Teoría Monetaria Moderna para principiantes 17. Hiperinflación

En el capítulo anterior ya exploramos con cierto detenimiento qué es y qué causa la inflación. En éste haremos lo propio con la hiperinflación, que es un fenómeno parecido a la inflación pero de distinta naturaleza, aunque no suela ser considerado así.

Recordemos que la hiperinflación es un incremento vertiginoso y descontrolado de los precios. En su clásico artículo de 1954, Phillip Cagan definió la hiperinflación como una tasa de crecimiento de los precios superior al 50% al mes. En cualquier caso, sea cual sea el nivel en el que situemos esa frontera, lo importante es entender que estos episodios son cualitativamente distintos de los episodios inflacionarios. Cuando hay inflación los agentes económicos se van anticipando al aumento previsto de los precios y actúan en consecuencia. En cambio, cuando hay hiperinflación los precios suben tan rápidamente que los agentes económicos no tienen tiempo de reaccionar. Los precios son, de pronto, mucho más elevados que el día anterior, y al día siguiente lo son todavía más. El dinero en la cuenta bancaria no puede, de repente, comprar ni la mitad de lo que podía haber comprado dos semanas atrás. Los vendedores llegan a aumentar el precio de los productos hasta varias veces en el mismo día. Eso no es inflación, es algo muchísimo peor. Es una situación dramática que provoca un terrible daño económico y social. Nadie quiere vivir esa experiencia.

¿Cómo se llega a esta situación? Bueno, la versión dominante es muy conocida y no necesita mucha presentación: el Estado, utilizando su banco central, se excede creando dinero para financiar sus gastos. En palabras de Paul Krugman, premio Nobel de economía: “cuando los gobiernos no pueden aumentar los impuestos o pedir prestado para pagar sus gastos, a veces recurren a la imprenta, tratando de extraer grandes cantidades de señoreaje. Esta es la clásica receta para la hiperinflación.”. Acorde a esta visión, al haber mucho más dinero en circulación y la misma cantidad de producción, éste perdería su valor, por lo que se necesitarían muchas más monedas o billetes para comprar los mismos productos que antes. A partir de aquí se generaría un círculo vicioso: frente a esa rápida pérdida de valor, la gente pasaría a desprenderse de esa moneda y a obtener otra distinta o activos que no perdiesen su valor, lo que no haría sino acelerar el proceso de devaluación monetaria. La hiperinflación habría estallado.

En realidad, es la misma argumentación de Milton Friedman que ya vimos y es utilizada tanto para una inflación de un dígito como para una hiperinflación de 50.000%. Si en un caso los precios crecen mucho más sería simplemente porque el Estado ha creado mucho más dinero.

Pero esta explicación, por muy intuitiva que parezca, es completamente errónea. Vamos a ver por qué.

La hiperinflación aparece sólo en condiciones absolutamente extremas que no son provocadas por factores económicos, sino por acontecimientos políticos de enorme trascendencia que acaban provocando un hundimiento de la producción. Me refiero a revoluciones sociales, guerras, insurrecciones armadas, golpes de Estado, colapsos de sistemas políticos y económicos…

Estos turbulentos acontecimientos, que suelen conllevar asesinatos, destrucción de centros productivos, inestabilidad política, inseguridad jurídica, etc., acaban afectando muy negativamente a los niveles de producción, que se hunden de la noche a la mañana. Claro, si los productores mueren, son encarcelados, o si debido a la incertidumbre política y social no pueden obtener lo necesario para producir, o creen que es peligroso hacerlo, pues el resultado es que producen mucho menos de forma que la producción a la venta se desploma en muy poco tiempo.

