Por qué los economistas convencionales ignoran la ecología

Nuestras sociedades son cada vez más conscientes de que estamos viviendo una crisis medioambiental que conlleva enormes riesgos para la vida en nuestro planeta, y uno de los síntomas más importantes -pero no el único- es el cambio climático. Sin embargo, los economistas convencionales nunca hablan de ello, nunca se refieren a la escasez de recursos naturales, a la contaminación o a la pérdida de biodiversidad, por poner sólo algunos ejemplos, a pesar de la obvia relación que todo ello tiene con la actividad económica. Sólo hablan de PIB, dinero, beneficios y empleo, pero nunca de cuestiones ecológicas. Como si la economía operara en el vacío o en otro planeta distinto a La Tierra. Como si creyeran que pueden hacer crecer la economía indefinidamente en un planeta de recursos finitos. ¿Por qué son así? ¿Es que no saben de ecología? ¿O es que, aun sabiendo algo, prefieren ignorarla? Esto es lo que veremos en este vídeo.

La ciencia económica no ha ignorado siempre los fenómenos ecológicos, antiguamente era muy diferente (Naredo, 2003; Baggethun et al. 2010; Garzón, 2022). Tanto en la Edad Antigua como en la Edad Media los pueblos tenían muy claro que la producción económica estaba íntimamente ligada a la agricultura, a la pesca y a la ganadería. Como curiosidad, fijaos que economía y ecología tienen la misma raíz griega, eco, que significa casa. De hecho, en la Edad Moderna, concretamente en el siglo XVIII, surgió una corriente de pensamiento en Francia conocida como fisiocracia, que ponía en el centro de la economía a la tierra. Su máximo exponente, François Quesnay, se oponía a los mercantilistas de la época que creían que la riqueza de las naciones se explicaba básicamente por la cantidad de oro y metales preciosos que pudieran almacenar. Él argumentaba que los orfebres y el resto de artesanos lo único que hacían era transformar un material por otro, pero que no creaban nada nuevo. Lo único que podía crear cosas nuevas era la agricultura, de ahí que para él y sus compañeros fuese la fuente de toda la riqueza de la sociedad.

Los economistas clásicos del siglo XVIII y XIX también compartieron con los fisiócratas esa visión de que la tierra era muy importante para la economía (Haberl et al, 2016; González de Molina, 2014). Por ejemplo, David Ricardo teorizó que la fertilidad de la tierra importaba mucho de cara a la producción económica, y de ahí su ley de rendimientos decrecientes. Thomas Malthus sostuvo que el crecimiento poblacional era excesivo en comparación con lo que podía generar la tierra. Karl Marx, por su parte, utilizó el concepto de ruptura metabólica para hablar de la desconexión entre la humanidad y el resto de la naturaleza (Burkett, 2006; Foster, 2020; Saito, 2022). Incluso John Stuart Mill creía que la economía inevitablemente llegaría a un estado estacionario en el que no podría crecer más, aunque él no lo consideraba como algo negativo sino como la meta ideal que había que alcanzar (Baggethun et al 2010). De todas formas, sí es cierto que estos economistas ya empezaron a cambiar el foco desde la tierra como origen de la riqueza al trabajo humano, por lo que fueron poco a poco distanciándose del análisis medioambiental.

Pero los que se distanciaron ya del todo y de una forma irreversible fueron los economistas neoclásicos o marginalistas a finales del siglo XIX y principios del XX. esta escuela de pensamiento sigue siendo desgraciadamente hoy día dominante en las facultades de economía y en los organismos económicos internacionales. Para empezar, estos economistas, entre los que destacan Alfred Marshall, León Walras o William Stanley Jevons, dejaron de poner el foco en la producción para ponerlo en el intercambio. No les preocupaba tanto cómo se producían las cosas, sino cómo se vendían y compraban. Y claro, en el acto de compraventa el medioambiente no es importante, por lo que si éste ya recibía poca atención, menos iba a recibir a partir de entonces (Naredo, 2015; Daly y Cobb, 1989; Hubacek and Van der Bergh 2006; Garzón 2022).

Pero no todos los neoclásicos dejaron en un segundo plano la producción. Los economistas neoclásicos Robert Solow y Swan idearon un modelo que funciona incluso a día de hoy como paradigma del crecimiento económico. Se trata de una función de producción en la que sólo importan dos factores: el trabajo y el capital. Es sencillo: cuanta más gente trabaje, más se producirá; y cuantas más máquinas se instalen, más se producirá. Personas y máquinas, aquí no hay nada de recursos naturales, de energía, ni siquiera de residuos. Un modelo tan sencillo como poco realista.

