su vez impide que repunte la inflación. Sin embargo, lo que nunca suelen apuntar este tipo de economistas es que la inflación no sería el único factor que se contraería, sino que también lo haría el crecimiento económico y el empleo. Porque la prioridad de quienes esgrimen estos planteamientos es combatir la inflación (que casualmente perjudica especialmente a quien más dinero tiene), una preocupación muy por encima de la de alcanzar el pleno empleo o un estado social fuerte.

Esperemos, por el bien de la ciudadanía suiza y también europea, que esta propuesta sea rechazada en el referéndum y que nunca salga adelante.

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