¿Y qué pasa cuando, de pronto, hay mucha menos producción a la venta, pero la misma capacidad de gasto? Pues que los vendedores aumentan mucho el precio de los pocos productos que tienen para ganar lo máximo posible, pues tienen tantos clientes y están tan necesitados que saben que pongan el precio que pongan sus pocos productos serán comprados. Si recordamos nuestra metáfora de la planta, en la que la capacidad productiva de la economía es el tamaño de la maceta y la cantidad de gasto es el agua necesaria para regarla, el hundimiento de la producción provocado por los acontecimientos políticos mencionados implicaría que, de pronto, el tamaño de la maceta colapsase y fuese mucho menor, de forma que la cantidad de agua que ya había resultaría excesiva, ahogando por lo tanto la planta. La clave pasa por entender que lo que causa el problema no es que se riegue demasiado la planta, sino que el tamaño de la maceta colapse de golpe. De igual forma, tenemos que entender que en los episodios de hiperinflación lo que causa el problema no es que se cree demasiado dinero, sino que se hunda de golpe la producción, haciendo que la cantidad de dinero que había en circulación se vuelva excesiva. Es decir, la culpa no la tiene un Estado que se ha pasado creando dinero, sino una economía que se derrumba por culpa de algún acontecimiento político de consecuencias extremas.

Vale, pero entonces alguien podría preguntarse: “¿por qué en todos los países en los que hay hiperinflación vemos cómo el dinero creado por el Estado se dispara y por qué la gente acaba acumulando tantísimos billetes? ¿No es esto la prueba de que el Estado se ha pasado creando dinero? ¡No puede ser casualidad que al mismo tiempo que aumenta la cantidad de dinero aumenten los precios!”

A lo que habría que responder que no es casualidad, pero no por el motivo que está pensando. Hagámonos la siguiente pregunta ¿qué pasa cuando los productos que compras cuestan más? Pues que necesitas más dinero para comprarlos, ¿no? Cuando sales de casa a comprar una bombilla sales con poco dinero, pero si sales a comprar un coche o una vivienda sales con mucho más. Pues aquí ocurre lo mismo: el vertiginoso incremento de los precios -causado por un desplome de la producción- conlleva que el Estado, las familias y las empresas necesiten mucho más dinero que antes.

Por un lado, para comprar productos y contratar servicios que son mucho más caros, el Estado tiene que aumentar su gasto y déficit, creando así más dinero. A su vez, los empleados públicos exigen mayores sueldos para afrontar los nuevos precios, así que el Estado vuelve a aumentar su gasto público. Por si fuera poco, como muchos trabajadores son despedidos, el Estado les paga el desempleo, lo que implica más gasto público. Y también puede ocurrir que, en este contexto de crisis, el Estado apruebe nuevas ayudas públicas para las familias y empresas que se quedan sin recursos, incrementando todavía más el gasto público y la creación de dinero.

Por otro lado, las familias sacan su dinero de sus bancos, en parte para comprar productos que son ahora más caros y en parte porque quieren cambiar su moneda nacional por otra que no pierda valor. Así que obligan a los bancos a cumplir su compromiso de entregar dinero estatal, por lo que estos tienen que pedir al banco central que le suministre nuevos billetes, porque ya sabemos que no tienen tantos como han prometido. Consecuencia: las autoridades tienen que crear muchos más billetes y poner más dinero en circulación.

Esto es precisamente lo que cuenta el presidente del Reichsbank -el banco central alemán de la época- que ocurrió en 1923, año en que Alemania sufrió una dramática hiperinflación: “En 1923 se necesitaron 133 imprentas adicionales con 1.783 máquinas para abastecer la demanda. Más de treinta fabricantes de papel trabajaron a pleno rendimiento únicamente para proporcionar papel para los billetes del Reichsbank. Sin embargo, incluso con esta inmensa producción, el Reichsbank no pudo entregar suficientes billetes para satisfacer la demanda. A menudo tenía que pedir a las provincias, los municipios y las grandes empresas individuales que imprimieran y pusieran en circulación su propio dinero de emergencia.”

Este relato evidencia que el dinero se creaba porque la gente necesitaba más cantidad -en parte para comprar productos que se habían encarecido muchísimo-, no porque el Estado se hubiese vuelto loco creando dinero para aumentar su gasto porque sí, como algunos tratan de hacer creer.

Como nos recuerda José Luis Sampedro: “Lo importante es saber por qué las autoridades monetarias expanden la cantidad de dinero. Es de suponer que, cuando lo hacen, será porque no tienen más remedio, por las razones que sean. Lo que debe explicarnos la teoría, so pena de padecer de insuficiencia, es el conjunto de razones que determinan ese aumento de la cantidad de dinero”.