En realidad, la producción máxima acorde a ese modelo tiene un tope, porque sus propios teóricos entendían que llega un momento en que añadir más trabajadores o más máquinas no sirve para producir más. Así que incorporaron el componente tecnológico, que permite mejorar la fuerza de trabajo y las máquinas, lo que a su vez permite más producción (Acemoglu, 2009; Romer, 2000). Aquí es donde los estudiantes de economía aprenden que el crecimiento económico ilimitado es técnicamente posible gracias a la tecnología (Naredo 2003; Garzón 2022). Si se quiere crecer más no hay más que diseñar mejores máquinas y formar mejor a los trabajadores. Fijaos que el propio Robert Solow, que fue ganador de un premio Nobel de economía, llegó a decir en los años 70 que si los recursos naturales se agotaban no pasaba nada, porque siempre se podría solucionar con innovación tecnológica (Solow 1973). Tócate los pies. Así son los economistas convencionales, unos científicos de pura cepa.

Por supuesto, todos estos modelos fueron seriamente contestados, pero estas respuestas no lograron hacerse mucho eco en la academia de la economía (y luego veremos or qué). Las críticas más importantes fueron las de Georgescu-Roegen, Fred Hirsch, Ezra Mishan, Herman Daly, Howard Odum, Kenneth Boulding…No es mi intención detenerme aquí en todas las críticas, pero sí me interesa resaltar dos de ellas que considero fundamentales.

La primera es la de Georgescu-Roegen, quien explicó en su obra “La ley de la entropía y el proceso económico” que estos modelos no seguían las leyes físicas de la termodinámica, por lo que no eran modelos científicos ni útiles para explicar la realidad (Roegen (Georgescu-Roegen 1971). Ni contemplaban la necesidad de recursos naturales o energía, ni contemplaban el vertido de residuos que todo proceso productivo tiene. El planeta Tierra es un sistema finito en materiales, y aunque sea abierto en energía, ésta en virtud de la segunda ley de la termodinámica tiende a perder calidad de forma que el ser humano pierde capacidad para aprovecharla. Por ejemplo, la energía del petróleo es plenamente aprovechable por el ser humano, pero no lo es cuando se ha utilizado en un motor de combustión, ya que parte se disipa a través de calor y gas. Sabemos, por la primera ley de la termodinámica, que es la misma cantidad de energía, pero tiene mayor entropía y el ser humano no la puede aprovechar tanto. Esto empuja a todo el sistema a ir aumentando su entropía y, por lo tanto, a complicar cada vez más la producción.

La segunda crítica a los modelos de Solow y Swan tiene que ver con que la propia innovación tecnológica que según ellos podría sustituir los recursos naturales, se debe precisamente a un mejor aprovechamiento de la energía. La tecnología no sería ni más ni menos que lo que permite aprovechar mejor la energía, (por ejemplo la rueda permite aprovechar de forma más eficiente la energía humana y animal; los nuevos motores de combustión permite aprovechar mejor la energía de los combustibles fósiles, etc), por lo que para que haya innovación tecnológica tiene que haber energía. Según esta visión la productividad y el crecimiento económico tan vertiginoso de las sociedades capitalistas sólo ha sido posible gracias a una energía barata y abundante y de alta densidad calórica como el carbón y el petróleo, elementos no tenidos en cuenta en los modelos económicos, pero que como falten o aumenten mucho su entropía, harán imposible que se puedan mantener los mismos niveles de crecimiento (Berndt y Wood 1979; Koetse et al., 2008; Fiorito y van den Bergh, 2011; Ayres et al. 2013).

En fin, hay más tipos de críticas, pero el caso es que ninguna de ellas sirvió para convencer a los economistas convencionales, que hoy en día siguen utilizando modelos de crecimiento que ignoran los recursos naturales, los residuos y las leyes de la termodinámica.

Pero los descubrimientos científicos tampoco cayeron en saco roto del todo. Por ejemplo, en 1972 se publicó el informe “Los límites al crecimiento”, una estimación que incorporaba, entre otros, el efecto de la explotación económica sobre los suelos, el agotamiento de los recursos no renovables como los minerales y las distorsiones climáticas resultantes. Se plantearon varios escenarios y el peor de todos ellos sugería que si no se actuaba para corregir la trayectoria vigente entonces, la sociedad industrial colapsaría a mitad del siglo XXI. Este informe tuvo cierto eco en la comunidad internacional y presionó para que se hicieran cambios (Garzón 2022).

Pero los cambios que se hicieron fueron superficiales y no resuelven el problema de raíz ni de lejos. En 1974 Ignacy Sachs propuso el término ecodesarrollo (Estenssoro 2015), que no tuvo mucho recorrido pero que sentó las bases para el concepto de Desarrollo Sostenible de la ONU en 1987 (Bifani 1999) (Estenssoro 2015), que es una idea loable pero que no tiene apenas implicaciones políticas.

Fue en los años 90 del siglo pasado, en la ola neoliberal iniciada por Thatcher y Reagan, cuando surgió con fuerza el llamado ambientalismo de mercado o economía verde. Es decir, la creencia de que los problemas medioambientales pueden ser cuantificados en dinero y, por lo tanto, solucionados a través del mercado a base de establecer y modificar precios. Según esta visión, el que contamina o genera externalidades negativas tiene que pagar, y el que conserva o genera externalidades positivas, tiene que cobrar. Algunos ejemplos son los impuestos a los combustibles fósiles o las ayudas públicas a las energías renovables (Salzman y Ruhl 2001; Gómez Baggethun et al 2010).

