Teoría Monetaria Moderna para principiantes 16. Inflación

Puesto que en nuestras economías modernas los productos se venden a un determinado precio, es siempre muy importante estudiar y vigilar la evolución de esos precios para que no se produzcan situaciones indeseables, como la que se podría vivir si creciesen de forma rápida y generalizada, que es lo que se conoce como “inflación”. Sobre su naturaleza, causas y consecuencias hay desgraciadamente muchos errores y falsas creencias que enturbian siempre el debate económico. Uno no puede entender bien la realidad económica si sigue utilizando en sus análisis teorías que no tienen el mínimo rigor científico, que no soportan ninguna prueba empírica y que suelen estar sesgadas por intereses económicos y políticos. En éste y en el próximo vídeo abordaremos con cierta profundidad este importante asunto.

Antes de nada haré tres puntualizaciones iniciales muy importantes para que todo quede lo más claro posible. La primera es que es fundamental definir con precisión lo que es la inflación. Ésta consiste en un incremento generalizado y sostenido de los precios. Es decir, los precios tienen que aumentar en todos o casi todos los productos, y tienen que hacerlo de forma prolongada en el tiempo, no basta con que sea un incremento puntual. Por ejemplo, si el gobierno aumenta el IVA un año y eso produce un incremento de los precios dicho año, pero no los siguientes, eso no es inflación. Otro ejemplo, si aumentan mucho los precios de las viviendas, pero no el del resto de los productos, eso tampoco es inflación. Último ejemplo, si en las vacaciones de verano aumentan mucho los precios de la hostelería y de otros productos asociados pero ese efecto se desvanece al terminar las vacaciones, entonces tampoco es inflación.

La segunda puntualización es que hay que distinguir la inflación de la hiperinflación. La inflación es cualquier incremento generalizado y sostenido de los precios que no conlleve un incremento descontrolado de los mismos, un límite que se suele fijar  en el 1.000% al año. En cambio, se llama hiperinflación a un incremento de los precios descontrolado que suele superar el 1.000% anual. La distinción es importante porque casi nadie la suele hacer, a pesar de que no se trata del mismo fenómeno, ni responden a las mismas causas, ni tampoco tienen las mismas consecuencias. Es frecuente ver análisis que no realizan esa distinción, como si fuese lo mismo un aumento moderado y controlado de los precios del 5% que un incremento vertiginoso y descontrolado de los mismos al nivel del 5.000%, como si simplemente por el hecho de tener algo de inflación ya se pasara automáticamente a tener hiperinflación. A esto se refería Stephen Marglin cuando señaló que: “La mejor historia que pueden ofrecer los economistas convencionales es que la inflación es como el embarazo: no existe tal cosa como un poquito.” Para esos economistas tener algo de inflación ya es preocupante porque puede acabar en hiperinflación, cuando la realidad es que eso nunca ocurre así, como ya iremos viendo.

Y la tercera puntualización es que es importante tener en cuenta que los precios de los productos que se venden son establecidos por los vendedores. Esto es muy obvio pero necesario recordarlo, porque parece que se les olvida a muchos. Por ejemplo, hay gente que cree que sólo por el hecho de crear dinero los precios suben automáticamente, pasando el dinero a valer menos. Pero baste sólo señalar algo tan evidente como que si ese dinero creado no se utilizase para comprar productos, si no que se guardase en una caja fuerte o si se utilizase para devolver una deuda, por ejemplo, entonces los vendedores no se enterarían de que hay más dinero y obviamente no subirían los precios. Así que dejémoslo bien claro: los precios no suben por arte de magia ni por las fuerzas de la naturaleza: los precios de los productos suben si así lo deciden sus vendedores, que son los únicos que establecen sus precios. Estos basarán sus decisiones en muchos factores, obviamente, pero igualmente serán ellos quienes fijen los precios. Por lo tanto, para cualquier análisis riguroso de la inflación tendremos necesariamente que observar de forma muy cercana y prioritaria el comportamiento de los vendedores. Fijarse sólo en la cantidad de dinero -como hacen algunos- y especialmente sin atender a lo que hacen los vendedores, es una patada al rigor y un insulto al método científico.