Y la teoría económica convencional no explica esas razones, simplemente se limita a señalar que las autoridades crean mucho dinero, normalmente indicando que es porque quieren obtener rédito político y electoral incrementando el gasto. Pero lo cierto es que el Estado crea el dinero porque las familias y empresas se lo piden para afrontar la subida de precios, no porque se le haya antojado hacerlo.

¿Recordáis el concepto de dinero endógeno? Pues aquí se ve claramente: es la mayor necesidad de transacciones monetarias -derivada de mayores precios- lo que provoca mayor creación de dinero.

Jean-Luc Bailly y Claude Gnos lo resumen muy bien con estas palabras: “La expansión de la masa monetaria no gobierna la evolución del nivel de precios sino que, por el contrario, depende de ella”.

La causalidad es precisamente la inversa de la que siempre nos cuentan: primero, sucede algún acontecimiento político extremo que provoca escasez de productos, segundo, los vendedores suben mucho los precios de los productos para aprovechar lo máximo posible esos pocos productos que tienen, y tercero, se crea nuevo dinero para poder comprar esos productos que tienen precios más elevados. ¡La creación de dinero es la consecuencia de la hiperinflación, no su causa! La causa de la hiperinflación es un derrumbe de la producción debido a algún acontecimiento político extremo, que es lo que ocurre en primer lugar.

Esto, por cierto, es incluso reconocido por Steve Hanke y Nicholas Krus, economistas nada sospechosos de abrazar teorías heterodoxas: “La hiperinflación surge solo en las condiciones más extremas, como la guerra, la mala gestión política o la transición de una economía dirigida a una economía de mercado”.

Y es que si realizamos un repaso histórico por todos los episodios en los que ha habido hiperinflación, veremos que en todos ellos se cumplen estas condiciones extremas. Un famoso estudio realizado por el Instituto Cato identifica -utilizando la definición de Cagan- todos los casos de hiperinflación que ha habido desde que se tienen datos fiables -que básicamente es desde comienzos del siglo XX-. El resultado es que, a lo largo de todo el planeta, ha habido sólo 56 episodios de hiperinflación que han tenido lugar en solamente 38 países de unos 200 que existen en total (hay más episodios que países porque en algunos se ha repetido el drama).

Vamos a ver qué países son esos y cuándo tuvieron hiperinflación. Del total de 38 países, exactamente la mitad son repúblicas ex soviéticas -o países ex socialistas como la antigua Yugoslavia- que sufrieron episodios de hiperinflación justo cuando la Unión Soviética se disolvió en 1991. La transición desde un modelo de economía planificada a uno de economía de mercado conllevó una profunda destrucción de la producción, que cayó casi a la mitad en sólo 1 año. Hay que tener en cuenta que en estos países los productores estaban acostumbrados a realizar su actividad siguiendo directrices estatales; cuando se les empujó a operar en el mercado ni siquiera sabían a quiénes debían comprarles las materias primas ni a quiénes les podían vender los productos. Fue un desastre absoluto.

Otros cinco países que sufrieron hiperinflación fueron los más afectados por la primera guerra mundial: Alemania, Austria, Hungría, Polonia, y la ciudad libre de Danzig (en la actual Polonia). La destrucción ocasionada en su territorio por el conflicto bélico provocó un desplome en su capacidad productiva, y la invasión por parte de Francia y Bélgica del centro alemán de producción del carbón, hierro y acero situado en la Región del Ruhr en enero de 1923, dio la puntilla para que se terminase de desatar la hiperinflación: muchísima menos producción pero la misma cantidad de gasto (en parte porque el Estado dio ayudas a las empresas y trabajadores afectados por la invasión).

Con respecto a la hiperinflación de Alemania, Phil Amstrong y Warren Mosler concluyen lo siguiente: “identificamos como la causa de la inflación que el gobierno alemán pagase continuamente precios más altos por sus compras, tanto directamente a los funcionarios y contratistas del gobierno, como indirectamente a través de aumentos salariales organizados del sector privado que permitieron que el sector doméstico pagara los precios más altos, e identificamos el aumento en la cantidad de dinero y la impresión de cantidades crecientes de billetes como consecuencia de la hiperinflación, más que como su causa.”

En estos casos, la inflación importada -es decir, que los precios internos aumenten porque sale más caro comprar productos en el extranjero- también jugó un papel importante a la hora de espolear la hiperinflación.

