¿Por qué motivo iban a mentir los medios de comunicación?

Normalmente a muchas personas les sorprende bastante la existencia de prensa gratuita, como los periódicos “ADN”, “20 minutos” o “Qué!”. La pregunta que siempre les viene a la cabeza es: ¿cómo es posible que existan empresas que sobreviven cuando regalan el producto que elaboran? ¿De dónde sacan el dinero para pagar el papel que da soporte a la información, para pagar a los escritores, o para contratar repartidores? ¿Acaso tienen pérdidas pero continúan porque es un proyecto altruista?

El origen de esta incertidumbre está en la creencia de que los medios de comunicación funcionan como cualquier otra empresa. Cuando pensamos en el funcionamiento de la compraventa en una empresa solemos imaginar el modelo estándar: existe un vendedor que elabora un producto o servicio y un comprador que a cambio de un precio obtiene ese producto o servicio.

Centrándonos en la actividad de una panadería como aproximación de una empresa estándar, el elemento que se quiere vender está bien delimitado, pues lo produce la misma empresa (por ejemplo, una barra de pan). El cliente que sale ganando con la compra también está muy claro, porque paga un precio por obtener un valor (en este caso, el cliente es la persona que compra la barra de pan y que puede alimentarse con ella). Hay dos partes interesadas que salen ganando con la transacción: el vendedor, que necesita vender un producto porque en ello consiste su negocio; y el cliente, que necesita obtener un valor y por ello paga un precio.

Pues bien, al ser éste el modelo típico de empresa al que estamos acostumbrados, inmediatamente suele ser trasladado a cualquier otra empresa, como ocurre con las empresas de información. Por ejemplo, lo normal es pensar que la firma “ADN” es una de las dos partes del proceso: el vendedor. El producto es el periódico. Y el comprador, la otra parte interesada, es aquél que adquiere el periódico para leerlo. Sin embargo, este análisis no es del todo correcto. A simple vista, hay algo que no cuadra, y es el hecho de que parece que sólo hay una parte que sale ganando: el comprador del periódico. Además, también es extraño que el comprador no haya pagado nada por obtener el periódico que al fin y al cabo le reporta utilidad.

La cuestión es que nos hemos equivocado al contar las partes que intervienen en el proceso. No hay dos, sino tres. Aparte del comprador y del vendedor, está el pagador. Esta tercera parte la forman todas las empresas que financian la producción y distribución de los periódicos (o de cualquier otro medio de información); es decir, las empresas que introducen sus anuncios publicitarios en los periódicos a cambio de pagar un precio. Aquí estaba la pieza que faltaba para completar el puzzle. El comprador del periódico no tiene que pagar nada porque el dinero que el vendedor necesita para sobrevivir se lo proporciona el pagador. De esta forma el pagador es quién financia el periódico, liberando al comprador de la carga que supone pagar.

Pero, ¿por qué hace esto el pagador? Muy sencillo. El pagador no es más que alguien que se ha colado en la compra-venta del periódico para generar un nuevo flujo de negocio. Él también es una parte interesada, y también sale ganando con la creación de este segundo flujo. El pagador quiere que su mensaje publicitario llegue a la gente; es así cómo obtiene utilidad, puesto que cuantas más personas conozcan el determinado anuncio, más personas comprarán el producto o servicio anunciado. Su negocio consiste en atraer personas para que puedan conocer lo que tiene que contarles. En esta segunda transacción, en realidad el producto que se comercializa no es el periódico, sino los lectores del periódico. Lo que hacen realmente las empresas que colocan sus anuncios publicitarios en los periódicos es comprar, mediante un precio, un determinado número de lectores. Ahora no se busca vender la información a los lectores, sino vender los lectores a la información. El periódico gratuito realmente está vendiendo lectores a las empresas publicitarias a cambio de un precio. Por eso el lector no paga nada; porque no es el comprador, sino el producto que se vende.

Este fenómeno es muy frecuente en todas las transacciones económicas en las que haya anuncios publicitarios de por medio. Y es muy sencillo descubrir cuándo nos encontramos en estas situaciones. El truco está en fijarse si lo que se vende es gratis o no. En el entorno puramente capitalista, si adquieres un producto o servicio gratis, lo que realmente ocurre es que lo que se está vendiendo eres tú. Es lo que sucede con los periódicos gratuitos, pero también con otros servicios como la red social Facebook o la televisión. También ocurre con los periódicos no gratuitos, aunque en este caso no todo el proyecto lo financia el pagador, sino que una parte la financia el consumidor. Recordemos que el periódico no gratuito es uno de los pocos productos en el mundo que se vende a un precio menor al coste unitario de producción.

Comprender bien esta nueva relación que se da entre las partes que intervienen en la transacción es importante para encarar un problema de fondo.
Cuando no hay un pagador de por medio, el vendedor se preocupa por satisfacer las necesidades del comprador, pues es él quien paga. Pero cuando no es el comprador quien paga sino el pagador, el vendedor deja de preocuparse por el primero y pasa a atender las necesidades del segundo. En otras palabras, el público del medio de comunicación no importa, quien importa son las empresas que financian el proyecto.

Así las cosas, el negocio llevado a cabo por la empresa de información nunca va ir en contra de sus financiadores. Eso sería como morder la mano que le da de comer. Y no importa que el objetivo del medio de comunicación sea informar. Si hay alguna noticia que deje en mala situación a alguno de sus grandes pagadores, esa noticia será suavizada o directamente ignorada. Ésta es la consecuencia de la modificación en la relación de las partes que intervienen en la compra-venta de información. No es necesario que exista la censura institucional; el medio de comunicación en cuestión se autocensurará con gusto si con ello contenta a sus pagadores y sigue recibiendo financiación para continuar el negocio.

Todavía hay personas que no entienden qué motivos pueden impulsar a un medio de comunicación a mentir o a manipular información. Esto ocurre porque todavía no se han percatado de las consecuencias de esta dependencia económica, y siguen anclados en la antigua relación entre vendedor y comprador de información.

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