Sobre el Mecanismo Único de Supervisión y la Unión Bancaria Europea

Artículo escrito en colaboración con Carlos Martínez Núñez y publicado en Fundación Europa de los Ciudadanos

El pasado 3 de noviembre el Banco Central Europeo estrenó el Mecanismo Único de Supervisión (MUS), organismo que se va a encargar de vigilar directamente a los 120 principales bancos de la zona euro e indirectamente al resto. El MUS no es más que una primera pata de la Unión Bancaria que ya en junio de 2012 los gobernantes de la Eurozona concibieron como una posible solución a las crisis bancarias.

Existe un amplio consenso a la hora de considerar responsable a la banca privada de buena parte de los problemas económicos actuales. Al fin y al cabo los bancos fueron los agentes que se endeudaron en niveles mastodónticos para conceder y estimular un crédito también desorbitado a familias y empresas. Este fenómeno se agotó en el año 2008 dando paso a una crisis bancaria de enorme envergadura: el flujo del dinero se detuvo, el mercado interbancario colapsó, y con él la actividad bancaria, asestando un golpe mortal a la economía productiva (dependiente de este endeudamiento). Las pérdidas de los bancos no fueron salvadas o compensadas con el capital de sus accionistas o acreedores, sino con dinero del contribuyente. Estas ayudas públicas a la banca inflaron de una manera muy importante los déficit públicos de muchas economías de la zona euro, dando lugar unos años más tarde a la crisis de la deuda pública. Y el sobreendeudamiento de empresas, familias y Estados es lo que hoy día complica enormemente la recuperación de la economía.

En consecuencia, el objetivo que los gobernantes europeos declaran perseguir con una Unión Bancaria es doble: 1) evitar el estallido de crisis bancarias y 2) en caso de no lograrlo, resolver las crisis de forma que el contribuyente sea el último en tener que pagar los platos rotos.

El punto 1 es el que se pretende abordar con el MUS. Se trata de supervisar la actividad de los bancos para que no incurran en prácticas tan arriesgadas como las pasadas. Para ello se han dictado normas obligatorias que han de cumplir todos los bancos, especialmente en lo referente a provisiones de capital. Una provisión de capital es el dinero que los bancos han de guardar como “colchón” por si algún préstamo no es devuelto o por si alguna inversión fracasa, de forma que puedan soportar las pérdidas con ese dinero reservado.

Sin embargo, aunque son medidas bien encaminadas para fortalecer la posición de los bancos, son claramente insuficientes por dos motivos:

  • Numerosos analistas ya han manifestado su preocupación por la laxitud en estas medidas de control, al diseñar unos indicadores de referencia inadecuados o al establecer exiguos niveles mínimos en muchos de estos indicadores, así como al seguir permitiendo el mismo tipo de prácticas arriesgadas que generaron importantes desequilibrios financieros en el pasado.
  • La crisis del sistema financiero no sólo se ha producido por la gestión y la falta de supervisión a las entidades bancarias, sino fundamentalmente por la naturaleza de las actividades con las que hacían negocio. El sistema bancario no crea renta por sí mismo, si no que sus beneficios provienen en última instancia de su papel como financiador de la economía real a través de lo que se conoce como “punción financiera” (beneficios que obtiene por prestar dinero o por los productos financieros que pone en el mercado). El hecho de tener a un sistema bancario dedicado a sectores financieros cada vez más alejados de la actividad productiva o dedicado a financiar sectores productivos especulativos como el sector de la construcción, aumentan de forma significativa la exposición al “riesgo de crédito” de un sector bancario.

Para entenderlo mejor, se pueden poner dos ejemplos:

  1. Uno de los instrumentos de inversión del sistema financiero son los hedge funds (fondos de inversión de alto riesgo) que ofrecen a los inversores la posibilidad de altos rendimientos. Los hedge funds son terriblemente opacos, incluso para los mismos inversores, dado que los gestores ocultan la información bajo el pretexto de no revelar sus estrategias a la competencia. Es prácticamente imposible someter a un instrumento financiero como éste a obligaciones de información y a normas regulatorias y supervisoras directas, ya que existen enormes dificultades para poner precio a instrumentos así que no se negocian en mercados secundarios líquidos. Por tanto, tratar de “supervisar mejor” o “mejorar la información” en este tipo de actividades de inversión y comercialización de la banca no va a prevenir de riesgos sistémicos porque la única forma de hacerlo pasa por prohibir este tipo de actividades a las que se dedica la banca.
  1. Un banco puede conceder un crédito a una empresa constructora que es solvente (es decir, que puede devolver el dinero prestado) y cuando estalla la burbuja inmobiliaria por la que obtenía grandes beneficios verse imposibilitada de saldar su deuda (caer en “riesgo de crédito”). Es decir, inversiones sanas a priori pueden convertirse en tóxicas simplemente por la dinámica de la economía real, sin necesidad de que los bancos hayan acometido malas prácticas. Porque la salud de los bancos no depende únicamente de cómo gestionen sus actividades, sino también y fundamentalmente de la salud de la economía productiva. Esto es precisamente lo que ha pasado de forma generalizada y uno de los motivos por el que los bancos se encuentran en una mala situación. En consecuencia, supervisar la gestión del banco no es suficiente para asegurar su buen estado de salud.