Como resume Karl Helfferich, candidato a la presidencia del Reichsbank en 1923: “La consecuencia necesaria y directa de las elevadas tasas de cambio del oro, en las que se expresó el colapso de la moneda alemana, fue un aumento correspondiente en los precios de todas las mercancías que Alemania importaba de países con altos tipos de cambio. Debido a la importancia de las importaciones para la alimentación de la población y para la industria alemana, el alto coste de las importaciones se reflejaría, necesariamente, en sueldos y salarios y, en última instancia, en los precios de los bienes producidos en el país. El aumento de sueldos y salarios, combinados con los precios más altos de todos los materiales, llevaron, por supuesto, a un aumento de los gastos del Reich”.

Y sentencia: “es inmediatamente obvio que en el caso de Alemania el aumento en la circulación de billetes no precedió al aumento de precios sino que [lo] siguió, pero lentamente y con cierta distancia en el tiempo”.

La Segunda Guerra Mundial también dejó a su paso varios episodios de hiperinflación; en Europa la sufrieron Hungría y Grecia; y en Asia lo hicieron China, Taiwán y Filipinas.

Pero no sólo los conflictos internacionales desatan hiperinflaciones. La guerra civil del Congo en 1993 y la de Angola en 1994 destruyeron tanta capacidad productiva en tan poco tiempo que los precios se dispararon hasta niveles estratosféricos.

Tampoco hace falta llegar a una guerra civil para que la producción de tu país colapse: basta con que se produzcan sangrientos golpes de Estado, insurrecciones militares o revoluciones políticas y sociales, como las que se vivieron en Chile en 1973, en Bolivia en 1984, en Nicaragua en 1986, en Perú en 1988, y en Argentina y Brasil en 1989.

Y hablando de revoluciones sociales: la Revolución Francesa transformó tanto la economía y destruyó tanta capacidad productiva que en 1795 el país galo sufrió el primer episodio de hiperinflación del que se tiene constancia.

Por último, nos quedarían las dos hiperinflaciones más recientes en la historia, que son la de Zimbabue en 2007 y la de Venezuela en 2017.

En el primer caso encontramos el detonante en una radical reforma agraria que comenzó en el año 2000 y que expropió las posesiones agrícolas al 1% más rico de la población que concentraba el 70% de las tierras productivas (de raza blanca y ligada a la élite de la dictadura de la que provenían) para repartirla entre buena parte de la población. El problema es que esos nuevos propietarios no tenían los conocimientos ni las habilidades suficientes para mantener el mismo ritmo de producción, más allá de las denuncias de boicot y sabotaje que supuestamente habrían llevado a cabo los antiguos propietarios como vía para atacar al gobierno que había llevado a cabo la reforma. En consecuencia, la producción agrícola se desplomó en muy poco tiempo un 45%, y esta escasez afectó al resto de la economía. Como señala Bill Mitchell: “La producción manufacturera cayó un 29 por ciento en 2005, un 18 por ciento en 2006 y un 28 por ciento en 2007. En 2007, sólo se utilizaba el 18,9 por ciento de la capacidad industrial de Zimbabue. Esto reflejó una variedad de cosas, incluida la escasez de materias primas”. Como resultado, con mucha menos producción y misma capacidad de gasto, se desató uno de los episodios de hiperinflación más dramáticos de la historia.

En el segundo caso, Venezuela en 2017, encontramos el detonante en un grave desabastecimiento de los productos que la economía venezolana necesita importar para su buen funcionamiento y para el bienestar general de la población. Ya sea por escasez de divisas para importar esos productos -como denuncia la oposición venezolana- o por un sabotaje selectivo de las grandes empresas para dañar a la revolución bolivariana -como denuncia el gobierno venezolano-, el resultado es el mismo: muchísima menos producción a la venta de repente y misma cantidad de gasto; y por lo tanto, hiperinflación. En cualquier caso, lo que está claro es que los problemas monetarios de Venezuela se derivan de un conflicto político interno -e internacional- que lleva ya décadas en auge, no porque el Estado se haya vuelto loco creando dinero. Si queréis profundizar en este caso tan actual, os dejo más material en la descripción del vídeo.