Una vez realizadas estas puntualizaciones, y sabiendo que los precios son establecidos por los vendedores, cabe hacernos la siguiente pregunta: ¿qué lleva a los vendedores a aumentar esos precios?

Para dar una respuesta a esa pregunta primero hay que entender que el precio de un producto es la suma de 1) el coste de producción (lo que ha costado producirlo) y 2) el margen de beneficio (lo que gana el vendedor con la venta). Por ejemplo, si el coste son 7 euros y los beneficios 3, entonces el precio será de 10 euros. Un incremento del precio, por ejemplo a 12 euros, puede conllevar a) un aumento del coste de producción en 2 euros, b) un incremento del margen de beneficio en dos euros, o c) un incremento de ambos elementos, por ejemplo en 1 euro cada uno. 

El caso a) revela una reacción del vendedor a un aumento en el coste de producción para no perder margen de beneficio: algún shock o fenómeno provoca que el coste aumente (por ejemplo, un incremento en el precio de la energía, un incremento salarial exigido por los trabajadores, un mayor precio de alquiler, un mayor coste de financiación, etc), y para seguir ganando lo mismo que antes -o más- el vendedor aumenta el precio. Como se puede ver, aquí no hay creación de dinero por ningún lado y, sin embargo, hay incremento de los precios.

Un ejemplo, si los sindicatos exigen una mejora salarial del 10%, los empresarios podrían aceptar e incrementar los precios un 10% para seguir ganando lo mismo, ¡o incrementarlos más para ganar más!”. Como han imaginado Thomas Dernburg y Duncan McDougall en este párrafo explicativo del presidente de una empresa a sus amigos: “Ahora elevaremos los precios en un 15%, gracias a que el tímido presidente del sindicato ha acabado por tener el valor de pedirnos un aumento de salarios del 10%. ¡Ojalá lo hubiera hecho antes!, pues me tortura la mera idea de pensar en los buenos beneficios que ya hemos perdido. Desgraciadamente, el subir los precios sin poder echarle a nadie la culpa perjudica a nuestras relaciones públicas”.

Esta idea la resume muy bien José Luis Sampedro con las siguientes palabras: “La inflación mana de la necesidad empresarial de defender sus beneficios ante las reivindicaciones de los trabajadores”.

Otro ejemplo en el que un coste de producción diferente se traslada a los precios: en los años 70 del siglo pasado la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) incrementó los precios del petróleo, y como éste se utilizaba como materia prima en casi todos los medios productivos, los vendedores vieron incrementar su coste de producción y para no perder beneficio incrementaron el precio de sus productos, espoleando la inflación y complicando mucho las cosas a los consumidores de derivados del petróleo. A pesar de ese fenómeno evidente, muchos analistas dijeron y siguen diciendo que la inflación fue el resultado de creación de dinero y de políticas fiscales expansivas. Y es que la teoría económica convencional no se fija mucho en esta causa de la inflación; prefiere centrarse más en el incremento de la cantidad de dinero o en el aumento de los salarios, recomendando habitualmente mantener moderados los salarios para que no haya inflación. Cuestión de ideología, obviamente. Pero la realidad es que la causa más importante de la inflación no suelen ser los salarios, sino el coste de producción de las materias primas. Arend Kapteyn, economista jefe del departamento de inversión de UBS, un banco privado suizo, y nada sospechoso de ser un economista heterodoxo, realizó un detallado estudio en el que concluyó que “el 84% de los cambios de los precios oficiales desde 2002 se explican por los auges o caídas del petróleo y los alimentos (especialmente por el elevado peso de las materias primas en los índices de precios de las economías)”. Por cierto, como cualquier historiador corroborará, esto ha sido frecuentemente así en la historia: las inclemencias meteorológicas como las sequías o inundaciones, o sanitarias como las epidemias, provocaban una reducción de la producción agrícola y un incremento de los precios de los alimentos y otras materias primas. Ése ha sido el factor más importante a lo largo de la historia para explicar los episodios inflacionarios, no la creación de dinero ni el aumento de los salarios.

