Réplica a la crítica de Astarita a la Teoría Monetaria Moderna

El economista marxista Rolando Astarita ha escrito recientemente una crítica a la Teoría Monetaria Moderna (TMM). Con esta reflexión, planteada desde postulados marxistas, el autor impugna la concepción del dinero como deuda así como el impacto positivo que puede provocar en la actividad económica la creación y gestión del dinero por parte de las autoridades estatales. Con este artículo me propongo dar respuesta a los principales argumentos esgrimidos por Astarita con la intención de mostrar su debilidad frente a los planteamientos poskeynesianos y neochartalistas de la TMM.

El dinero entendido como relación social

El principal argumento utilizado por el economista marxista –que además gira en torno a la discrepancia más importante entre ambos planteamientos desde su punto de vista– es que “el problema con este enfoque [el de la TMM] es que pasa por alto que el dinero es una relación social”. Sin embargo, esta afirmación no tiene ningún sentido en tanto en cuanto todos los autores de la TMM hacen especial hincapié en que el dinero es precisamente una relación social. Otra cosa es que ellos no estén pensando en la misma relación social en la que piensa Astarita, pero eso no implica que conciban el dinero de una forma ajena a las interrelaciones que se dan en sociedades más o menos complejas. De hecho, creer que el dinero es un equivalente general y que está sometido a determinadas leyes económicas objetivas como hace Astarita resta precisamente dimensión social a su concepción. De ahí que el dinero es entendido incluso más como relación social desde planteamientos de la TMM que desde planteamientos marxistas.

Acorde a Astarita, la relación social en cuestión es “la que existe entre productores privados de mercancías, que se conectan a través de la compra y venta de sus productos. Al hacerlo, comparan sus mercancías en tanto valores, y por ello las reducen a “sustancia común”, encarnada en el dinero”. La mundialización de los flujos productivos y comerciales habría conllevado la confluencia de todos los valores parciales en un único equivalente general que vendría a estar representado por muchas monedas insertas en una jerarquía de activos en cuya cúspide se encontraría el oro.

En cambio, para la TMM el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir las deudas o compromisos de pago. Cualquier agente económico crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y ésta acepta el compromiso. Los compromisos atañen siempre a dos partes: la que se compromete a aportar valor (el deudor) y la que acepta el compromiso (el acreedor). Visto así, parecería que el dinero es una relación bilateral más que social. Sin embargo, la naturaleza de esa relación varía en función de quién sea el que se comprometa a aportar valor. No es lo mismo que lo haga una persona o empresa cualquiera a que lo haga un Estado. En el ejemplo de Knapp que cita Astarita en su crítica se menciona una empresa de teatro que se compromete a preservar el abrigo del cliente durante la función. Esto es claramente un caso de creación de dinero de poco alcance, pues ese dinero sólo es útil para los usuarios del teatro que quieran guardar sus abrigos en el guardarropa (con el ticket del guardarropa no puedes adquirir valor en ningún otro sitio). Lo mismo pasa con los tickets para un concierto, con las fichas de un casino, con los billetes de tren, etc: es dinero que sólo tiene utilidad en el reducido ámbito que controla el emisor de ese dinero (la sala de concierto, el establecimiento del casino, los trenes de la empresa, etc).

Pero cuando el dinero es creado por un Estado la cosa cambia, porque el ámbito de influencia del emisor es ahora mucho más importante: alcanza a todos los ciudadanos que viven en el territorio que controla ese Estado y bajo la imposición de sus leyes. Ninguna persona ni empresa puede obligar a utilizar el dinero que crea (por ejemplo, la empresa de teatro no puede obligar a nadie a adquirir tickets de guardarropa); en cambio, el Estado sí puede hacerlo: al imponer la obligación de pagar tributos nominados en la unidad de cuenta que crea (por ejemplo, euros) fuerza a empresas y familias a obtener dinero estatal. Esta característica transforma por completo la naturaleza de una relación que inicialmente era bilateral (entre el Estado y el acreedor de su dinero) hasta convertirla en social: puesto que, para saldar las deudas tributarias con el Estado, todo el mundo tiene que utilizar el mismo dinero, la deuda del Estado se hace perfectamente transferible. Uno puede ofrecer el dinero estatal a otra persona a cambio de transferencia de valor puesto que sabe que esa persona lo aceptará, pues también lo necesita para pagar impuestos. Nace así el “dinero de uso general” gracias al poder coercitivo del Estado.