En resumen, tenemos solamente 38 países que han sufrido hiperinflación y han coincidido con revoluciones, guerras, conflictos armados, insurrecciones militares y con derrumbamientos de regímenes políticos que han hundido la producción. Menuda casualidad, ¿no? Está claro y es absolutamente innegable que la hiperinflación va de la mano del conflicto político y militar y, sin embargo, vemos y escuchamos por todos lados mensajes que alertan de que si un gobierno crea mucho dinero se producirá hiperinflación, aunque el país tenga la democracia más consolidada del mundo y esté lejos de sufrir un conflicto bélico. Se trata de una visión absolutamente miope y anticientífica, y que sin embargo está extraordinariamente extendida. Es el triunfo del dogmatismo frente a la ciencia, de la homeopatía frente a la medicina, o de la astrología frente a la astronomía.

Otra cuestión es que se diga que, una vez desatada la hiperinflación debido a la caída repentina de la producción -que a su vez deriva de un conflicto político de consecuencias extremas-, mayor gasto del Estado tienda a empeorar las cosas. Eso es algo diferente y es más difícil de refutar. Podría ser. Pero en cualquier caso esa creación de dinero a través del gasto público no sería la causa de la hiperinflación, sino solamente algo que añadiría más leña al fuego ya existente. Como nos recuerda Joseph Grunwald: “los factores monetarios pueden ser importantes, pero nada más que como fuerzas que propagan la inflación, pero que no la originan. Lo que preocupa son las fuerzas subyacentes que ejercen tal presión sobre las autoridades monetarias que hacen casi inevitable la expansión de la oferta de dinero”.

Pero, contribuya a empeorar la hiperinflación o no, el mayor gasto del gobierno es necesario en dicha situación para que la gente no pierda tanta capacidad adquisitiva. Si el Estado no incrementara los sueldos, si no pagara desempleo, si no cubriera la demanda de billetes y reservas bancarias de los bancos, entonces la gente y la economía todavía sufriría muchísimo más, porque las quiebras proliferarían y las familias difícilmente podrían llevarse algo a la boca.

Como señala Rob Parenteau: “en hiperinflación, para que el poder adquisitivo de los hogares se mantenga al día con el aumento de precios, los ingresos nominales de los hogares o el acceso al crédito deben incrementarse en sincronía con los aumentos de precios”.

Por eso la recomendación típica de la teoría económica convencional para combatir la hiperinflación, que pasa por que el Estado restrinja fuertemente su gasto público, sólo logra agravar el dolor. Otra cosa es lo que ocurra con el crédito bancario, que es otra vía de generación de dinero, porque al canalizarse en forma de préstamos, no es tan esencial para la supervivencia de las familias, sólo de las empresas. De hecho, la hiperinflación de Alemania de los años 20 se combatió finalmente con la prohibición en la concesión de créditos, para no echar tanta leña al fuego: el presidente del Reichsbank Schacht señaló que “el 5 de abril de 1924 se emitió un edicto por el cual a partir del 7 de abril no se otorgaría ningún nuevo crédito de ningún tipo y se suspendería todo nuevo descuento de letras de cambio”.

Y es que, si la causa de la hiperinflación no es el gasto público sino la escasez de productos, reducir el gasto público no logrará acabar con la hiperinflación. La única forma de lograrlo es incrementando de nuevo la producción y mejorando el valor de tu moneda para acabar con la inflación importada, y eso puede lograrse mientras el Estado continúa gastando dinero para reducir todo lo posible el daño social. De hecho, eso es lo que finalmente ocurrió en Alemania en los años 20, por ejemplo.

Como señala Helfferich: “tras una mejora en el tipo de cambio del marco, los precios cayeron a pesar de que el volumen de billetes emitidos siguió aumentando significativamente.”

Por eso no hay que obsesionarse con reducir el gasto público, ya que ésa no es la causa de la hiperinflación. La causa es otra y no puede ser olvidada. Como señala J. D. Alt: “la emisión de demasiado dinero hiperinflacionario es una respuesta gubernamental reflexiva y de emergencia a otro problema subyacente que provocó que la hiperinflación comenzara en primer lugar. Decir que “imprimir dinero” causa hiperinflación es como decir que las “llamas” causan un incendio. El problema subyacente que ha causado todos los casos históricos (y contemporáneos) de hiperinflación es el mismo: el colapso general y significativo de la producción de bienes y servicios de una nación”.