Pero bueno, a nadie se le escapa que, aunque estas medidas puedan ayudar a reducir algo la presión medioambiental, no resuelven ni de lejos la crisis ecológica. Básicamente porque no acaban con los problemas, en todo caso solamente reducen algo su impacto. Y básicamente porque no todos los problemas ecológicos se pueden medir o solucionar con dinero (por ejemplo, ¿cómo solucionamos con dinero la extinción de una especie animal?).

La crisis ecológica no se trata de una cuestión cuantitativa, como si estuviésemos cometiendo excesos de contaminación o algo así y por lo tanto se pueda solucionar poniendo impuestos a quien contamina; no, se trata de una cuestión cualitativa: tenemos un sistema económico capitalista que por su propia naturaleza devora los recursos naturales y contamina el medio ambiente. Así que la única forma de arreglar el problema es cambiando de sistema. Es lo único a lo que conduce un buen entendimiento de la economía ecológica.

Pero eso es precisamente lo que los poderosos quieren evitar, porque ellos ganan con este sistema. Por eso siempre han silenciado los descubrimientos de la economía ecológica y sólo dado voz a la economía verde o ambiental, porque no pone en riesgo sus privilegios, aunque no resuelva el problema ecológico, porque eso a ellos les da igual, lo único que les importa es seguir siendo poderosos. En este vídeo desarrollé este tema, por si a alguien le interesa. Y por todo esto la mayoría de economistas ignoran las cuestiones ecológicas, básicamente porque las desconocen directamente o porque tienen una fe irracional en que el progreso tecnológico superará todos los desafíos. Pero ya veremos por cuánto tiempo seguirá ocurriendo esto, porque desgraciadamente los desafíos ecológicos cada vez están más presentes.

 

 

 

 

 

Garzón (2022) https://monthlyreview.org/2022/07/01/the-limits-to-growth-ecosocialism-or-barbarism/

Naredo (2003) https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5624519

Naredo (2015) https://www.cambridge.org/core/journals/revista-de-historia-economica-journal-of-iberian-and-latin-american-economic-history/article/abs/jose-manuel-naredo-la-economia-en-evolucion-historia-y-perspectivas-de-las-categorias-basicas-del-pensamiento-economico-madrid-siglo-xxi-de-espana-y-secretaria-de-estado-de-comercio-1987-538-pp-2500-ptas-bibliografia-e-indice-de-autores/B29F77125EA4F2E8826389035879A922

Naredo y Gómez Baggethun (2012) https://www.icariaeditorial.com/archivo/libros.php?id=1317

Gómez Baggethun y Naredo 2015, Sustainability Science 10: 385-395

Georgescu-Roegen (1971) https://espai-marx.net/elsarbres/review/la-ley-de-la-entropia-y-el-proceso-economico-nicholas-georgescu-roegen/

Gómez Baggethun et al 2010  https://www.researchgate.net/publication/46490541_The_History_of_Ecosystem_Services_in_Economic_Theory_and_Practice_From_Early_Notions_to_Markets_and_Payment_Schemes

Ayres et al (2013) The underestimated contribution of energy to economic growth

https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0954349X13000593

Estenssoro (2015) https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-23762015000100006

Bifani (1999) https://www.agapea.com/libros/Medio-ambiente-y-desarrollo-sostenible-9788489743069-i.htm

Haberl et al. (2016) https://link.springer.com/article/10.1007/s10745-017-9892-7

González de Molina (2014) https://link.springer.com/book/10.1007/978-3-319-06358-4

Burkett (2006) https://www.amazon.com/Marxism-Ecological-Economics-Historical-Materialism/dp/1608460258

Foster (2020) https://johnbellamyfoster.org/books/the-robbery-of-nature/

Saito (2022) https://www.academia.edu/38067666/Karl_Marx_s_Ecosocialism_Capital_Nature_and_the_Unfinished_Critique_of_Political_Economy_by_Kohei_Saito

Daly y Cobb (1989) https://www.scirp.org/reference/referencespapers.aspx?referenceid=2966054

Hubacek y Van der Bergh (2006) https://www.scirp.org/(S(351jmbntvnsjt1aadkposzje))/reference/referencespapers.aspx?referenceid=1163418

Acemoglu (2009) https://press.princeton.edu/books/ebook/9781400835775/introduction-to-modern-economic-growth

Romer (2000) https://www.amazon.com/Advanced-Macroeconomics-McGraw-Hill-Economics-David/dp/0073511374

Solow (1973) https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/05775132.1973.11469961

Berndt y Wood (1979) https://www.jstor.org/stable/1807369

Koetse et al. (2008) https://research.vu.nl/en/publications/capital-energy-substitution-and-shifts-in-factor-demand-a-meta-an-2

Fiorito y van den Bergh (2011) https://link.springer.com/article/10.1007/s12053-015-9349-z

Salzman y Ruhl (2001) https://www.jstor.org/stable/1229470

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