Esa transferibilidad de la deuda del Estado provoca que éste se convierta en deudor frente a todo aquel agente económico que acepte su dinero. Como el dinero estatal sirve para permitir todo tipo de prestación de servicios e intercambio de bienes en el territorio que controla el Estado, cualquier persona acreedora de él se convierte en acreedora frente a toda esa comunidad. El individuo que ostenta dinero estatal, aunque teóricamente es acreedor del Estado, es reconocido como un acreedor por cualquiera que le proporcione bienes a cambio de dinero estatal. Cualquiera que los acepte en pago se ofrece a sí mismo como el representante del deudor. En palabras del sociólogo Georg Simmel[1]: “el dinero es sólo un reclamo sobre la sociedad”. O como lo expresó Kapadia[2] con términos más actuales: “el dinero-crédito moderno es un reclamo sobre la riqueza nacional”. En consecuencia, el dinero de uso general, aquel que crea y gestiona el Estado gracias a su poder coercitivo, expresa una relación social clarísima que abarca al Estado y a toda la comunidad que vive bajo su poder y sus leyes.

Decía que esta concepción del dinero enfatiza más su carácter social que la visión de Astarita porque circunscribe su definición al organismo social correspondiente. Así, los vales de la cooperativa a los que hacía mención el economista marxista en su crítica funcionan como dinero, pero sólo sirven para el ámbito de influencia de su emisor. Lo mismo ocurre con los tickets de guardarropa, los billetes de tren, las fichas de casino, y las monedas estatales de los países. Todos los tipos de dinero que existen, sin excepción alguna, son compromisos de pago de algún agente económico, y la utilidad de ese dinero acaba donde acaba la influencia de su emisor. El dinero estatal también funciona de esta forma: al igual que nadie puede utilizar un ticket del guardarropa fuera de la sala de teatro en la que se encuentra el abrigo, nadie puede utilizar euros para comprar un producto en Japón porque es un territorio que se encuentra al margen del ámbito de influencia de la Eurozona. Para comprar ese producto japonés primero habrá que cambiar los euros a yenes, que es el dinero que emite la autoridad pública japonesa.

Esta definición es mucho más precisa y adecuada que la definición marxista. Nunca ha existido ninguna sustancia común o equivalente general. No hay ninguna cosa o activo o unidad de cuenta que vincule en exclusividad los valores de todos los productos que se intercambian en nuestro planeta. Animo al lector o lectora a que vaya a comprar un producto en la tienda de la esquina con una moneda extranjera o una onza de oro, a ver si es capaz de lograr su objetivo. El vendedor no sabe cómo comparar la moneda que siempre utiliza con las monedas extranjeras o el oro. El vendedor quiere euros, que es lo que controla, lo que sabe medir, lo que sabe que le va a servir en su entorno, lo que puede atesorar sin problemas… básicamente porque el Estado se compromete a respaldar su valor y utilización. Podría verse atraído por el oro, pero a priori no sabe cómo medir su valor -al contrario de lo que ocurre con los euros- y la transacción difícilmente tendría lugar de una forma rápida y cómoda. A eso no se le puede llamar equivalente general de nada, no juega ningún papel más allá del que puede tener como unidad de referencia para medir el resto de valores, algo que puede ser desempeñado por cualquier otra cosa. El dinero es una relación social que hay que circunscribir en la comunidad social, política e institucional en la que es creado; porque el dinero es creado por las autoridades públicas, no un elemento que se origina espontáneamente con los intercambios comerciales.