Y claro, si la economía en cuestión no produce estas materias primas sino que las tiene que comprar fuera, entonces parte del aumento en los precios internacionales se trasladará a los precios nacionales. Esto es lo que se conoce como “inflación importada”. Y no sólo pasa con las materias primas sino con cualquier producto comprado en el extranjero. Como vimos en el capítulo 13, la depreciación de la moneda encarece los productos importados, porque necesitas más monedas de las tuyas para comprar las mismas monedas extranjeras, y ésta es otra vía de generación de inflación. Los empresarios que compran materiales o productos fuera, como les sale más caro, elevan el precio de sus productos para no perder margen de beneficio.

Por eso cuanto más necesite comprar productos en el exterior una economía, más probabilidades hay de que sufra inflación importada en algún grado. Pero, de nuevo, todo esto no tiene que ver directamente con la creación de dinero, sino con las características productivas de la economía en particular. Sin nueva creación de dinero los problemas serían los mismos, aunque también es cierto que, a mayor creación de dinero (ya venga del déficit público o del crédito bancario) podría incrementar las importaciones, devaluar la moneda y contribuir a agravar la inflación importada. Y las economías que más necesitan comprar productos del exterior suelen ser las menos desarrolladas, por eso son también las que más inflación importada tienden a sufrir.

El caso b) revela una reacción del vendedor a una situación de la que puede aprovecharse para ganar más dinero. Por ejemplo, si la empresa tiene poder de mercado, es decir, si elevando un poco los precios no pierde clientes, entonces simplemente haciéndolo puede ganar más dinero, porque seguirá teniendo el mismo coste de producción pero ahora ingresará más. Casualmente esta causa de incremento de precios no suele ser contemplada por la teoría económica convencional, a pesar de que el considerado padre de la economía, Adam Smith, hace mucho que nos alertó de ella: “En realidad los beneficios elevados tienden a aumentar el precio de las cosas mucho más que los salarios elevados. Nuestros comerciantes e industriales se quejan mucho de los efectos perjudiciales de los altos salarios, porque suben los precios y por ello restringen la venta de sus bienes en el país y en el exterior. Nada dicen de los efectos dañinos de los beneficios elevados. Guardan silencio sobre las consecuencias perniciosas de sus propias ganancias. Sólo protestan ante las consecuencias de las ganancias de otros”.

También José Luis Sampedro lo explicó de forma muy clara con las siguientes palabras: “Si las empresas, sobre todo los grandes intereses, tienen algún poder -y claro es que lo tienen- sobre el público y sobre el gobierno, es forzoso concluir que los beneficios pueden ser aumentados con consecuencias inflacionarias; porque el poder se tiene para aprovecharlo, y el objeto de las empresas es el lucro”.

Así que la inflación puede producirse si se incrementan los costes de producción -como los salarios- y los vendedores reaccionan elevando los precios, pero también si los vendedores incrementan directamente los precios para ganar más dinero. Como nos recuerda Pereira de Moura: “Lo mismo que se habla de inflación de costes y salarios podría hablarse de inflación de beneficios. La inflación es una lucha entre los grupos sociales; es un proceso de redistribución de la riqueza y de las rentas”

