Sobre el Fondo Juncker, el nuevo vehículo de inversión europeo

Artículo escrito en colaboración con Carlos Martínez y publicado en Fundación Europa por los Ciudadanos

La Comisión Europea está dando los últimos retoques al Fondo Europeo de  Inversiones Estratégicas (llamado Fondo Juncker por el apellido del presidente de la Comisión), un vehículo europeo con el que se pretende aumentar la inversión en los  países de la Unión Europea y que previsiblemente comenzará a funcionar a principios de 2015.

Este nuevo proyecto surge como intento de dar respuesta a la situación tan  deprimente en la que se encuentran los países de la Unión Europea, en los cuales la inversión se ha reducido en casi 500.000 millones de euros según el propio presidente  de la Comisión, lo que supone una caída del 20% desde 2007. Este hundimiento de la inversión se debe a las políticas de austeridad aplicadas por los distintos gobiernos  nacionales, al menor gasto presupuestario comunitario (que desde 2014 a 2020 será un 3% menos que en el periodo anterior), y al menor crédito concedido por el Banco  Europeo de Inversiones (71.700 millones de euros en 2013 cuando en 2009 esta cuantía ascendió a los 79.000 millones).

Tras siete años de recesión o estancamiento económico parece que los gobernantes  europeos se han percatado por fin de que con la austeridad no se logra reactivar la economía sino todo lo contrario. La aplastante evidencia empírica ha revelado que sin  gastar dinero la economía sufre todavía más, y esta constatación está empujando poco a poco a los dirigentes europeos a relajar su discurso pro-austeridad. Desde  hace un tiempo ya se vienen recogiendo en los documentos comunitarios la necesidad de complementar la austeridad con “impulsos al crecimiento económico”. Así se ha  puesto de manifiesto en el ámbito de la política monetaria, puesto que el Banco Central Europeo ha comenzado a comprar determinados activos a la banca privada,  además de anunciar la posibilidad de comprar muchos más activos (privados y públicos) si la amenaza de la deflación se hace más palpable. Y ahora le toca también  a la economía productiva con este fondo europeo de inversiones.

Sin embargo, aunque a primera vista parezca que se ha dado un paso en la buena  dirección, cuando uno desciende a los detalles comprueba que no hay muchos motivos para la celebración. Veamos por qué.

1) A pesar de que el propio presidente de la Comisión reconoce que la inversión  ha caído en casi 500.000 millones de euros, la cantidad prevista para el Fondo Juncker no supera los 315.000 millones de euros en tres años. Es decir, ni siquiera en términos cuantitativos estas inversiones podrán recuperar los niveles anteriores a la crisis.

2) De esos 315.000 millones de euros, sólo 8.000 provendrán de los  presupuestos europeos (donde, por otro lado, existen dificultades para cubrir los pagos pendientes a estudiantes Erasmus, investigadores como los Nobeles de Medicina y a las pequeñas y medianas empresas) y sólo 12.000 del Banco Europeo de Inversiones. Otros 60.000 millones de euros se obtendrán a través de endeudamiento, y el resto, unos 235.000 millones de euros, se espera que lo aporte el sector privado. Es decir, el dinero público que se va a comprometer es absolutamente irrisorio, reflejo evidente de la intensa y absurda resistencia europea (alemana, fundamentalmente, aunque no sólo) a emplear las palancas del gasto público para reactivar la economía.

3) El hecho de que se espere la participación del sector privado señala que las inversiones que se van a llevar a cabo se regirán totalmente por el criterio de rentabilidad privada, puesto que las empresas no invertirán ni un euro a no ser que esperen obtener suculentos beneficios. Esto implica que el Fondo Juncker no se utilizará para financiar proyectos que no sean rentables económicamente, por muy rentables que puedan ser en términos sociales, ecológicos o culturales.

4) De hecho, el criterio para asignar el dinero a los proyectos será el de viabilidad económica, y no otros como necesidad social, sostenibilidad ecológica, distribución por países o por sectores. Los programas que se llevarán a cabo giran fundamentalmente en torno al sector energético, a las infraestructuras y a la agenda digital. En el caso de España, el gobierno ha mandando peticiones para 60 proyectos identificados: 29 para transporte (líneas ferroviarias de alta velocidad, conexiones por carreteras, renovación de estaciones, etc), 17 para el sector de tecnologías de la información (acceso a internet de alta velocidad, fundamentalmente), 12 para energía y 2 para medioambiente.

Por lo tanto, se pueden erigir cuatro críticas importantes con respecto al Fondo Juncker: en primer lugar, por su limitado volumen de recursos se trata de un tímido intento que probablemente resultará insuficiente para reactivar adecuadamente la actividad económica. En segundo lugar, al basarse su financiación mayoritariamente en inversión privada y en endeudamiento frente a los mercados financieros en vez de hacerlo en ingresos fiscales o en préstamos del Banco Central Europeo, las inversiones empeorarán el saldo público europeo al tener que pagar importantes intereses de deuda y al mismo tiempo permitirán el enriquecimiento de los acreedores privados (los mismos que deberían contribuir más a los ingresos fiscales). En tercer lugar, buena parte de los proyectos que se van a realizar son claramente innecesarios para mejorar la vida de una población que necesita empleo y recursos y no líneas de alta velocidad que recorran todos los confines de la península. En cuarto lugar, la inmensa mayoría de estos proyectos resultan enormemente intensivos en extracción y transformación de recursos naturales, emisión de residuos y deterioro medioambiental.

Un Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas que resultase eficaz, justo y respetuoso con el medio ambiente debería estar diseñado de forma muy diferente al que nos presenta el equipo de Juncker: necesitaría disponer de un volumen de recursos muy superior al propuesto, estar financiado en su mayoría por dinero público (tanto a través de ingresos fiscales como de préstamos del Banco Central Europeo) sin importar el déficit y deuda públicas en que se pudiese incurrir (ya se atenuarían a medida que se reactivase la economía, en buena parte gracias a estas inversiones), y estar mayoritariamente orientado hacia la creación directa de empleo público que realizase actividades en beneficio de la sociedad y de la naturaleza, y no en beneficio de una minoría empresarial.

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