Tipo de cambio de las monedas estatales

Pero esas comunidades políticas que crean su dinero no están aisladas en el planeta, sino que tienen multitud de relaciones económicas con otras, lo que conlleva que dos o más tipos de dinero estatal entren en contacto. Es ahí cuando los intercambios comerciales y otras transacciones internacionales juegan un papel crucial a la hora de determinar el valor de esas monedas estatales en comparación con otras, y cuando menos importancia tiene la prerrogativa estatal en creación y regulación de dinero. Podríamos decir que en el interior de las comunidades políticas el dinero funciona completamente como un compromiso de pago de la autoridad pública en cuestión (de forma que su control y regulación estatal es total), mientras que en el exterior de esas comunidades el mismo dinero funciona como un medidor de valor de los productos que se intercambian internacionalmente (de forma que su control y regulación estatal es mínima). Esa conjunción, que se materializa de forma distinta en cada economía, resulta mucho más útil y adecuada para analizar el valor de las monedas estatales y su interrelación con los flujos productivos y comerciales.

Por eso Astarita acierta cuando habla de que “las relaciones de cambio entre monedas no pueden, en el largo plazo, ser determinadas a voluntad por los gobiernos”. El tipo de cambio de una moneda con respecto a otra es determinado por el nivel de demanda cruzada que experimenten entre sí, lo que a su vez está explicado fundamentalmente por la estructura productiva, la inserción externa en la economía-mundo, y por los flujos de capitales financieros de las economías en cuestión. Una economía con una sólida estructura productiva, con una especialización exportadora potente, y una captación importante de capitales financieros (como por ejemplo la suiza) tendrá una moneda mucho más apreciada que una economía con débil estructura productiva, con poca capacidad exportadora y poca recepción de capitales. Pero ojo, porque el tipo de cambio de una moneda no es equivalente al valor que tiene en el interior de su economía ni al impacto económico que puede generar su circulación.

Por poner un ejemplo extremo pero sencillo: si un Estado inyectara 1000 nuevas unidades monetarias de dinero estatal en su territorio, y ninguna de esas unidades interactuara con el exterior (ya sea porque se utilicen para incrementar el ahorro de una familia, o para liquidar deudas con un agente interno, o para consumir un producto nacional, o para iniciar una inversión interna, etc), entonces el tipo de cambio de esa moneda no se habría inmutado pero en cambio sí lo habría hecho la actividad económica nacional. Este caso extremo raramente tendrá lugar pero sirve para comprender que no todo el dinero creado en el interior de un país tendrá repercusión en los tipos de cambio: siempre habrá una proporción que estimule la actividad económica interna sin impacto externo. También sirve para impugnar radicalmente que el valor de la moneda dependa de la reducción a sustancia común de los valores de las mercancías vendidas (y por lo tanto que dependa de otras monedas o del oro).

Al margen del apunte anterior, la constatación de que la inyección de nuevo dinero puede depreciar la moneda no es nueva ni pasa desapercibida por la TMM. Astarita afirma: “no existe la posibilidad de imprimir dinero para financiar cualquier nivel de déficit fiscal sin que, en algún momento, comience a ser testeada la convertibilidad de la moneda nacional con la moneda mundial”. Nadie niega eso en la TMM, y ningún seguidor fidedigno de la TMM propondrá nunca algo similar. Hacer hincapié en que un Estado soberano puede crear todo el dinero y evitar la quiebra siempre que quiera no quiere decir que sea deseable que lo haga en cualquier circunstancia. No hay que confundir descripción con prescripción. De hecho, en la TMM está profundamente estudiado el rango de maniobra que pueden tener los Estados soberanos, y siempre va a depender del poder que tengan cada uno de ellos a nivel internacional. Cuando Astarita asegura que “las monedas se articulan de forma jerarquizada” no está diciendo otra cosa que “los Estados se articulan de forma jerarquizada”. Por eso la moneda más sólida del planeta corresponde al Estado hegemónico en términos militares, económicos, tecnológicos, culturales, etc. Es el aspecto social del dinero del que hablábamos antes, que no tiene tanto que ver con la producción de mercancías sino con el poder que tiene su emisor para imponer la utilización de su moneda. Los países más potentes tienen más margen de maniobra para crear dinero sin que su moneda se deprecie, y los países más débiles tienen menos. En cualquier caso, es importante resaltar que la depreciación de la moneda no tiene por qué ser mala per se. De hecho, puede ser positiva para relanzar las exportaciones de bienes o servicios. Además, cabría tener tiempo para una discusión política y decidir si es preferible tener pleno empleo de calidad, una moneda depreciada y quizás algo de inflación, a tener una moneda fuerte y apenas inflación pero con una elevada tasa de paro y de precariedad como ocurre hoy día en casi todos los países.