Otro ejemplo de situación en la que la empresa puede aprovecharse para aumentar los precios y su margen de beneficio es cuando tiene tantos clientes que sabe que, incluso sin poder de mercado, aunque aumente los precios todos sus productos seguirán siendo comprados. Venderá lo mismo que antes, pero a un mayor precio, así que ganará más dinero. Esto puede pasar en una única empresa porque venda productos muy valorados, pero eso no genera inflación, porque ya sabemos que tiene que ser de forma generalizada. Para que hablemos de inflación les tiene que ocurrir esto a muchas empresas, y eso sólo es posible si la gente tiene más dinero en sus bolsillos y más capacidad de gasto. Pero a pesar de que, como ya sabemos, hay varias vías para que haya nuevo dinero en la economía, la teoría económica convencional sólo señala como causante de la inflación a la creación de dinero por parte del Estado, como si el resto de vías, como la concesión de créditos o el sector exterior, no existiesen. Es de nuevo un sesgo ideológico que pretende, en este caso, demonizar al Estado.

Stephanie Kelton lo explica muy bien de la siguiente forma: “Cuando vas a una tienda, el dependiente no sabe si el dinero con el que estás pagando proviene de un crédito bancario o del gasto del gobierno. Las cajas registradoras no discriminan. El vendedor no va a incrementar los precios porque pagues con el dinero proveniente del gasto público y no va a dejar de incrementarlos porque pagues con el dinero de un préstamo bancario.”

En cualquier caso, es importante tener presente que no siempre que la gente tenga más dinero en sus bolsillos y gaste más, los vendedores aumentarán los precios provocando inflación. Y esto es fundamental para la Teoría Monetaria Moderna. Si el vendedor no logra vender todo lo que puede producir, deja algunas máquinas inutilizadas y reduce horas de trabajo a sus empleados, lo que tiene un coste importante. Si, de pronto, comienza a tener más clientes porque estos tienen más dinero, entonces lo más rentable para el vendedor será activar las máquinas y ampliar las horas de trabajo a sus empleados, porque logrará vender más sin apenas incremento en el coste, obteniendo así más beneficios. En cambio, si incrementara los precios en esa situación es probable que algunos clientes se marcharan a otro negocio competidor, así que eso sólo lo haría cuando el vendedor ya tuviese todo su negocio a pleno rendimiento. Es lo que vimos en el capítulo anterior: mientras las empresas no estén a máxima producción, un nuevo gasto logrará incrementar las ventas sin provocar inflación; ésta sólo aparecerá cuando los vendedores no puedan producir más.

Así que, mientras no haya sido alcanzada la producción máxima, más dinero y más gasto, lejos de provocar inflación, aumentará la producción, el empleo y la riqueza de un país. Esto no es nada nuevo; ya lo señaló en el siglo XVIII el propio David Hume refiriéndose a las nuevas cantidades de oro y plata -que era el dinero de la época- que llegaban desde América a Europa: “desde el descubrimiento de las minas de América, la industria ha crecido en todos los países de Europa, excepto en aquellos que poseen las minas; y esto, puede ser atribuido al aumento del oro y la plata entre otras razones. Así pues, vemos que en un reino en el que empieza a entrar dinero en más cantidad que antes, todo cambia de aspecto. El trabajo y la industria reviven, los comerciantes se vuelven más emprendedores e incluso los agricultores realizan sus tareas con mayor atención y entusiasmo.”.

Aunque David Hume también creía que pasado un tiempo todo ese nuevo dinero en circulación terminaría provocando un aumento de los precios, al menos identificaba que en una primera etapa -que podríamos pensar que coincide con aquella en la que se está lejos de la máxima producción- ese nuevo dinero aumentaba la producción: “Para explicar este fenómeno, debemos considerar que, aunque el nuevo alto precio de las mercancías es una consecuencia necesaria del aumento del oro y la plata, no sigue inmediatamente a este aumento; al contrario, se necesita que pase algún tiempo hasta que el dinero haya circulado por todo el estado, y así, deje sentir sus efectos sobre toda clase de gentes. En mi opinión, es sólo en el intervalo, en el período intermedio entre la adquisición de dinero y el aumento de los precios, cuando el aumento de la cantidad de oro y la plata favorecen la industria”.