En fin, al contrario de lo que reza la visión dominante, la Teoría Monetaria Moderna tiene muy claro que la hiperinflación nunca surge por que un gobierno cree demasiado dinero, sino porque algún acontecimiento político de consecuencias extremas hunde la producción y los vendedores reaccionan disparando los precios. A su vez, la reducción en la producción desploma el valor de la moneda en comparación con otras, generando así inflación importada que sólo agrava las cosas. Y como para comprar productos que ahora cuestan mucho más es necesario tener más dinero, las autoridades aumentan su cantidad y lo inyectan en la economía a través del gasto público y del sistema bancario. Pero la creación de dinero es la consecuencia de la hiperinflación, no su causa.

En el próximo vídeo hablaremos de cuál es la recomendación política específica de la Teoría Monetaria Moderna para alcanzar el pleno empleo sin generar inflación: el Trabajo Garantizado.

 

Referencias:

Artículo clásico de Cagan sobre hiperinflación: Cagan, P. 1956. The monetary dynamics of hyperinflation. In Studies in the Quantity Theory of Money, ed. M. Friedman, Chicago: University of Chicago Press.

Artículo de Steve Hanke sobre la hiperinflación

https://www.cato.org/commentary/hyperinflation-no-inflation-yes

Estudio sobre episodios históricos de hiperinflación https://www.cato.org/sites/cato.org/files/pubs/pdf/workingpaper-8.pdf

Artículo de Randall Wray sobre hiperinflación: https://multiplier-effect.org/mmt-and-hyperinflation/

Artículo de Rob Parentau sobre hiperinflación: http://neweconomicperspectives.org/2010/03/hyperinflation-hyperventalists.html

Artículo J. D Alt sobre hiperinflación: http://neweconomicperspectives.org/2020/03/manhattan-project-to-prevent-hyper-inflation.html

Artículo de Phil Amstrong y de Warren Mosler sobre la hiperinflación en Alemania durante los años 20 del siglo XX

http://www.redmmt.es/la-hiperinflacion-de-la-republica-de-weimar-a-traves-de-la-lente-de-la-teoria-monetaria-moderna-parte-1-de-3/

Libro sobre hiperinflación en Alemania: Schacht, H. (1967), The Magic of Money, Paulton, Somerset: Purnell and Sons.

Libro sobre hiperinflación en Alemania: Helfferich, K (1969/1927), Money, (Trans. Louis Infield), New York: Augustus M. Kelley.

Artículo de Bill Mitchell sobre la hiperinflación en Zimbabue http://bilbo.economicoutlook.net/blog/?p=3773

Libro sobre los problemas económicos y monetarios en Venezuela: “La mano visible del mercado: Guerra económica en Venezuela” Pascualina Curcio https://tiendaroja.es/economia-politica/38-la-mano-visible-del-mercado-guerra-economica-en-venezuela-pascualina-curcio-curcio.html

Declaraciones de Mark Weisbrot sobre la hiperinflación en Venezuela: https://bit.ly/3leMoA2

Artículo de Mark Weisbrot sobre los problemas económicos y monetarios de Venezuela https://truthout.org/articles/venezuela-s-economic-crisis-does-it-mean-that-the-left-has-failed/

Mi artículo sobre hiperinflación Venezuela (parte I) https://www.lamarea.com/2018/08/29/la-hiperinflacion-en-venezuela-no-ha-sido-generada-por-crear-mucho-dinero-i/

Mi artículo sobre hiperinflación Venezuela (parte II) https://www.lamarea.com/2018/08/30/la-hiperinflacion-en-venezuela-no-ha-sido-generada-por-crear-mucho-dinero-ii/

Caída PIB Rusia https://www.mundopepone.com/2012/03/14/el-origen-de-los-actuales-multimillonarios-rusos/

Artículo sobre dinero endógeno: Jean-Luc Bailly y Claude Gnos (2006) Definición e integración del dinero: la aportación de la tesis de la endogeneidad. P. 219-230. En Piegay, P. y Tochon, L.P. (eds.) Teorías monetarias poskeynesianas, Madrid: Akal

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