¿Un mundo feliz?

Lástima que el mundo real no sea como una de esas películas donde los buenos lo pasan mal durante todo el tiempo pero donde al final sus admirables causas triunfan y los malos pierden la partida. El mundo real es infinitamente más injusto que eso. Siempre lo ha sido, y desgraciadamente estamos muy lejos de que cambie la tendencia. Lo hemos podido ver a lo largo de la historia del ser humano: los poderosos siempre han ganado, manipulando el mundo a su antojo y en su favor; y el pueblo llano siempre ha perdido, intentando a duras penas resistir las embestidas que el devenir le ha deparado.

Cuando era pequeño, todo mi entorno se empeñaba en hacerme ver que vivía en un mundo perfecto, libre de injusticias, en el cual todo el mundo era feliz. De vez en cuando veía películas históricas donde ocurrían cosas espantosas, pero me prometían que aquellas épocas oscuras habían quedado muy atrás, y que no tenía nada que temer. Más tarde empecé a ver en el telediario a personas que padecían hambre y muertes, pero se me dijo que esas personas vivían muy lejos y que yo no llegaría a estar nunca en su situación. Luego comencé a tropezarme con personas en la calle que pedían dinero para comer y poder sobrevivir, pero se me prometió que eran muy pocos en el pueblo y que yo jamás tendría que pasar por algo parecido. Por último empecé a crecer, a madurar y a pensar; y entonces me di cuenta de todo.

El mundo no era como me lo habían pintado. No todas las personas eran felices, ni vivían en la prosperidad. De hecho, ocurría casi todo lo contrario: la inmensa mayoría vivía en la más absoluta pobreza y pasaba hambre. No podía entender cómo podía suceder eso. Me habían engañado durante toda mi vida. Podía comprender que quisiesen procurarme una infancia feliz, en la que no tuviese tiempo ni motivos para pensar en cosas tristes, pero… ¿y después? ¿No tendría que haber llegado un momento en el que me despertaran y me lo contaran todo? ¿Por qué tuve que darme cuenta de lo que pasaba prácticamente por mí mismo? Y lo peor de todo, ¿por qué no despertaban al resto de la gente? Miraba a mi alrededor y sólo contemplaba a gente despreocupada, que probablemente pensarían que todas las cosas en el mundo funcionaban perfectamente. ¿Por qué no se contaba nada de este asunto tan importante y dramático por ningún sitio? ¿Por qué nadie hablaba de eso nunca?

¿Por qué se ocultaba?

Ahora sigo mirando a mi alrededor, y sigo viendo a la gente dormida. El sistema que teje la sociedad en la que vivimos se encarga muy bien de ocultar la cruda realidad y de hacernos pensar que apenas hay problemas en el mundo, y que de haberlos, son poco relevantes y no nos incumben. Nuestro entorno se empeña en hacernos creer que la justicia se reparte por nuestro mundo, cuando no ocurre eso ni siquiera entre los poderosos. Porque dentro del grupo de los poderosos, hay otros poderosos y otros desfavorecidos. Yo, por ejemplo, pertenezco a ambos grupos a la vez. Vivo bien porque mi país vive bien a costa de otros países; pero resulta que dentro de mi país hay personas que viven mejor a costa de los que están en mi misma condición. Y el ambiente de ensoñación que me rodea sigue actuando en este sentido, pues su efecto es bidireccional: a la mayoría no le preocupa que haya gente viviendo peor que nosotros (en parte por nuestra culpa, por nuestro modo de vida), sino que tampoco le preocupa que haya gente viviendo mejor que nosotros a nuestra costa. A lo largo y ancho de este mundo hay una gran escala de poder y riqueza, donde en un extremo se sitúan los que más tienen y en el otro los que menos. Yo simplemente estoy en un estado intermedio, quizás más próximo a un extremo que a otro, pero lo importante es que nadie me ha mostrado nunca que existe esta escala, ni en qué posición estoy. A los que están arriba no les interesa que los demás sean conscientes del lugar que ocupan, por si se les ocurre algún día intentar equilibrar la situación; y por eso la ocultan e intentan hacer como que no existe.

Este encubrimiento lo consiguen a través del sistema y las estructuras que nos influyen y nos condicionan. De esta forma nos relajan, nos duermen, nos alejan de la realidad. Desde pequeños nos han hecho pensar que vivimos en un mundo en armonía, donde no hay conflictos de ningún tipo. Nos han ocultado que todas las sociedades de la historia del ser humano se han basado en el choque de fuerzas entre los que más tienen y los que menos tienen. Los intereses de los poderosos están enfrentados con los de los desfavorecidos, y por lo tanto existe un conflicto. Cuando ocurren las cosas y se suceden los hechos, no utilizamos este enfoque porque nos han acostumbrado a no verlo, a no tenerlo en cuenta. Cuando los gobiernos occidentales reducen los derechos de los trabajadores mientras engrosan los bolsillos de unos pocos acaudalados y poderosos, nunca pensamos que ese hecho es una de las consecuencias de que existan personas que tienen más poder que otras personas. Por el contrario, solemos pensar en cualquiera de las mentiras y falsedades con las que los poderosos maquillan la realidad. Nos creemos que las cosas pasan porque han de pasar, y que nada tiene que ver con que la fortuna de los opulentos esté enfrentada con la de los desamparados. El sistema nos lo oculta, nos lo intenta apartar de la mente para que no analicemos la realidad desde esa perspectiva.

Y no es casualidad. Este sistema o estructura que condiciona nuestras vidas en sociedad no es perverso por sí mismo. No apareció un día de la nada y dictó sus normas al azar. El sistema está diseñado de forma deliberada por los poderosos. Es su arma más potente. Los poderosos ya no tienen que sudar como antaño para conseguir sus objetivos, ni pagar a alguien para que los cumpla, sino que sólo tienen que quedarse sentados esperando a que los engranajes del sistema se pongan en funcionamiento y se obtenga el resultado esperado. Es la forma más eficaz de conseguir que la distribución de poder en el mundo no se modifique: haciéndonos creer a todos que no hay conflicto de intereses, que vivimos bien y que no merece la pena preocuparnos más que por los problemas que cotidianamente nos afectan en nuestro entorno más cercano.

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