Y, puesto que la situación más frecuente en las economías no es la de máxima producción, podemos entender por qué el nuevo dinero inyectado en una economía no suele incrementar los precios sino que más bien logra aumentar la producción. Esto es fácil de comprobar mirando los datos disponibles de cualquier país, pero si alguien busca algo más completo y detallado, el economista Richard Vague realizó un estudio histórico en el que analiza 47 casos de rápido crecimiento del dinero y concluye que ninguno estuvo asociado con estallidos de inflación.

En todo esto es muy importante tener en cuenta cuál es el grado de competencia de ese mercado. Frente a clientes con mayor capacidad de gasto, si hay muchos competidores, los vendedores no tendrán incentivos a aumentar el precio porque podrían ahuyentar a esos clientes, que podrían irse a comprar los productos de los competidores. Sólo aumentarían los precios cuando estuviesen vendiendo toda o casi toda la producción. En cambio, si hay pocos competidores o ninguno, los vendedores podrían aprovecharse y aumentar el precio de sus productos, incluso aunque no estuviese su negocio a pleno rendimiento, porque los clientes no tendrían muchas opciones de escapatoria. Por eso donde más elevado es el grado de competencia empresarial, como en las economías más desarrolladas, la inflación es mucho menos frecuente e intensa; en cambio, donde menos competencia hay, como en las economías menos desarrolladas, la inflación es más frecuente e intensa.

Sabemos que cuanta menos capacidad productiva se tenga, cuanto más se dependa de productos extranjeros y cuanto menos nivel de competencia haya en una economía, más se tenderá a sufrir inflación, y también sabemos que son las economías menos desarrolladas las que cumplen esas características. Así que es fácil deducir que son este tipo de economías las que tienden a sufrir más la inflación, como efectivamente revela la evidencia empírica. Todos los procesos recientes de inflación notable se han dado en economías claramente poco desarrolladas: Zimbabue, Congo, Angola, Venezuela, Sudán, Malawi, Irán, Ghana… De forma inversa, ninguna economía desarrollada ha experimentado altas tasas de inflación en las últimas décadas. Y, sin embargo, seguimos viendo burdas comparaciones entre las economías de un grupo y las de otras, cuando en realidad apenas tienen nada que ver. Como si la economía venezolana tuviese algo que ver con la española, por ejemplo. Es, sinceramente, un insulto al rigor y a la inteligencia.

Lo más frecuente es encontrar a analistas que, cuando ven que una economía comienza a sufrir elevada inflación inmediatamente piensan que la culpa la tiene el Estado que se ha puesto a crear demasiado dinero. ¡Como si no hubiese otras posibles causas! ¡O como si el dinero sólo lo pudiese crear el Estado! Pero nos han acostumbrado a vincular automáticamente inflación con creación de dinero por parte del Estado, sin darnos siquiera la oportunidad de imaginar que una cosa puede ocurrir sin la otra, o de que el dinero lo pueden crear otros agentes económicos, o de que aunque ambas cosas ocurran al mismo tiempo no sea la creación de dinero la causa de la inflación, sino su consecuencia (como veremos en el próximo capítulo).

¿Y cómo esta idea tan simple pero tan poco rigurosa se hizo extremadamente popular? Fundamentalmente por dos motivos. El primero es que es una idea simple e intuitiva, fácil de entender por cualquier persona, sin necesidad de tener formación en economía. El segundo motivo es que los economistas monetaristas de la escuela de Economía de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, se encargaron de difundir esta idea por todos los medios disponibles. Recordemos que Milton Friedman, que se paseaba por todos los debates y programas televisivos de economía, señalaba que “la inflación es siempre y por doquier un fenómeno monetario en el sentido de que sólo puede producirse por un incremento más veloz de la cantidad del dinero que el de la producción”. Y además, Milton Friedman creía que el Estado era el único agente económico que podía poner dinero en circulación: “La inflación es producida en Washington porque sólo Washington puede crear dinero. Los consumidores no la producen, los productores no la producen, los sindicatos no la producen, los jeques extranjeros no la producen, los importadores de petróleo no la producen… Lo que la produce es demasiado gasto público y demasiada creación de dinero por parte del gobierno y nada más”.