El circuito monetario

Por último, cabe hacer una mención a lo que seguramente es el argumento más débil de la crítica de Astarita, y es su razonamiento en torno al circuito monetario. Acorde a su visión, crear dinero estatal no sólo tiene problemas de devaluación monetaria, sino que además “el gasto estatal es secundario, derivado”. Esta afirmación la respalda con el siguiente ejemplo: “Si el Estado paga a trabajadores para que entierren botellas con dinero, y luego las desentierren, ese trabajo es improductivo. No genera nuevo valor, ni riqueza material”. Lo cierto es que es difícil no ruborizarse al leer ese malintencionado ejemplo. Es una pena que haya que hacer hincapié en lo siguiente, pero allá vamos: el gasto público puede generar tanto o más valor y riqueza material que el gasto privado. ¿O acaso todo el sector de la sanidad, educación, dependencia y justicia -por poner sólo cuatro ejemplos- no crean valor o riqueza material? Quizás ese gasto no pueda ser considerado “productivo” en términos marxistas porque no genera plusvalía, pero lo que jamás podrá sostenerse es que no genere valor o riqueza material.

Pero no sólo eso, sino que el propio gasto del Estado puede impulsar un negocio privado y con ello terminar generando beneficios empresariales y plusvalía: por ejemplo, cuando un desempleado recibe una prestación por desempleo y la utiliza para comprar un producto a un vendedor privado. Para hacer beneficios las empresas necesitan que la gente les compre sus productos, y no conozco todavía a ningún vendedor que rechace a un comprador por llevar dinero creado por el Estado y que exija recibir dinero creado a través de endeudamiento. Astarita parece imaginar un mundo en el que todos los recursos económicos están a pleno rendimiento, las empresas contratando a todos los desempleados existentes y vendiendo toda la producción posible, de forma que en esas condiciones cualquier nueva inyección de dinero extra no tendría utilidad y recalentaría el sistema. Pero lo cierto es que los datos nos muestran economías con alarmantes niveles de desempleo, con abrumadores niveles de productos sin vender en el almacén y con una elevada capacidad productiva inutilizada. En este contexto, cualquier impulso en la demanda se transforma en nuevas ventas, empleo (especialmente si es a través de un Trabajo Garantizado), beneficios empresariales, e incluso en inversión privada, independientemente de que ese impulso provenga de nuevo dinero estatal o de endeudamiento. Recordemos que la gente no gasta todo lo que ingresa (tienen la curiosa manía de ahorrar) y que muchos gastan fuera de nuestros países, de forma que se produce un vacío de gasto en nuestra economía que conviene rellenar para aprovechar todas las capacidades productivas. Y como el gasto privado no lo rellena, lo tiene que rellenar el público.

En definitiva, el gasto público puede estimular la actividad económica tanto directamente a través de inversiones públicas como indirectamente a través de la financiación del consumo privado. Negarlo es negar la realidad. El error de Astarita consiste en pensar que todo inicio de la actividad económica debe provenir de un capitalista que “adelanta dinero”. Pero el dinero, al ser un compromiso de pago, es siempre un adelanto, y hoy día es el Estado el encargado indiscutible de dar los adelantos y de regular los que dan los bancos. Puede ser él perfectamente quien adelante el dinero.

En resumen, la Teoría Monetaria Moderna aporta un marco analítico profundamente útil y riguroso para entender cómo funciona el dinero y cómo puede ser utilizado por los Estados para impulsar la actividad económica y mejorar el bienestar de la mayoría de la población. Aporta todo eso y nada más que eso. Ni ofrece panaceas, ni propone soluciones mágicas, ni detalla si hay que romper con el sistema capitalista o no. Es una herramienta poderosa cuyos efectos dependerán del uso que se le dé. Una herramienta que bien nos convendría utilizar desde la izquierda para combatir la enorme desigualdad que campa en nuestros países.

 


[1] Simmel, G. (1907), The Philosophy of Money, London: Routledge (1978), p. 177.

[2] Kapadia, A. (2018): “Solving the wrong problem: Bitcoin misunderstands money”, en Livemint, 8 de enero.

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