El punto 2 (en caso de que la supervisión falle y se produzca una crisis bancaria, resolverla de forma que el contribuyente sea el último en tener que pagar los platos rotos) es el que se pretende abordar con el Mecanismo Único de Resolución (MUR), que todavía no ha sido puesto en marcha. Su naturaleza y fecha de creación dependerá de las futuras negociaciones políticas entre todos los miembros de la Eurozona, pero se espera que comience a funcionar en el año 2016. De momento se han decretado una serie de normas y líneas de actuación que se discutirán a finales de este año. Estas directrices son las siguientes:

  • El banco que tenga dificultades comenzará vendiendo parte de sus activos para conseguir dinero y así saldar sus deudas.
  • A continuación, los primeros en soportar las pérdidas serán los accionistas, seguidos de los acreedores de bonos convertibles y bonos junior, para terminar con el resto de acreedores.
  • Si no bastara para resolver el problema, se cargarían pérdidas a los depositantes de más de 100.000 euros en sus cuentas bancarias.
  • En caso de que las medidas anteriores no sean suficientes, sería el sector bancario a nivel europeo quien contribuiría a reparar el daño a través de un fondo constituido para tal fin.
  • Este fondo bancario empezaría a originarse en el año 2016 e iría nutriéndose de aportaciones de todos los bancos europeos, que cada año tendrían que destinar una cantidad equivalente al 0,8% de los depósitos asegurados, con modificaciones en función del riesgo financiero en el que incurran. Para el año 2024 se estima que el fondo alcanzaría la cifra de 55.000 millones de euros.
  • Si este fondo resultase insuficiente, pasaría a soportar las pérdidas el contribuyente.

Como se puede ver, el objetivo principal es que el contribuyente sea el último en pagar los platos rotos de la banca. Al mismo tiempo, al existir un fondo bancario común que respalda a todos los bancos de la Eurozona (y de otros países de la UE sí así lo desean), se mutualizan los riesgos de las entidades, de forma que haya motivos para confiar por igual en un banco griego que en uno alemán. Dotar de confianza al sistema bancario europeo es otro de los objetivos que se persiguen.

No obstante, este diseño (todavía no aprobado) alberga importantes deficiencias. Se citan tres de las más importantes:

  • La creación del fondo es gradual (año a año), y comenzará en 2016, por lo que no estará completo hasta dentro de diez años. Es evidente que de producirse pronto una crisis bancaria importante este fondo no estaría listo conforme a su diseño.
  • Incluso aunque la crisis bancaria se produjese después de 2024, es muy probable que la cantidad total del fondo resulte insuficiente para solventar los problemas. Valga un botón: para 2024 se estima que la cantidad atesorada será de 55.000 millones de euros, mientras que sólo entre 2008 a 2012 las ayudas públicas europeas a la banca alcanzaron los 560.000 millones de euros[1], diez veces más.
  • No hay previstos mecanismos de reparto de las cargas fiscales (más allá del limitado Mecanismo Europeo de Estabilidad). Es decir, en el caso más que probable de que sea el sector público quien tenga que aportar dinero, nada se dice de si habrá de hacerlo el Estado en cuestión o la Eurozona en su conjunto. Por lo tanto, esta unión bancaria no va acompañada de una unión fiscal, que es un complemento indispensable para que sea de verdad una unión bancaria. En el caso de Estados Unidos la interrelación de ambas dimensiones es clara. Por ejemplo, cuando los bancos del Estado de Nevada (de tamaño similar a Irlanda) quebraron, no fue el Estado quien se hizo cargo del rescate (de un coste del 10% del PIB de Nevada) sino todos los Estados a través del presupuesto federal. Esto, que sí es una auténtica unión bancaria y fiscal, no puede ocurrir en la Unión Europea porque no hay mecanismos diseñados para ello.

Sea como fuere, ni siquiera es necesario analizar este segundo pilar de la Unión Bancaria para concluir que este proyecto se enfrenta a obstáculos de enorme envergadura. Al fin y al cabo, sólo se ha estrenado el primer pilar (el MUS) y para el segundo pilar queda al menos más de un año, suponiendo además que las negociaciones políticas no ralenticen el proceso (lo cual parece más que probable atendiendo a la falta de solidaridad y de acuerdo entre los estados miembros de la Unión Monetaria). Una supervisión única no sirve de nada si no se acompaña de mecanismos únicos de resolución.

Esto es algo que acabamos de comprobar con las pruebas de resistencia y de calidad de activos que ha llevado a cabo el Banco Central Europeo y la Autoridad Bancaria Europea: han puesto de manifiesto un déficit de capital de 25.000 millones de euros (¡casi la mitad del futuro fondo bancario comentado!) en determinados bancos pero este agujero no se cubrirá de forma comunitaria, sino que se le encomienda a los bancos afectados que adquieran capital en los mercados financieros. Si no pueden hacerlo, entonces será el sector público nacional quien cubra esa deficiencia. En consecuencia, no sólo no puede haber Unión Bancaria con la simple existencia del MUS, sino que este organismo acelera el trasvase del coste bancario a los bolsillos de los contribuyentes, algo que los dirigentes europeos dicen evitar con esta aventura institucional.

 

[1] Si incluimos garantías, la cifra alcanza entre 2008 y 2010 los 1.600.000 millones de euros. Datos de la propia Comisión Europea. Disponible en http://europa.eu/rapid/press-release_IP-13-1301_en.htm

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