Y, a pesar de su simplicidad y falta de realismo, estas ideas tuvieron bastante éxito en la academia pero sobre todo fuera de ella, en campos no especializados de economía. No obstante, ya en aquellos años 70 muchos analistas criticaron la postura de Milton Friedman, y no solamente economistas heterodoxos. Por ejemplo, Paul Bareau, consultor del banco Barclays señaló lo siguiente: “Los monetaristas viven en un mundo de ensueño. Su doctrina es peligrosa, porque ingenuamente simplifica en exceso el problema de la inflación y el del control de la economía en general. ¿Santa ingenuidad? No: estúpida simpleza”.

Y es que ya hemos visto que la postura monetarista no tiene ningún sentido, porque no sólo es que haya muchas otras causas que pueden provocar inflación, sino que la de crear dinero es de hecho la menos probable. Como bien nos recuerdan Scot Fullwiler, Rohan Gray y Nathan Tankus: “no toda la inflación es causada por un exceso de demanda. De hecho, desde nuestro punto de vista, el exceso de demanda rara vez es la causa de la inflación. Ya sea que se trate de empresas que aumentan los márgenes de beneficio o que repercutan los costes de producción, o de Wall Street especulando con productos básicos o viviendas, hay una variedad de fuentes de inflación que no son causadas por la demanda y sobre las que no se presta suficiente atención.”

Por último, es importante mencionar que, en parte debido a los citados análisis simplistas, existe una idea generalizada de que la inflación es siempre mala y negativa. Pero, aunque a una persona o familia en particular el incremento de precios le pueda suponer un fastidio, lo cierto es que a nivel macroeconómico la inflación suele ser necesaria para lograr el crecimiento económico. Y ese crecimiento económico permite que haya más riqueza y más renta y que las familias vivan mejor. Por eso, aunque pueda parecer paradójico, ciertos niveles de inflación pueden ser positivos para la economía.

Por ejemplo, como nos recuerda el coreano Ha-Joon Chang: “Durante sus años milagrosos, cuando la economía coreana estaba creciendo al 7% cada año en términos per cápita, tuvo tasas de inflación cercanas al 20%-17,4% en los años 60 y del 19,8% en los años 70. Corea tuvo durante esos años una inflación muy superior a la que tuvo Venezuela, Ecuador y México, y no mucho más baja que la que tuvo Colombia y Bolivia. ¿Todavía sigues convencido de que la inflación es incompatible con el éxito económico?”

Pero este mismo economista no sólo nos ofrece ejemplos de economías altamente desarrolladas: “Durante los años 60 y 70, la tasa promedio de inflación en Brasil fue del 42% cada año. A pesar de eso, Brasil fue una de las economías que más crecieron del mundo durante estas dos décadas: su ingreso por persona creció un 4,5% cada año durante este periodo.” En cambio, entre 1996 y 2005, años en los que Brasil abrazó las políticas neoliberales, especialmente en relación con su política macroeconómica, su tasa promedio de inflación fue mucho más baja: un 7,1% al año. Pero durante este periodo, el ingreso por persona creció sólo un 1,3% al año”.

Que la inflación no tiene por qué perjudicar el crecimiento económico, sino que puede incluso llegar a impulsarlo, es algo que han reconocido incluso economistas ortodoxos apoyándose en diferentes estudios. Por ejemplo, un estudio de Michael Sarel para el Fondo Monetario Internacional estima que, por debajo del 8%, la inflación tiene poco impacto en el crecimiento -y que en todo caso, la relación es positiva por debajo de ese nivel, es decir, que la inflación ayuda al crecimiento económico más que lastrarlo.

Otro ejemplo, Robert Barro concluye en este estudio que la inflación moderada (tasas del 10-20%) tiene pocos efectos negativos en el crecimiento, y que, por debajo del 10%, la inflación no tiene ningún efecto en absoluto.

Entonces, ¿por qué esa manía con tratar de que la inflación sea muy baja, normalmente por debajo del 2% anual? Pues hay explicaciones de todos los colores, pero una muy interesante señala a quienes pierden más con la inflación: los inversores financieros y los acreedores, mientras que los que salen ganando son los deudores. Claro, si tú has prestado 1.000 euros y pasado un año te devuelven esos 1.000 euros pero con ellos puedes comprar menos cosas porque los precios han subido… para ti es un marrón. En cambio, la persona a la que prestaste dinero sale ganando, porque cuando tenga que devolver esos 1.000 euros valdrán menos y le costará menos conseguirlos. Como nos recuerda Stephen Marglin: “vale la pena reflexionar sobre el hecho de que los perdedores seguros por episodios de inflación como los que prevalecieron en los países industrializados son los muy ricos, que constituyen el grueso de los tenedores de activos denominados en términos nominales”.

Por eso, es verosímil pensar que la élite financiera es la principal interesada en que la inflación se mantenga lo más baja posible, incluso aunque ello sea a costa de lastrar el crecimiento económico. Y todo el mundo sabe que en nuestros días la élite financiera tiene mucho poder económico, político y mediático, y que le resulta fácil salirse con la suya.

En fin, nos queda hablar del último ejemplo de situación en la que el vendedor puede ganar más dinero incrementando los precios, que es cuando tiene de golpe muy pocos productos a la venta y los mismos clientes, y que es lo que causa la hiperinflación. Pero esto lo abordaremos con más detenimiento en el próximo capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

Referencias:

Estudio de Richard Vague, https://www.ineteconomics.org/perspectives/blog/rapid-money-supply-growth-does-not-cause-inflation

Estudio Fullwiler, Gray y Tankus: https://www.ft.com/content/539618f8-b88c-3125-8031-cf46ca197c64

Estudio Arend Kapteyn https://www.eleconomista.es/economia/noticias/8203598/03/17/Y-si-todo-lo-que-se-cree-sobre-la-inflacion-es-falso-Los-precios-se-rebelan-contra-la-teoria.html

Eduardo Garzón (2017). Capítulo 4 del libro “Desmontando los mitos económicos de la derecha” de. Editorial Península.

José Luis Sampedro (2013). “La inflación (al alcance de los ministros)”, Debolsillo: Barcelona.

Paul Bareau, “Put not your trust in monetarists”, en Inflation: Economy and Society, Institute of Economic Affaris, Londres, 1972, p. 79.

Vídeo Milton Friedman https://www.youtube.com/watch?v=F94jGTWNWsA

Sarel (1996). “Non linear effects of inflation on economic growth, IMF Staff Papers Vol. 43, March. https://www.jstor.org/stable/3867357

Barro (1996) Inflation and Growth, Review of Federal Reserve Bank of St Louis, vol. 78, no. 3.

Ha-Joon Chang (2008), Bad Samaritans: The Myth of Free Trade and the secret history of capitalism, Bloomsbury press: Berryville, Virginia.

Por onde vai a economia portugesa? F. Pereira de Moura.

F. Dernburg y McDougall, M. , Macroeconomics, McGraw-Hill, Nueva York, 1960, p. 211

No related content found.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (3 votes cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: +2 (from 2 votes)
Teoría Monetaria Moderna para principiantes 16. Inflación, 10.0 out of 10 based on 3 ratings
Be Sociable, Share!
www.pdf24.org    Send article as PDF